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martes, 13 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos finales.

 


Aquí termina la nueva entrega de Gwendy Peterson y la misteriosa caja de botones que marcó su vida desde joven. Como todos y todas ya saben, Richard Chizmar ha expresado su deseo de escribir una tercera parte. Aún no sabemos si prosperará la idea de la trilogía, por lo que hasta el momento esto es lo que tenemos de Gwendy.

Espero les haya gustado mi trabajo de traducción, y les sirva a aquellas y aquellos demasiado ansiosos como para esperar la versión oficial en español; versión que, por lo pronto, no tiene fecha de aparición.

En unos días subiré una reseña de este libro, y comenzaré con la publicación de "Night of the Mannequins" ("La noche de los maniquíes"), lo último de Stephen Graham Jones, recién salido del horno (se publicó en septiembre); así que prepárense para leer un buen slasher de la mano de uno de los mejores escritores de terror actuales, y que lamentablemente no tiene casi ningún libro traducido al español.

Por último, síganme en Patreon (https://www.patreon.com/yotraductor) y fíjense los beneficios de patronearme; desde ya quedaré muy agradecido por cualquier colaboración. Y si quieren comentar, sugerir o aportar, siempre son bienvenidos y bienvenidas de hacerlo en los comentarios.

¡Saludos, hasta la próxima!


71

Por primera vez en su vida, Gwendy quiere contarle a alguien acerca de la caja de botones.

Ella mira a Ryan en el asiento del conductor. Odia tener que ocultarle un secreto tan grande (cualquier secreto, en realidad) pero teme que pudiera ser peligroso para su esposo el saber acerca de la caja. Tampoco le gusta el hecho de que él no tenga opción en cuanto al tema. Si decide contarle, él estará atrapado con el conocimiento (y la responsabilidad) le guste o no. ¿Es mejor que lo que Richard Farris ha hecho con ella? ¡Seguro que no!

“Pagaría por saber lo que piensas,” dice él, mirando el retrovisor para cambiar de carril. “Estás muy callada. ¿Te preocupa la sesión de emergencia?”

Ella asiente con la cabeza. “Sí.” Y es verdad.

“Te irá bien, cariño.”

“honestamente no sé qué se supone que haga, cuál será mi rol en todo esto.”

“Escuchar y aprender. Luego te pararás y dirigirás. Es lo que siempre haces.”

Ella suspira y mira por la ventanilla. Estanques congelados y granjas, transformadas en fantasmas grises por la nieve, lucen borrosos en los campos lejanos. “Con suerte podremos hacerlo entrar en razón. Pero no tengo muchas esperanzas.”

“Si te conozco, no descansarás hasta que lo logres.”

La llamada llegó la noche anterior. Del otro lado de la línea estaba el Vocero de la Cámara de Representantes en persona, Dennis Hastert. Su mensaje fue breve y puntual: tanto la Cámara como el Senado debían reincorporarse en lunes 3 de enero a las 9:00 am, cinco días antes de lo previsto. Gwendy le agradeció el aviso, colgó y le contó a Ryan. Ellos habían dejado la casa de sus padres un par de horas antes, y él no había tenido siquiera tiempo de desempacar.

Ella tenía miedo de dejar la caja de botones dentro de la bóveda en el departamento (¿y si Ryan decidía volver a casa sin ella y abrirla?) y el Banco de Castle Rock estaba cerrado por ser domingo, así que no tenía más opción que llevársela con ella.

Tan pronto como solucionó ese problema, surgió otra complicación: debido a la poca antelación del aviso, no había podido agendar un vuelo privado desde el Aeropuerto del Condado, y se vería obligada a volar desde un aeroparque justo al sur de Portland. Pero el traslado extra y las preguntas inevitables de Ryan (“¿Desde cuándo volamos en privado?”) valían la pena, aunque solo fuera para evitar las máquinas de rayos X del aeropuerto.

