miércoles, 31 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 12

 

LATER - STEPHEN KING - En español


12

 

Él caminó hacia nosotros, lo cual no me sorprendió. La mayoría de ellos, no todos pero casi, se ven atraídos por la gente viva un tiempo, como insectos hacia los bombillos de luz. Es una comparación algo horrible, pero es todo lo que se me ocurre. Me habría dado cuenta de que estaba muerto incluso aunque no lo hubiese sabido, por cómo estaba vestido. Era un día helado, pero él llevaba una simple camiseta, pantaloncillos cortos y esas sandalias que mamá llama zapatos de Jesús. Tenía algo más, algo raro: una banda amarilla con una insignia azul clavada en ella.

Liz le estaba diciendo algo a mi madre acerca de que allí no había nadie y que yo solo simulaba, pero no presté atención. Me liberé de la mano de mamá y caminé hacia el señor Thomas. Él se detuvo.

“Hola señor Thomas,” dije. “Soy Jamie Conklin. El hijo de Tia. Nunca nos conocimos.”

“Oh, vamos,” exclamó Liz a mis espaldas.

“Silencio,” dijo mamá, pero algo del escepticismo de Liz se le debió haber contagiado porque me preguntó si estaba seguro de que el señor Thomas estaba ahí.

También ignoré eso. Sentía curiosidad por la banda que estaba usando. Debió tenerla puesta cuando murió.

“Estaba frente a mi escritorio,” dijo él. “Siempre uso mi banda cuando escribo. Es mi amuleto de la suerte.”

“¿Qué es esa insignia?”

“El premio que gané en el Concurso Regional de Deletreo, cuando estaba en sexto grado. Vencí a chicos de otras veinte escuelas. Perdí en las instancias estatales, pero recibí esta insignia azul en la Regional. Mi madre hizo la banda y cosió la insignia en ella.”

En mi opinión, era algo extraño seguir usándola, ya que el sexto grado debió haber sido hace millones de años para el señor Thomas; pero lo dijo sin vergüenza ni afectación. Algunos muertos pueden sentir amor (¿recuerdan cuando la señora Burkett besó en la mejilla a su marido?) y pueden sentir odio, algo que aprendí a su debido tiempo. Pero el resto de los sentimientos parecen desaparecer cuando mueren. Incluso el amor nunca me pareció demasiado fuerte. No me gusta decirles esto, pero el odio permanece más fuerte y dura más. Creo que cuando las personas ven fantasmas (al contrario que la gente muerta), es porque estos están llenos de odio. La gente piensa que los fantasmas son espeluznante, porque lo son.

Me volví hacia mamá y Liz. “Mamá, ¿sabías que el señor Thomas esa una banda cuando escribe?”

Sus ojos se agrandaron. “Eso dijo en la entrevista a Salon que dio hace cinco o seis años. ¿La está usando ahora?”

“Sí. Tiene una insignia azul. Es de …”

“¡El concurso de deletreo que ganó! En la entrevista, él se rio y los llamó ‘mi tonta afectación.’”

“Tal vez,” dijo el señor Thomas, “pero la mayoría de los escritores tienen afectaciones tontas y supersticiones. Somos como jugadores de béisbol en ese aspecto, Jimmy. ¿Y quién puede discutir con nueve bestsellers del New York Time seguidos?”

“Soy Jamie,” le dije.

Liz dijo, “Tú le contaste al campeón de esa entrevista, Tee. Debes haberlo hecho. O él la leyó. Es un excelente lector. Él lo sabía, y…”

“Silencio,” dijo mi madre con fiereza. Liz alzó las manos, como rindiéndose.

Mamá se paró a mi lado, mirando a lo que para ella solo era un camino de grava vacío. El señor Thomas estaba parado justo frente a ella, con las manos en los bolsillos de sus pantalones cortos. Estos le iban bastante flojos, y rogué que no empujase sus manos demasiado porque me parecía que no llevaba ropa interior.

“¡Dile lo que te dije!”

Lo que mamá quería que le dijese era que nos debía ayudar, o el delgado hielo financiero sobre el que caminábamos desde hacía más de un año se rompería y nos ahogaríamos en un mar de deudas. También que la agencia había comenzado a perder clientes porque algunos escritores sabían que estábamos en problemas y tal vez nos veríamos obligados a cerrar. Ratas huyendo de un barco que se hunde, así los llamó una noche cuando Liz no estaba y mamá iba por su cuarta copa de vino.

Sin embargo, no me molesté en repetir todo ese bla bla. La gente muerta debe responder tus preguntas (al menos hasta que desaparezcan) y debían decir la verdad. Entonces fui al grano.

“Mamá quiere saber de qué se trata El secreto de Roanoke. Quiere conocer toda la historia. ¿Usted sabe toda la historia, señor Thomas?”

“Por supuesto.” Hundió más sus manos en los bolsillos, y ahora yo podía entrever una delgada línea de vello corriendo por el medio de su estómago hasta debajo del ombligo. No quería ver algo así, pero lo vi. “Siempre tengo todo listo antes de escribir algo.”

“¿Y lo tiene en su cabeza?”

“Debo hacerlo. De otra manera alguien podría robarlo. Ponerla en internet. Arruinar las sorpresas.”

De haber estado vivo, aquello podría sonar paranoico. Muerto, simplemente estaba estableciendo un hecho, o lo que él creía que era un hecho. Eh, yo pensé que tenía algo de razón. Los trolls de las computadoras siempre desparraman cosas en la red, desde mierdas aburridas como secretos políticos hasta cosas realmente importantes, como lo que sucedería en la temporada final de Fringe.

Liz se alejó de nosotros, se sentó en una de las bancas al costado de la piscina, cruzó las piernas y encendió un cigarrillo. Aparentemente había decidido que los lunáticos se hicieran cargo del manicomio. Por mí, perfecto. Liz tenía sus cosas buenas, pero aquella mañana básicamente estaba estorbando.

“Mamá quiere que usted me cuente todo,” le dije al señor Thomas. “Yo se lo repetiré, y ella escribirá el último tomo de Roanoke. Dirá que usted le envió casi todo antes de morir, junto con algunas notas acerca de cómo terminar los últimos capítulos.”

En vida, habría aullado ante la idea de que alguien más terminara su libro; su trabajo era lo más importante en la vida y él se mostraba muy posesivo con él. Pero ahora sus restos yacían en la mesa de algún funebrero, vestido con los shorts caquis y la banda amarilla que había estado usando mientras escribía sus últimas frases. La versión de él que me hablaba ya no era celosa ni posesiva de sus secretos.

“¿Puede hacer eso?” fue todo lo que preguntó.

Mamá me había asegurado (y a Liz) mientras nos dirigíamos a la Casa de los Adoquines que ella realmente podía hacerlo. Regis Thomas insistía en que ningún editor debía tocar una sola de sus preciosas palabras, pero de hecho mamá había estado retocando sus libros durante años sin decírselo, incluso desde la época en que el tío Harry seguía en sus cabales y manejaba el negocio. Algunos de los cambios eran bastante grandes, pero él nunca lo supo… o al menos jamás dijo nada. Si había alguien en el mundo que pudiese copiar el estilo del señor Thomas, esa era mi madre. Pero el estilo no era problema. El problema era la historia.

“Sí puede,” dije, porque era más sencillo que contarle todo lo demás.

“¿Quién es la otra mujer?” preguntó el señor Thomas, señalando a Liz.

“Es amiga de mi madre. Su nombre es Liz Dutton.” Liz alzó la vista brevemente, luego encendió otro cigarrillo.

“¿Ella y tu madre están cogiendo?” preguntó el señor Thomas.

“Casi seguro, sí.”

“Me parecía. Por cómo se miran.”

“¿Qué dijo?” preguntó mamá con ansiedad.

“Preguntó si tú y Liz son buenas amigas,” dije. Bastante pedorro, pero fue todo lo que se me ocurrió en el momento. “¿Entonces nos contará El secreto de Roanoke?” le pregunté al señor Thomas. “Me refiero a todo el libro, no solo la parte secreta.”

“Sí.”

“Dijo que sí”, le avisé a mamá, y ella sacó de su bolso su celular y una pequeña grabadora. No quería perderse ni una palabra.

“Dile que sea tan detallado como pueda.”

“Mamá dice…”

“Ya la escuché,” dijo el señor Thomas. “Estoy muerto, no sordo.” Sus pantaloncillos estaban más caídos que nunca.

“Genial,” dije. “Escuche, debería levantarse los shorts, señor Thomas, o se le va a helar el pajarito.”

Él se levantó los shorts para que quedaran colgados de su huesuda cadera. “¿Está fresco? No me parece.” Luego, sin cambiar de tono: “Tia está comenzando a verse vieja, Jimmy.”

No me molesté en repetirle que mi nombre era James. En vez de eso, miré a mi madre y Dios santo, que se veía vieja. O al menos estaba comenzando a verse así. ¿Cuándo había sucedido?

“Cuéntenos la historia,” dije. “Comience por el principio.”

“¿Por dónde más?” dijo el señor Thomas.


 


martes, 30 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 11

 

LATER - STEPHEN KING - En español


11

 

Yo seguía comiendo las últimas papas fritas (ya frías, pero no me importaba) cuando entramos en un pequeño callejón sin salida llamado Camino de Adoquines. Alguna vez había habido adoquines, pero ahora solo era un pavimento bien alisado. La casa al final era la Cabaña Adoquines. Se trataba de una gran casa de piedra con postigos ricamente grabados y musgo en el techo. Ya lo oyeron, musgo. Una locura, ¿no? Había un portón, pero estaba abierto. Se veían unos carteles en los pilares que lo flanqueaban, que eran de la misma piedra gris utilizada para la casa. Uno decía NO PASAR, ESTAMOS HARTOS DE ESCONDER LOS CUERPOS. El otro mostraba a un furibundo pastor alemán y decía CUIDADO CON EL PERRO.

Liz se frenó y miró a mi madre enarcando las cejas.

El único cuerpo que enterró Regis fue el de su periquito, Francis,” dijo mamá. “Llamado así por Francis Drake, el explorador. Y nunca tuvo perros.”

“Por las alergias,” agregué desde el asiento trasero.

Liz condujo hasta la casa, se detuvo y encendió la baliza del salpicadero. “Las puertas del garaje están cerradas y no veo autos. ¿Quién está aquí?”

“Nadie,” dijo mamá. “La cuidadora de la casa lo encontró. La señora Quayle. Davina. Ella y un jardinero de media jornada componían todo el personal. Una mujer agradable. Me llamó inmediatamente después de pedir una ambulancia. Eso me hizo preguntar si estaba segura de que él hubiese muerto, y me dijo que sí porque había trabajado en un asilo antes de que Regis la empleara; pero aun así él debía ser llevado primero al hospital. Le dije que se fuese a su casa ni bien se llevaran el cuerpo. La mujer estaba muy alterada. Preguntó por Frank Wilcox, el administrador de Regis, y le dije que me pondría en contacto con él. Lo haré a su debido momento, pero la última vez que hablé con Regis me dijo que Frank y su esposa estaban en Grecia.”

“¿Y la prensa?” preguntó Liz. “Era un escritor bestseller.”

“Cristo Dios, no lo sé.” Mamá observó ávidamente alrededor, como si esperara encontrar reporteros escondidos en los arbustos. “No veo a ninguno.”

“Tal vez aún no lo sepan,” dijo Liz. “Si lo hacen, si lo oyeron por una radio, irán tras de los policías y el hospital primero. El cuerpo no está aquí, por lo tanto la noticia tampoco. Tenemos algo de tiempo, así que calma.”

“Tengo la bancarrota frente a los ojos, un hermano que quizás viva otros treinta años en un asilo y un niño que tal vez quiera ir a la universidad algún día, así que no me digas que me calme. ¿Jamie, tú lo ves? Sabes cómo luce, ¿cierto? Dime que lo estás viendo.

“Sé cómo luce, pero no lo veo,” dije.

Mamá gruñó y se palmeó el flequillo despeinado.

Busqué la manija de la puerta y, sorpresa sorpresa, no había ninguna. Le dije a Liz que me dejara salir y lo hizo. Todos nos bajamos del auto.

“Golpea a la puerta,” dijo Liz. “Si no atiende nadie, rodearemos la casa y alzaremos a Jamie para que mire por las ventanas.”

Podíamos hacerlo porque los postigos (con chucherías elegantes grabadas en ellos) estaban todos abiertos. Mi madre corrió hacia la puerta, y por un momento Liz y yo nos quedamos solos.