“¿Qué te parece si te dejo al frente con el equipaje?” pregunta Ryan, girando para salir de la rampa y acceder a la entrada del Aeroparque Portland Sur. “Iré a estacionar en el garaje y nos encontramos dentro.”

“Suena bien. Tenemos tiempo de sobra.”

Ryan se detiene en el sector indicado como ZONA DE DESPACHO frente al edificio principal (a diferencia del aeropuerto del condado, este lugar tiene en efecto más de una edificación, sin mencionar las múltiples pasarelas y un estacionamiento de tres niveles) y descarga el equipaje del baúl, incluyendo la maleta de Gwendy que esconde a la caja. Deja a Gwendy parada en el andén y conduce al otro lado de la calle hasta el garaje.

Ella mira alrededor y ve dos familias numerosas esperando en fila con sus maletas en el sector de despacho de equipaje (en este caso, una cabina improvisada de fibra de vidrio con un par de carros junto a ella). Varios niños se esfuerzan por liberarse de sus padres, y una niña pequeña con la cara enrojecida y surcada por lágrimas, parece estar al borde de un grave berrinche. Un empleado del aeropuerto, solitario y abrumado, se encuentra etiquetando la montaña de maletas con la eficiencia y celeridad de un perezoso. Si tiene alguien que lo ayude en este segundo día de enero, por el momento no está a la vista.

Gwendy suspira, sintiendo pena por el tipo, y se sienta en una banca cercana. Acomoda las tres grandes maletas frente a ella y ubica la suya a su lado, descansando un brazo sobre ella para cuidarla.

“Discúlpeme, señora, ¿esté asiento está ocupado?”

“Para nada,” dice ella, alzando la vista. “Puede…”

Richard Farris está parado frente a ella, luciendo casi como una réplica del hombre que conoció veinticinco años antes en un banco del Castle View Park. Su rostro no ha envejecido ni un día, y viste jeans oscuros con una camisa (gris esta vez, envez de blanca), un saco oscuro y, por supuesto, ese pequeño sombrero negro encajado en la cabeza.

“¿Cómo… de dónde salió?” dice con voz baja, asombrada.

Él se sienta en el otro extremo de la banca, sonriendo cálidamente. La maleta descansa entre ellos.

Gwendy piensa en pellizcarse para saber que no está soñando, pero de repente tiene miedo de moverse. “¿Era usted ese día en el mal con mi mamá? ¿Por qué, por qué me dejó la caja otra vez?” Ella habla rápido ahora, con la frustración y ansiedad guardadas durante semanas surgiendo en su voz. “Creí que había dicho…”

Farris alza una mano, silenciándola. “Entiendo que tengas preguntas, pero mi tiempo aquí es limitado, así que charlemos un poco antes de que nos interrumpan.” Él se acerca un poco más hacia el centro de la banca. “En cuanto al regreso de nuestra vieja amiga, la caja de botones… digamos que me encontraba en cierto aprieto y necesitaba dejarla en un lugar seguro por un tiempo.” Él la mira con sus ojos celestes, mostrando afecto sincero. “Tú, Gwendy Peterson, fuiste el lugar más seguro en el que pude pensar.”

“Supongo que debo tomarlo como un cumplido.”

“Esa era la intención, querida niña. Te lo dije hace mucho, tu posesión de la caja fue excepcional la primera vez que te la dejé. Y tengo la certeza de que lo fue una vez más.”

“No estaría tan segura,” dice ella. “Estuve hecha un desastre todo el tiempo. No sabía qué hacer. Apretar el botón, no apretarlo.” Ella lanza un prolongado suspiro. “Al final, hice lo mejor que pude.”

“Y es lo que uno puede esperar en cualquier tarea de este tipo. Conociéndote, creo que esta vez también te manejaste bastante bien.” Él apoya la mano sobre la maleta, deslizando sus largos y delgados dedos por el cierre. “Ignorar las tentaciones de los botones es un trabajo difícil. No muchos se pueden resistir. Pero, como tú bien sabes, cuando se la deja en paz la caja puede ser una poderosa fuerza benéfica.”

“Pero no la dejé en paz,” dice ella con un tono quejumbroso que recuerda muy bien de la adolescencia. “No del todo. Tiré de la palanca… bastante.”

Farris afirma muy suavemente.

“¿Mi madre estará bien? Los chocolates la curaron, ¿cierto?” Y luego, como reflexionando: “Debía intentarlo.”

“Los hospitales cometen errores, especialmente cuando se trata de esos análisis de sangre. Las muestras se contaminan; los tubos se confunden. Sucede todo el tiempo. ¿Confío en que le dejaste suficientes suministros?”

“Lo hice,” dice ella, sonando como una adolescente culpable.

Una minivan estaciona frente a ellos. La puerta se abre salen una mujer con su hija pequeña cargando maletas. Ambas se despiden alegremente del conductor, la puerta se cierra, y la van desaparece. La mujer y la niña llegan hasta el final de la fila de equipajes y ni por un momento miran en dirección a ellos dos.

“Lo que sucedió con Lucas Browne y el esposo de mi amiga… las cosas desagradables que vi en mi cabeza… la caja lo hizo, ¿verdad? ¿Fue por los chocolates? ¿Volverá a suceder?”

“Eso no depende de mí. Cuando se trata de la caja de botones, algunas cosas (varias cosas) están fuera de mi alcance.”

Ella lo mira. “Pero si usted no tiene las respuestas, ¿quién las tiene?”

Farris no responde, solo la estudia detrás de sus ojos entrecerrados que ahora parecen casi grises. El sombrero traza una delgada línea de sombra sobre su frente. Finalmente dice: “Tengo, no obstante, una respuesta para ti que creo has estado esperando por bastante tiempo.”

“¿Qué?” pregunta Gwendy, y regresa el tono lastimoso. La idea de que Richard Farris no es la fuerza omnipotente detrás del poder de la caja, sino algún tipo de cuidador sobrevalorado, no solo enoja a Gwendy: también la aterra.

Él se inclina más cerca y, por un momento, Gwendy teme que vaya a tomarle la mano. “Tu vida es, en efecto, tuya. Las historias que decides contar, la gente por la que has elegido luchar, las vidas que has tocado…” Él agita la mano frente a la cara de Gwendy. “Todo lo hiciste tú. No la caja de botones. Tú siempre has sido especial, Gwendy Peterson, desde el día que naciste.”

Gwendy se olvida de respirar por un momento. Siente que un enorme peso se derrumba de sus hombros, de su corazón. “Gracias,” dice con voz temblorosa.

Farris levanta la cabeza, como si hubiese escuchado una voz lejana. “Vaya, mi tiempo se terminó. Tu esposo está encamino. Un hombre adorable, también. Todo un narrador por mérito propio.”

“¿Y qué hay de la caja?” balbucea Gwendy.

“Ya me ocupé de ella.”

Ella lo mira, momentáneamente confundida, y luego levanta la maleta, sacudiéndola.

Parece vacía. Está vacía.

“¿Cómo lo…?”

Farris ríe. “Ya deberías haber aprendido a no hacer esas preguntas tontas, jovencita.”

Se siente extraño ser llamada “jovencita” por un hombre que aparenta su misma edad. Pero al fin y al cabo, cada minuto de esta experiencia se siente extraño, casi como un sueño.

“Debo irme,” dice él, parándose, y Gwendy está segura de que sacará su antiguo reloj de bolsillo para ver la hora. Pero no lo hace. “Aunque lo demoré un poco, tu marido es un hombre devoto y estará aquí muy pronto.” Mira a Gwendy con la misma sonrisa afectuosa brillando en sus ojos. “Y luego los dos despacharán sus valijas y alzarán vuelo juntos hacia una vida larga, próspera y feliz.”

“Si podemos llegar a tiempo con esa fila,” dice Gwendy bromeando.

“¿Qué fila?” pregunta él.

Ella mira y señala. “Aquella.” Pero no hay nadie esperando frente al despacho de equipajes. Ni una persona.