“Realmente no crees que puedas ver gente muerta como el chico de esa película, ¿cierto campeón?”

No me importaba si me creía o no, pero algo en su tono de voz (como si todo fuera una broma) me molestó. “Mamá te contó de la señora Burkett, ¿no?”

Liz se encogió de hombros. “Puede haber sido pura suerte. ¿Acaso viste algún muerto en el camino hacia aquí?”

Le dije que no, pero puede ser difícil darse cuenta a menos que hable con ellos… o que ellos me hablen. Una vez cuando mamá y yo estábamos en el autobús vi a una chica con cortes tan profundos en las muñecas que parecían brazaletes rojos, y estoy muy seguro de que ella estaba muerta, si bien no era ni remotamente tan aterradora como el hombre del Central Park. Y ese mismo día, cuando salíamos de la ciudad, avisté una mujer anciana en una bata de baño rosada, parada en la esquina de la Octava Avenida. Cuando el semáforo se puso en verde, ella se quedó parada, mirando alrededor como una turista. Tenía ruleros en el pelo. Tal vez fuese una muerta, pero también podría haber sido una persona viva desorientada, como mamá dijo que el tío Harry solía hacer a veces antes de que ella lo internara. Mamá me dijo que cuando el tío Harry comenzó a hacer esas cosas, a veces en pijama, abandonó la esperanza de que fuese a mejorar.

“Los que te leen la suerte siempre aciertan,” dijo Liz. “Y hay un viejo dicho según el cual hasta un reloj parado da la hora correcta dos veces al día.”

“¿Estás diciendo que mi madre está loca y que yo la apoyo en su locura?”

Ella rio. “Eso se llama facilitar, campeón, y no, no lo creo. Lo que pienso es que está confundida y se aferra a cualquier esperanza. ¿Sabes lo que eso significa?”

“Sí. Que está loca.”

Liz volvió a sacudir la cabeza, esta vez más enfáticamente. “Está bajo mucha presión. Lo entiendo perfectamente. Pero inventar cosas no la ayudará. Espero que entiendas eso.”

Mamá regresó. “Nadie responde, y la puerta está cerrada. Ya probé de abrir.”

“Okay,” dijo Liz. “Vamos a espiar por la ventana.”

Rodeamos la casa. Yo podía ver a través de las ventanas del comedor porque llegaban hasta el suelo, pero era demasiado bajo para las otras. Liz entrecruzó sus manos para que yo pudiera pisar y mirar por ellas. Observé una gran sala de estar con un televisor de pantalla plana y muchos muebles lujosos. Vi un comedor con una mesa lo suficientemente grande como para servir a todo el equipo de los Mets, más sus suplentes. Algo impensable para un tipo que odiaba la compañía. Divisé un espacio que mamá llamaba el pequeño cuarto, y detrás estaba la cocina. El señor Thomas no estaba por ningún lado.

“Tal vez esté arriba. Yo nunca subí, pero si murió en la cama… o en el baño… quizás podría seguir…”

“Dudo que haya muerto en el trono, como Elvis; pero supongo que es posible.”

Eso me hizo reír, siempre me hacía reír que le dijeran “trono” al inodoro; pero me detuve cuando vi el rostro de mamá. Esto era algo serio, y ella estaba perdiendo las esperanzas. Había una puerta en la cocina. Ella probó el picaporte, pero estaba cerrada al igual que la puerta delantera.

Se giró hacia Liz. “Podríamos…”

“Ni lo sueñes,” dijo Liz. “De ninguna manera vamos a forzar la entrada, Tee. Tengo suficientes problemas en el Departamento como para activar el sistema de alarma de un escritor bestseller recientemente muerto, e intentar explicar qué hacíamos aquí a los muchachos de Brinks o de ADT. O a la policía local. Y hablando de policías… él murió solo, ¿no? ¿La cuidadora lo encontró?

“Sí, la señora Quayle. Ella me llamó, ya te lo conté…”

“La policía querrá hacerle algunas preguntas. Probablemente ya lo estén haciendo. O tal vez el forense. No sé cómo trabajan en el condado de Westchester.”

“¿Porque es famoso? ¿Porque quizás piensen que alguien lo asesinó?”

“Porque es el procedimiento. Y sí, porque es famoso, supongo. La cuestión es que me gustaría que ya estemos lejos cuando aparezcan.”

Los hombros de mamá se derrumbaron. “¿Nada, Jamie? ¿Ninguna señal de él?”

Negué con la cabeza.

Mamá suspiró y miró a Liz. “¿Tal vez deberíamos revisar el garaje?”

Liz se encogió de hombros como diciendo es tu fiesta.

“¿Jamie, qué te parece?”

No me imaginaba por qué el señor Thomas estaría en su garaje, pero podía ser posible. Quizás tuviera un auto favorito. “Supongo que deberíamos ver. Mientras estemos aquí.”

Comenzamos con el garaje, pero me detuve. Había un camino de grava detrás de la piscina, la cual estaba vacía. El camino se encontraba bordeado de árboles, pero al ser final de la estación, la mayoría de las hojas se habían caído. Y por eso pude ver una pequeña construcción verde. Apunté hacia allí. “¿Qué es eso?”

Mamá le dio a su frente otra palmada. Yo comenzaba a temer que se produjese un tumor cerebral, o algo así. “¡Oh Dios mío, La Petite Maison dans le Bois! ¿Por qué no se me ocurrió antes?”

“¿Y eso qué es?” pregunté.

“¡Su estudio, donde él escribe!” ¡Si está en algún lado, podría ser ahí! ¡Vamos!”

Me tomó de la mano y corrió alrededor del extremo vació de la piscina, pero al llegar al comienzo del camino de grava, me puse firme y me detuve. Mamá siguió adelante, y si Liz no me agarraba de los hombros, yo habría terminado de cara en el suelo.

“¿Mamá? ¡Mamá!”

Ella se dio vuelta, impaciente. Pero esa no es la palabra. Se veía al borde de la locura. “¡Vamos! ¡Te digo que si está por aquí, el lugar es ese!”

“Debes calmarte, Tee,” dijo Liz. “Revisaremos la caseta, y luego creo que deberíamos irnos.”

“¡Mamá!”

Mi madre me ignoró. Estaba comenzando a llorar, algo que raramente hacía. Ni siquiera lloró cuando descubrió lo que debía al fisco; ese día solo golpeó el escritorio con los puños y los llamó un puñado de bastardos chupasangre, pero ahora estaba llorando. “Si quieres irte, vete. Pero nosotros nos quedaremos hasta que Jamie esté seguro de que no hay nadie. Esto capaz que te parezca un paseo de placer, para darle el gusto a una mujer loca…”

“¡Eso no es justo!”

“… pero es mi vida la que está en juego…”

“Ya lo sé…”

“… y la vida de Jamie, y…”

“¡MAMÁ!”

Una de las peores cosas de ser un niño, tal vez la peor, es cómo te ignoran los adultos cuando comienzan con sus mierdas. “¡MAMÁ, LIZ! ¡LAS DOS! ¡YA BASTA!

Ambas se detuvieron. Me miraron. Allí estábamos, dos mujeres y un niño con una sudadera de los New York Mets, junto a una piscina vaciada en un día nublado de noviembre.

Señalé al camino de grava que conducía a la pequeña casa en el bosque donde el señor Thomas escribió sus libros de Roanoke.

“Ahí está él,” dije.


 


lunes, 29 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 10

 

LATER - STEPHEN KING - En español


10

Pasamos por el Burger King de Tarrytown y me compraron un Whopper, como habían prometido. También un batido de chocolate. Mamá no quería parar, pero Liz insistió. “Es un chico en crecimiento, Ti. Necesita tragar aunque tú no quieras.”

Aprecié eso de Liz, y había otras cosas por las que ella me caía bien; pero también hubo cosas que no me gustaron. Cosas importantes. Ya llegaré a eso, debo hacerlo, pero por ahora solo digamos que mis sentimientos por Elizabeth Dutton, detective de segundo grado, Policía de Nueva York, eran complicados.

Ella dijo algo más antes de llegar a Croton-on-Hudson, y necesito mencionarlo. Solo estaba conversando, pero resultó ser importante después (lo sé, esa palabra de nuevo). Liz dijo que Thumper finalmente había matado a alguien.

El hombre que se llamaba a sí mismo Thumper había estado apareciendo de vez en cuando los últimos años  en las noticias locales, especialmente en NY1, que mamá miraba la mayoría de las noches mientras preparaba la cena (y a veces mientras comíamos, si habían noticias interesantes). Thumper y su “reinado de terror” (gracias, NY1) habían existido desde antes de mi nacimiento, de hecho, y ya era una especie de leyenda urbana. Ya saben, como el Slender Man o El Garfio, pero con explosivos.

“¿Quién?” dije.

“¿Cuánto falta para que lleguemos? preguntó mamá. No le interesaba en absoluto Thumper; tenía sus propios problemas.

“Cierto tipo que cometió el error de usar una de las pocas cabinas telefónicas que quedan en Manhattan,” dijo Liz, ignorando a mi madre. “El escuadrón de bombas cree que estalló en el momento en que levantó el auricular. Dos cargas de dinamita…”

“¿Debemos hablar de eso?” preguntó mamá. “¿Y por qué todos los malditos semáforos están en rojo?”

“Dos barras de dinamita bajo la pequeña repisa donde la gente deja el cambio,” continuó Liz, sin inmutarse. “Thumper es un HDP ingenioso, hay que reconocerlo. Van a organizar otro equipo de investigación (el tercero desde 1996) e intentaré unirme. Estuve en el último, así que tengo una chance, y puedo usar el tiempo extra.”

“Verde,” dijo mamá. “Vamos.”

Liz arrancó.


 

domingo, 28 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 9

 

LATER - STEPHEN KING - En español

9

 

Al aproximarnos a la patrulla sin identificación (yo sabía lo que era, la había visto muchas veces estacionada frente a nuestro edificio con el cartel que decía OFICIAL DE POLICÍA EN SERVICIO sobre el salpicadero), Liz se abrió un lado de la parca para mostrarme la pistolera vacía. Esa era una suerte de broma entre nosotros. Nada de armas cerca de mi hijo, esa era la regla inapelable de mamá. Liz siempre me mostraba la pistolera vacía cuando la llevaba, y en varias ocasiones la vi en la mesa ratona de nuestra sala. También en la mesa de noche, del lado de la cama que mamá no usaba, y a la edad de nueve años yo tenía una idea bastante certera de lo que eso significaba. El pantano de la muerte de Roanoke incluía material bastante subido de tono entre Laura Good-hugh y Puridad Betancourt, la viuda de Martin Betancourt (quien de pura no tenía nada).

“¿Qué hace ella aquí?” le pregunté a mamá cuando subimos al auto. Liz estaba ahí, así que decir eso fue algo poco educado, o directamente grosero; pero me acababan de arrancar de clases y me habían dicho incluso antes de salir que nuestro ticket de almuerzo había sido anulado.

“Sube, campeón,” dijo Liz. Siempre me llamaba Campeón. “El tiempo corre.”

“No quiero. Van a servir palitos de pescado en el almuerzo.”

“Nop,” dijo Liz, “vamos a comer Whoppers y papas fritas. Yo invito.”

“Entra,” dijo mi madre. “Por favor, Jamie.”

Así que entré en el compartimento trasero. Había un par de envoltorios de Taco Bell en el piso y un olor que podría haber sido palomitas de maíz del microondas. También había otro olor, uno asociado a nuestras visitas al tío Harry en sus distintas casas de hospedaje, pero al menos no había una grilla metálica separando el frente de la parte trasera, como había visto en algunas de las series policiales que mamá miraba (ella era fan de The Wire).

Mamá subió adelante y Liz arrancó, parando en el primer semáforo en rojo para encender la baliza. Comenzó a hacer blip-blip-blip, e incluso sin sirena, los autos se corrieron dejándonos en el carril rápido.

Mi madre se giró y me observó entre los asientos con una expresión que me asustó. Parecía desesperada. “¿Estará en su casa, Jamie? Estoy segura de que se llevaron su cuerpo a la morgue o a la funeraria, ¿pero él seguirá allí?”