“¿Qué diablos…?”

Cuando se vuelve, Richard Farris ha desaparecido.

Ella se levanta y mira alrededor, pero no ve a nadie. La pasarela y el camino están vacíos. Él simplemente se desvaneció en el aire. Pero no sin antes dejarle un obsequio de despedida.

Posada sobre la maleta de Gwendy se encuentra una pequeña pluma blanca.


 

72

“Todo listo,” dice Ryan trotando por la calle. Levantan sus maletas y se dirigen al centro de despacho.

“¿Por qué te demoraste tanto?” pregunta Gwendy.

“El ascensor estaba fuera de servicio. Tuve que bajar caminando tres pisos. Luego me di cuenta de que había olvidado cerrar el maldito auto, así que tuve que subir todo el camino de vuelta.”

Gwendy se ríe. “Mi pequeño preocupón.”

“Lo aprendí de ti,” dice él, sacándole la lengua.

Ella le aferra el brazo, deteniéndolo, repentinamente seria. “Estuve pensando en lo que dijiste. En el auto.”

Él la mira intrigado.

“Tenías razón,” dice ella. “Mañana cuando llegue, escucharé y aprenderé, y luego haré mi trabajo. Lo que sea necesario. No importa cuánto tarde.”

Él se inclina hacia ella, sus frentes se tocan. “Esa es la Gwendy Peterson que conozco.”

“¿En qué los puedo ayudar, amigos?” pregunta el hombre sonriente dentro de la cabina.

“Tenemos el vuelo 117,” dice Ryan revisando el boleto. “Programado para las 3:10. Queremos despachar estas tres maletas, por favor.”

El hombre toma un portapapeles y anota algo. “¿Puedo ver sus identificaciones, si son tan amables?”

Ryan extrae su billetera y le muestra al hombre su licencia de conducir. Gwendy saca la suya del bolsillo de la cartera y la desliza sobre el mostrador. El hombre las levanta, controla el nombre y se las extiende. “Eso es todo,” dice. Sale de la cabina y coloca las maletas en uno de los carros. Toma un walkie-talkie de su cinturón, presiona un botón y dice “Equipaje del vuelo 117. Ven a buscarlo, Johnny.”

Una voz apagada contesta “Recibido, jefe, estaré ahí al instante.”

Gwendy y Ryan comienzan a encarar la pasarela hacia el edificio principal. Pero Gwendy se vuelve unos pasos y regresa al carro de equipaje. Arroja su maleta con las otras. Luego busca dentro del bolsillo de su abrigo. “Aquí tiene, señor. Feliz año nuevo.” Le entrega algo al hombre dentro de la cabina.

Él la levanta y la mira. Su rostro se ilumina al ver la moneda plateada en la palma de su mano. “Eh, muchas gracias, señora.”

Gwendy ríe. Se da vuelta, toma la mano de Ryan y entran juntos en el aeropuerto.


 

lunes, 12 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulo 70

 


70

“Súbele, gwen,” dice su padre, sentado en el brazo de su sillón reclinable. Está mirando a la pantalla de la televisión fascinado.

“Haré unos breves comentarios,” dice el Sheriff Ridgewick a la maraña de micrófonos instalados afuera de la estación de policía, “y luego le cederé el lugar al detective Frank Thome, de la Policía Estatal, quien responderá a cualquier pregunta.”

Abre un bloc de notas y comienza a leer. “Hoy temprano, el Departamento del Sheriff del Condado Castle llevó a cabo un allanamiento en una residencia ubicada en el 112 Ford Road, al norte de Castle Rock. Fueron descubiertas varias pertenencias de Rhonda Tomlinson bajo el piso de madera de uno de los dormitorios. Después de entrevistar a distintos residentes de la casa, se puso bajo custodia a un sospechoso, Lucas Browne, veinte años. Luego de recibir la autorización del propietario, Charles Browne, de cincuenta y nueve años, de registrar la cabaña localizada junto al lago Dark Score, los oficiales descubrieron a Deborah Parker encadenada e inconsciente dentro del sótano. Ella ya se ha reunido con su familia y está siendo atendida en el hospital.”