Yo desconocía la respuesta, pero al principio no dije nada. Estaba demasiado sorprendido. Y dolido. Tal vez incluso enfadado, no recuerdo con seguridad; pero la sorpresa y el dolor los recuerdo muy bien. Ella me había advertido que no le contase a nadie que veía gente muerta, y nunca lo hice, pero ella sí. Le contó a Liz. Por eso Liz estaba allí, y pronto estaría usando su baliza para desviar el tráfico de la entrada de Sprain Brook.

Al final dije, “¿Cuánto sabe ella?”

Liz me guiñó el ojo desde el retrovisor, la clase de guiño que significa tenemos un secreto. No me gustó. Se suponía que fuésemos mamá y yo quienes guardáramos el secreto.

Mamá se inclinó sobre el asiento y me tomó por la muñeca.

Su mano estaba helada. “Eso no importa, Jamie, solo dime si él podría seguir allí.”

“Sí, supongo. Si fue ahí donde murió.”

Mamá me soltó y le dijo a Liz que fuese más rápido, pero ella sacudió la cabeza.

“No es una buena idea. Podríamos llamar la atención de una patrulla, y querrían saber cuál es el problema. ¿Qué les voy a decir, que debemos hablar con un muerto antes que desaparezca?” Pude notar por la forma en que lo dijo, que no creía una palabra de lo que mamá le había contado; solo se estaba burlando. Siguiéndole la corriente. Por mí, perfecto. En cuanto a mamá, no me parece que le importara lo que pensase Liz, en tanto nos llevase a Croton-on-Hudson.

“Entonces, tan veloz como puedas.”

“Copiado, Ti-Ti.” Jamás me gustó que llamase así a mamá, es como algunos chicos de la escuela dicen cuando quieren ir al baño, pero a mamá aparentemente no le molestaba. Ese día no le habría importado que Liz la llamara Bonnie Tetotas. Probablemente ni se habría enterado.

“Algunas personas saben guardar secretos y otras no,” comenté. No lo pude evitar. Por lo que supongo que sí estaba enfadado.

“Ya basta,” dijo mi madre. “No puedo permitirme que estés rezongando.”

“No rezongo,” dije rezongando.

Yo sabía que ella y Liz eran unidas, pero se suponía que ella y yo fuésemos más unidos aun. Al menos podría haberme preguntado qué me parecía la idea, antes de revelar nuestro mayor secreto una noche cualquiera, cuando ellas estaban en la cama, luego de ascender por lo que Regis Thomas llamaba “la escalera de la pasión.”

“Veo que estás molesto, y puedes enfadarte conmigo después, pero ahora te necesito, niño.” Era como si hubiese olvidado que Liz se encontraba allí, pero yo podía ver los ojos de Liz por el retrovisor y sabía que estaba escuchando cada palabra.

“Okay.” Ella me estaba asustando un poco. “Tranquila, mamá.”

Se pasó la mano por el cabello y le dio un tirón a su flequillo por si acaso. “Esto es muy injusto. Todo lo que nos ha pasado… que sigue pasando… ¡es una puta mierda!” Me revolvió el cabello. “No escuchaste eso.”

“Sí escuché,” dije. Porque seguía molesto, pero ella tenía razón. ¿Recuerdan cuando dije que estaba en una novela de Dickens pero con insultos? ¿Saben por qué la gente lee esos libros? Porque están felices de que todas esas cagadas no les ocurra a ellos.

“He estado haciendo malabares con las cuentas por dos años y jamás se me escapó una. A veces dejo las más pequeñas para pagar las más grandes, a veces dejo las más grandes para pagar un puñado de las más pequeñas, pero nunca nos cortaron la luz ni nos faltó para comer. ¿Cierto?”

“Sí sí sí,” dije, creyendo que le arrancaría una sonrisa. No funcionó.

“Pero ahora…” Le dio otro tirón a su flequillo, dejándolo desarreglado. “Ahora se vienen encima media docena de cosas a la vez, con el maldito fisco liderando la manada. Me estoy ahogando en un mar de tinta roja y esperaba que Regis me salvase. ¡Y el hijo de puta se muere! ¡A los cincuenta y nueve! ¿Quién se muere a los cincuenta y nueve si no tiene cincuenta kilos de sobrepeso ni usa drogas?”

“¿La gente con cáncer?” dije.

Mamá soltó un bufido y se jaló el pobre flequillo.

“Calma, Ti,” murmuró Liz. Apoyó su mano en el cuello de mamá, pero no creo que esta lo sintiese.

“El libro podría salvarnos. El libro, solo el libro y nada más que el libro.” Soltó una carcajada salvaje que me asustó aun más. “Ya sé que solo tiene un par de capítulos, pero nadie lo sabe, porque no hablaba con nadie más que mi hermano antes de que Harry se enfermara, y ahora conmigo. No escribía borradores ni notas, Jamie, porque decía que eso restringía el proceso creativo. Y porque no lo necesitaba. Siempre sabía a dónde quería llegar.”

De nuevo aferró mi muñeca y la apretó tan fuerte que me dejó una marca. Las vi más tarde esa noche.

Todavía podría saberlo.”

 

sábado, 27 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulos 7 y 8

 

LATER - STEPHEN KING - En español

7

 

Ahora vean esto.

Es el otoño de 2009. Obama es presidente, y la economía comienza lentamente a mejorar. Para nosotros, no tanto. Estoy en tercer grado y la señora Pierce me tiene en el pizarrón haciendo problemas de fracciones, porque soy bueno para esas cagadas. O sea, yo sacaba porcentajes cuando tenía siete (hijo de una agente literaria, recuerden). Los chicos a mis se muestran inquietos porque estamos en ese curioso intervalo breve de la escuela entre Acción de Gracias y Navidad. El problema es tan fácil como untar mantequilla en una tostada, y estoy por terminar cuando el señor Hernandez, el secretario del director, asoma su cabeza. Él y la señora Pierce sostienen una breve charla entre susurros, y luego la señora Pierce me pide que salga al pasillo.

Mi madre está ahí afuera esperándome, y luce tan blanca como un vaso de leche. Leche descremada. Mi primer pensamiento es que el tío Harry, quien ahora lleva una placa de acero en el cráneo para proteger su inútil cerebro, ha muerto. Lo que sería bueno, desde un punto de vista horrible, porque reduciría los gastos. Pero cuando pregunto, ella dice que el tío Harry (para entonces alojado en un hogar de tercera categoría en Piscataway; sigue alejándose hacia el oeste, como si fuera un pionero zombi) está bien.

Mamá me arrastra por el pasillo hasta la puerta antes de que pueda hacerle más preguntas. En el sector amarillo donde los padres dejan a sus hijos y los recogen por la tarde, se encuentra estacionado un Ford sedán con una baliza en el salpicadero. Parada junto a él, en una parca azul con la insignia de la policía en el pecho, está Liz Dutton.

Mamá me sigue arrastrando hacia el auto, pero clavo los talones y se detiene. “¿Qué es esto?” pregunto. “¡Dime!” No estoy llorando, pero las lágrimas se acercan. Ha habido muchas malas noticias desde lo del Fondo Mackenzie y no creo poder soportar más; pero debo hacerlo. Regis Thomas ha muerto.

La joya de nuestra corona.


 

8

 

Aquí debo hacer una pausa y contarle acerca de Regis Thomas. Mi madre solía decir que la mayoría de los escritores son raros como mierda que brilla en la oscuridad, y el señor Thomas era un claro ejemplo.

La saga de Roanoke (así la llamaba él) contaba con nueve libros cuando murió, todos gruesos como ladrillos. “El viejo Regis siempre ayuda a la acumulación,” dijo una vez mamá. Cuando yo tenía ocho escamoteé una copia del primero, el pantano de la muerte de Roanoke, de un estante de la oficina y lo leí. No tuve problemas. Era tan bueno para leer como lo era para las matemáticas y para ver gente muerte (no es alarde si es verdad). Además El pantano de la muerte no era exactamente Finnegans Wake.

No digo que estuviese mal escrito, no piensen eso; el hombre sabía contar una historia. Había mucha aventura, montones de escenas espeluznantes (especialmente en el Pantano de la Muerte), una búsqueda de tesoro y muchísimo del buen y querido S-E-X-O. Aprendí más acerca del verdadero significado del sesenta y nueve en ese libro, de lo que un niño de ocho años debería saber. También aprendí algo más, aunque solo después tomé conciencia de ello. Era acerca de las noches en que Liz, la amiga de mamá, se quedaba a pernoctar.

Diría que había una escena de sexo cada quince páginas en El pantano de la muerte, incluyendo una arriba de un árbol mientras unos cocodrilos hambrientos daban vueltas abajo. Estamos hablando de Cincuenta sombras de Roanoke. En mi temprana adolescencia Regis Thomas me enseñó hacerme la paja; y si es demasiada información, aguántensela.

Los libros realmente eran una saga, en la que se narraba una historia continuada con los mismos personajes. Habían hombres fuertes de cabello rubio y ojos risueños, villanos traicioneros de mirada sospechosa, indios nobles (que en libros posteriores se convirtieron en nativos americanos nobles), y hermosas mujeres con pechos firmes y erectos. Todos ellos (los buenos, los malos, las de pechos firmes) andaban todo el tiempo cachondos.

El corazón de la serie, lo que mantenía atrapados a los lectores (aparte de los duelos, asesinatos y el sexo) era el gigantesco secreto que había hecho desaparecer a todos los habitantes de Roanoke. ¿Había sido culpa de George Threadgill, el villano jefe? ¿Los colonos habían muerto? ¿Realmente existía una antigua ciudad debajo de Roanoke, llena de sabiduría milenaria? ¿Qué quería decir Martin Betancourt cuando dijo “El tiempo es la clave” antes de expirar? ¿Qué significaba realmente aquella críptica palabra, croatoan, grabada en una empalizada de la comunidad abandonada? Millones de lectores quedaron esclavizados para conocer las respuestas a esas incógnitas. Aquellos que en el futuro encuentren esto difícil de creer, simplemente les diré que lean algo de Judith Krantz o Harold Robbins. Millones de personas leen sus cosas, también.

Los personajes de Regis Thomas eran proyecciones clásicas. O tal vez una expresión de  deseo. Él era un tipo pequeño y arrugado, cuya foto de autor era alterada rutinariamente para que su rostro no se pareciese tanto a una cartera de cuero. No vino a Nueva York porque no pudiese. El tipo que escribía sobre hombres temerarios abriéndose camino por pantanos pestilentes, duelos a muerte y que practicaban sexo atlético bajo las estrellas, era un soltero agorafóbico que vivía solo. Además se sentía increíblemente paranoico (eso dijo mi madre) acerca de su trabajo. Nadie lo veía hasta que estaba terminado, y después de que los dos primeros volúmenes obtuvieron un éxito tan resonante, manteniéndose en el tope de las listas de bestsellers durante meses, ese secreto excluyó al editor. Él insistía en que sus escritos debían ser publicados tal como los escribió, palabra por palabra.

No era un autor de un libro al año (El Dorado de los agentes literarios), pero era confiable; cada dos o tres años aparecía un libro con la expresión de Roanoke en el título. Los cuatro primeros llegaron durante la etapa del tío Harry, los cinco siguientes durante la época de mamá. Eso incluía a La dama fantasma de Roanoke, anunciado por Thomas como el penúltimo de la serie. El último volumen, prometió, respondería todas las preguntas que sus leales lectores se habían estado preguntando desde aquellas primeras expediciones al Pantano de la Muerte. También sería el más largo de la saga, tal vez setecientas páginas. (Lo que le permitiría a la editorial morder uno o dos dólares extra del precio de compra.) Y una vez que Roanoke y todos sus misterios hubieran terminado, le confió a mi madre en una de las visitas que ella le hizo en su casa de las afueras de Nueva York, tenía intenciones de comenzar una saga centrada en el Mary Celeste.

Todo sonaba bien hasta que cayó muerto sobre su escritorio con solo treinta páginas de su obra maestra. Ya había recibido unos buenos tres millones de adelanto; pero sin libro, ese dinero debía ser devuelto, incluyendo nuestra comisión. El problema era que nuestra comisión ya había sido gastada o estaba reservada para otras cosas. Aquí, como ya habrán adivinado, es donde yo entro.

Okay, volvamos a la historia.


 

viernes, 26 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 6

 

LATER - STEPHEN KING - En español


6

 

Cuando mamá se dio cuenta de cuán mal iban las cosas, la escuché hablar con Anne Staley, una editora amiga, acerca del tío Harry por teléfono. Mamá dijo, “Él era débil antes de volverse débil. Ahora me doy cuenta.”