El sheriff levanta la vista de su bloc de notas, y los oscuros círculos alrededor de sus ojos cuentan el resto de la historia. “Tras una exhaustiva búsqueda por el terreno adyacente a la cabaña, los oficiales pudieron localizar los restos de Rhonda Tomlinson y Carla Hoffman enterrados a poca distancia. Ambas familias han sido notificadas y los restos de las víctimas serán trasladados a la morgue del condado para continuar con la investigación. Lucas Browne ha sido acusado por los secuestros y asesinatos de la señorita Tomlinson y la señorita Hoffman, y el secuestro y tortura de la señorita Parker. Hay cargos adicionales pendientes. Lucas Browne sigue bajo custodia en el Departamento del Sheriff. Ahora, el detective Thome atenderá sus preguntas.”

El Sheriff Ridgewick se aleja del podio improvisado y baja la vista al suelo.

“Bueno.” El señor Peterson suspira. “No es para nada un final feliz, pero supongo que es lo mejor que podíamos esperar.”

“Esas pobres familias,” dice la señora Peterson, haciendo la señal de la cruz. “No puedo ni imaginarme por lo que están pasando.”

Gwendy no dice nada. Las últimas dieciocho horas han sido un torbellino, y su cerebro y cuerpo aún están luchando por recuperarse.

Unas horas antes, el sheriff le había confiado en detalle los horrores descubiertos en la casa y la cabaña de los Browne: una par de bolsas Ziploc halladas en la habitación de Lucas, la primera con joyas de Dios sabe cuántas mujeres, y la segunda conteniendo cincuenta y siete dientes de varias formas y tamaños. En el sótano de la cabaña encontraron un macabro conjunto de herramientas que contaba con varios alicates ensangrentados, un taladro eléctrico y distintas motosierras. Gwendy se preguntó cuánto tardaría la prensa en conocer esta información.

“Bien por Norris Ridgewick,” dice el señor Peterson, todavía mirando la televisión. “Ya era hora que la gente del pueblo lo reconociera.”

El celular de Gwendy suena. “Mejor que atienda.” Se levanta del sofá y entra en la cocina. “¿Hola?”

“¿Tienes un minuto?”

“¿Las orejas le arden, sheriff?”

“Todos los días durante las dos últimas semanas,” dice él, cansado.

“Acabamos de ver la conferencia de prensa. Lo hiciste bien.”

“Gracias.” Hace una pausa. “Aún me siento raro por no mencionar tu parte en la investigación. No me parece bien llevarme todo el crédito.”

“Creo que mucho de ese crédito te lo debían desde hace un tiempo.”

“Yo no estaría de acuerdo.”

“Yo sí.”

“Tengo una pregunta para ti.”

Aquí viene. “¿Qué es?” pregunta.

“Sé que todo el asunto de la escuela dental te dio una pista. Y las botas tejanas. ¿Pero cómo supiste realmente?”

Gwendy no se apresura a responder. Cuando lo hace, sus palabras han sido cuidadosamente escogidas, y son lo más honestas que puede permitirse. “Fue solo un fuerte… presentimiento. Él transmitía una sensación incómoda, una especie de hambre, uno lo podía sentir emanando de él.”

“¿Entonces dice que fue… instinto?”

Ella se lo imagina levantando los ojos. “Algo así.”

“Bueno, lo que sea que haya sido, estoy agradecido. Salvaste la vida de esa chica.”

Nosotros lo hicimos, Norris.”

“¿Estás en tu casa ahora? Quería dejarte el informe que acabo de redactar. Para asegurarme de que estamos coordinados.”

“Estoy en lo de mis padres, pero podría pasar por la comisaría después de cenar.”

“Es demasiado tarde. ¿Te molesta si te lo llevo ahí?”