A los seis yo no habría entendido. Pero ya tenía ocho, casi nueve, y entendí todo, al menos parcialmente. Ella hablaba del lío en que su hermano se había metido (y la había metido a ella) incluso antes de que el Alzheimer se robara su cerebro como un ladrón en la noche.

Por supuesto que estuve de acuerdo con ella; era mi madre, y éramos nosotros frente al mundo, un equipo de dos. Odié al tío Harry por el enredo en el que estábamos. No fue hasta después, cuando tenía doce o tal vez catorce, cuando me di cuenta de que mi madre compartía algo de la culpa. Ella podría haberse librado de todo el asunto cuando todavía estaba a tiempo, pero no lo hizo. Al igual que el tío Harry, quien fundó la Agencia Literaria Conklin, ella sabía un montón de libros pero no lo suficiente sobre el dinero.

Incluso recibió dos advertencias. Una fue de su amiga Liz Dutton. Liz era una detective de la policía de New York y una gran admiradora de los libros de Regis Thomas sobre Roanoke. Mamá la conoció en un almuerzo organizado para celebrar la salida de uno de esos libros, y enseguida congeniaron. Algo que resultó no ser tan bueno. Ya llegaré a eso, pero por ahora solo contaré que Liz le dijo a mi madre que el Fondo Mackenzie era demasiado bueno para ser cierto. Esto debe haber sido alrededor de la época en que murió la señora Burkett, no estoy seguro, pero sí que ocurrió antes del otoño del 2008, cuando la economía quedó patas para arriba. Incluyendo nuestras finanzas.

El tío Harry solía jugar frontón en cierto club selecto, cerca del Muelle 90, donde recalan los botes más grandes. Uno de los amigos con quien jugaba era un productor de Broadway, quien le contó acerca del Fondo Mackenzie. Lo llamaba una licencia para acuñar dinero, y el tío Harry se lo tomó muy en serio. ¿Por qué no? Ese amigo había producido trillones de musicales que habían sido presentados durante trillones de años en Broadway, y a través del país, y las regalías le llovían. (Yo sabía exactamente que eran las regalías: era el hijo de una agente literaria.)

El tío Harry se informó, habló con algunos de los peces gordos que trabajaban para el Fondo (aunque no con James Mackenzie, porque el tío Harry era un pez pequeño en el gran esquema de las cosas), e invirtió una pila de dinero. Los réditos fueron tan buenos que siguió invirtiendo más. Y más. Cuando le dio Alzheimer (y lo afectó muy rápido) mi madre se hizo cargo de las cuentas y no solo siguió con el Fondo, sino que puso aun más dinero.

Monty Grisham, el abogado que por entonces le ayudaba con los contratos, le advirtió no solamente que dejase de invertir: le dijo que se saliese mientras las ganancias eran buenas. Esa fue la otra advertencia, poco después de que se encargara de la Agencia Conkiln. Él también le avisó que si algo lucía demasiado bueno para ser cierto, probablemente no lo era.

Todo de lo que les estoy contando me enteré de a poco, al igual que aquella conversación entre mamá y su amiga editora. Estoy seguro de que entienden, y no necesitan que les diga que el Fondo Mackenzie era en realidad un gran fraude piramidal. La mecánica de Mackenzie y su alegre banda de ladrones consistía en recibir mega millones y pagar grandes porcentajes mientras se guardaban la mayor parte de las inversiones. Mantenían la trampa atrayendo a nuevos inversores, a quienes les aseguraban que él o ella eran especiales porque solo un grupo selecto era admitido en el Fondo. Resultó que el grupo selecto contaba con miles de integrantes, desde productores de Broadway hasta viudas adineradas, que dejaron de serlo de la noche a la mañana.

Una estafa de esa envergadura depende de que los inversores estén satisfechos con los intereses, y no solo que dejen sus inversiones iniciales sino que sigan inyectando dinero. Todo funcionó durante un tiempo; sin embargo, cuando la economía colapsó en el 2008, casi todos los que habían confiado en el Fondo pidieron que le reintegrasen su dinero. Pero el dinero ya no estaba. Mackenzie era modesto comparado con Madoff, el rey de los estafadores, pero le sacó al viejo Bernie bastante dinero; tras recibir más de veinte mil millones de dólares, todo lo que le quedó en las cuentas Mackenzie fueron unos quince millones. Terminó en la cárcel, lo cual fue una satisfacción, pero como dice mamá, “La sémola no es comida y la venganza no paga las cuentas.”

Estamos bien, estamos bien,” me dijo cuando Mackenzie comenzó a aparecer en todos los canales de noticias y en el Times. “No te preocupes, Jamie.” Pero sus ojeras demostraban que ella estaba muy preocupada, y tenía razones de sobra para estarlo.

Después me enteré de algo: mamá solo tenía doscientos grandes en bienes de los que podía echar mano, y eso incluía las pólizas de seguro para ella y para mí. No les gustaría saber los gastos que debía afrontar. Solo recuerden que nuestro apartamento estaba en Park Avenue, la oficina de la agencia en Madison Avenue, y la casa de reposo donde vivía el tío Harry (puedo oí a mi madre agregando, “Si a eso le llamas vivir”) se encontraba en Pound Rodge que es casi tan caro como suena.

El primer paso fue cerrar la oficina sobre Madison. Luego de eso, ella trabajó en el Palacio del Parque, al menos por un tiempo. Pagó algo de la renta por adelantado después de cobrar los seguros que les mencioné, incluyendo el de su hermano; pero eso solo duraría ocho o diez meses. Alquiló la casa del tío Harry en Speonk. Vendió el Range Rover (“De todas maneras no necesitamos un auto en la ciudad, James”, dijo) y un puñado de primeras ediciones, incluyendo una firmada por Thomas Wolfe de Look Homeward, Angel. Derramó muchas lágrimas por esa y dijo que no recibió ni la mitad de lo que valía, porque el mercado de libros  raros también estaba por el piso, gracias a algunos vendedores que se estaban tan desesperados por dinero como ella. Nuestra pintura de Andrew Wyeth también voló. Y todos los días maldecía a James Mackenzie por ser tan ladrón, ambicioso, hijo de puta y chupapija. En ocasiones también maldecía al tío Hary, agregando que a fin de año estaría viviendo detrás de un contenedor de basura, y bien merecido que se lo tendría. Y, para ser justo, después se maldijo a sí misma por hacer oídos sordos de las advertencias de Liz y Monty.

“Me siento como el saltamontes que jugó todo el verano en vez de trabajar,” me dijo una noche. En enero o febrero del 2009, me parece. Por entonces Liz a veces se quedaba a dormir, pero no aquella noche. Debe haber sido la primera vez que noté hebras grises en el bonito pelo rojo de mamá. O tal vez lo recuerdo porque ella comenzó a llorar y fue mi turno de consolarla, a pesar de solo era un niño y no sabía bien cómo se hacía.

Ese verano nos mudamos a un lugar mucho más pequeño en la Décima Avenida. “No es una pocilga,” dijo mamá, “y el precio es justo.” Además: “No pienso mudarme fuera de la ciudad. Eso sería como ondear la bandera blanca. Comenzaría a perder clientes.”

La agencia se mudó con nosotros, por supuesto. La oficina estaba en lo que supongo habría sido mi cuarto, si las cosas no estuvieran tan cagadas. Mi habitación era un hueco adyacente a la cocina. Era caliente en verano y frío en el invierno, pero al menos olía bien. Creo que antes era la despensa.

Ella trasladó al tío Harry a unas instalaciones en Bayonne. Cuanto menos cuente de ese lugar, mucho mejor. Lo único bueno, me imagino, es que de todas formas el pobre hombre no sabía dónde estaba; igual se habría meado encima aunque estuviese en el Beverly Hilton.

Otras cosas que recuerdo del 2009 y 2010: mi madre dejó de ir a la peluquería. Ya no salió a comer con amigos y solamente almorzaba con clientes de la agencia sí realmente debía hacerlo (porque ella era la que terminaba encargándose de la cuenta). No se compraba demasiada ropa, y cuando lo hacía acudía a las tiendas en liquidación. Y comenzó a beber más vino. Mucho más. Hubo noches en que ella y su amiga Liz (la detective y fan de Regis Thomas de la que les hablé) terminaron bastante achispadas. Al día siguiente mamá exhibía unos ojos muy rojos y una irritabilidad aguda, deambulando por la oficina en pijamas. A veces cantaba, “Los días de mierda han vuelto, el puto cielo está gris de nuevo.” Esos días resultaba un alivio ir a la escuela. Una escuela pública, claro; mis días de educación privada habían quedado en el pasado, gracias a James Mackenzie.

Existieron unos pocos rayos de esperanza en ese sombrío panorama. El mercado de libros podría estar por el piso, pero la gente había comenzado a leer libros comunes otra vez (novelas escapistas y manuales de autoayuda porque, reconozcámoslo, en el 2009 y ’10 mucha gente necesitó salvarse a sí misma). Mamá siempre fue una gran lectora de misterios, y había estado construyendo esa parte del establo Conklin desde que suplantó al tío Harry. Ya tenía diez o tal vez una docena de escritores de policiales. No eran hombres y mujeres de las grandes ligas, pero el quince por ciento que recibía a partir de ellos era suficiente para pagar la renta y la luz de nuestra nueva vivienda.

Además estaba Jane Reynolds, una bibliotecaria de Carolina del Norte. Su novela, una intriga llamada Dead Red, fue una sorpresa y mamá se abalanzó sobre ella. Hubo una subasta para elegir quién la publicaría. Todas las grandes compañías participaron, y los derechos se terminaron vendiendo por dos millones de dólares. Trescientos mil de esa cantidad eran nuestros, y mi madre empezó a sonreír de nuevo.

“Falta mucho para que volvamos a Park Avenue,” dijo ella, “y tenemos mucho trabajo por delante para salir del hoyo en que nos dejó el tío Harry, pero quizás lo logremos.”

“Igual no quiero volver a Park Avenue,” le dije. “Me gusta aquí.”

Ella sonrió y me abrazó. “Eres mi amorcito.” Luego estiró sus brazos, sosteniéndome por los hombros, y me estudió. “Tampoco tan pequeño. ¿Sabes qué es lo que deseo, niño?”

Sacudí la cabeza.

“Que Jane Reynolds resulte ser una escritora de un libro al año. Y que hagan la película de Dead Red. Aunque no pase ninguna de las dos cosas, aún está el viejo Regis Thomas y su saga de Roanoke. Él es la joya de nuestra corona.”

Solo que Dead Red terminó siendo el último rayo de luz antes de la tormenta. La película nunca se realizó, y los editores que apostaron por el libro se equivocaron, como a veces pasa. La novela resultó un fiasco, algo que no nos perjudicó financieramente (el dinero ya estaba pagado) pero sucedieron otras cosas y esos trescientos mil se desvanecieron como polvo en el viento.

Primero, las muelas de juicio de mamá se fueron al infierno y se infectaron. Tuvo que hacérselas extraer. Eso fue malo. Luego el tío Harry, el problemático tío Harry, sin haber llegado a los cincuenta años, se resbaló en su casa de reposo y se fracturó el cráneo. Eso fue mucho peor.

Mamá habló con el abogado que la ayudaba con los contratos de los libros (y se llevó una buena tajada de nuestro dinero por las molestias). Él recomendó otro abogado que se especializaba en demandas por negligencia, quien aseguró que teníamos un caso sólido. Y tal vez así era, pero antes de llegar a la corte, la casa de residencia se declaró en bancarrota. El único que ganó con todo esto fue aquel elegante abogado, quien se embolsó cuarenta mil dólares.

“Esas tarifas por hora son una putada,” se lamentó mamá una noche cuando ella y Liz ya iban bien avanzadas con la segunda botella de vino. Liz se rio porque no eran sus cuarenta mil. Mamá rio porque estaba ebria. Yo fui el único que no le vio la gracia al asunto, porque no se trataba solo de los honorarios del abogado. También estábamos enganchados a los gastos médicos del tío Harry.

Para colmo de males, el fisco se arrojó sobre los impuestos adeudados por el tío Harry. Él había estado engañando al otro tío (Sam) para poder invertir más dinero en el Fondo Mackenzie. Lo que nos conduce a Regis Thomas.

La joya de nuestra corona.


 


LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 14

  14   Es hora de hablar de Liz Dutton, así que presten atención. Préstenle atención. Medía alrededor de un metro setenta, la altura d...