“Está bien. Aquí estaré.” Y piensa, Si intenta darme la mano, solo le diré que estoy engripándome y es mejor no tocarme. Como le dije antes a mis padres.

“Genial, dame quince minutos.”

Pero solo tarda diez.

Gwendy se encuentra inclinada sobre la mesa del comedor, buscando la pieza de una esquina del último rompecabezas (el horizonte nocturno de Nueva York) cuando suena el timbre.

“Ese es Norris,” dice, levantándose de la mesa.

“Hazlo pasar,” dice la señora Peterson.

Gwendy llega hasta el recibidor. “Debes haber venido volando…” dice, mientras abre la puerta. Las palabras mueren en su garganta. “¿Ryan?”

Su esposo está parado en el porche, con un ramo de flores en una mano y su cámara en la otra. Su rostro está afeitado y bronceado, y sus ojos titilan con ansiedad. Parece un chico balanceándose sobre sus talones y sonriendo.

“Sé que te gustan las sorpresas,” dice él.

Gwendy chilla con entusiasmo y se arroja en sus brazos. Él arroja el bolso de la cámara y la alza con su mano libre, dando vueltas con ella. Sus labios se encuentran con los de ella, y mientras giran y giran en el porche de la casa donde creció, ella piensa: No hay nada malo en este hombre, solo hogar.


 

domingo, 11 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 68 y 69

 


68

El sheriff Ridgewick levanta el teléfono al primer timbre. “¿Hola?”

“¡Es Lucas Browne!” casi grita Gwendy. “¡Lucas Browne es el Hada de los dientes!”

“¿Gwendy? ¿Sabes qué hora es?”

“Escúchame, Norris. Por favor. Creo que Deborah Parker sigue viva, pero no sé cuánto tiempo le quede.”

“Ok, vamos desde el principio y dime cómo lo sabes.”

“Acabo de encontrarme con Lucas Browne en Main Street y…”

“¿Qué estabas haciendo en Maine Street a estas horas de la noche?”

“Buscaba mi auto después de la fiesta de Año Nuevo,” dice ella con creciente frustración, “pero eso no importa. Lucas Browne fue a la escuela de dentistas en Buffalo.”

“¿Cómo lo sabes? De hecho, ¿cómo conoces a Lucas Browne”?

“Lo conocí junto a su padre cuando rastrillamos aquel campo. Su padre me dijo que Lucas fue a la universidad en Buffalo, pero que debió volver antes por algún problema que tuvo.”

“¿Y Lucas te dijo que era la escuela dental?”

Ella no responde enseguida. “Algo así.” Toma un largo respiro. “Norris, él estaba usando botas de vaquero. Creo que tenía sangre en ellas.”

Ahora se escuchan movimientos. “¿Dónde estás?”

“Acabo de doblar por la 117, camino a casa.”

“Vuelve,” dice él, y ella puede oír una puerta que se abre y se cierra. “Encuéntrame en la comisaría. Y no hables con nadie.”

“Apúrate, Norris.”


 

69

Gwendy acerca una silla y se sienta junto a Sheila Brigham dentro de su cubículo, escuchando las llamadas entrantes. Reconoce al Sheriff Ridgewick de inmediato, aunque su voz suena mucho más grave, y al patrullero Tom Noel, que iba un año por detrás de ella en la escuela y había crecido a dos cuadras de Carbine Street. Los demás son desconocidos, sus voces suenas secas y cortadas, pero Gwendy puede oír el entusiasmo en ellas.

El sheriff y el agente Footman van en el auto principal, seguidos por una larga caravana de vehículos del Departamento del Sheriff, la Policía de Castle Rock y la Policía Estatal. Acaban de cruzar el viejo puente de Jessup Road y estarán rodeando el rancho de los Browne en cuestión de minutos.

No obstante los numerosos ruegos y un intento de soborno (que implicaba a una de las famosas cañas de pescar del señor Peterson), el sheriff no permitió que Gwendy lo acompañase (las prensa se haría un festín, sobre todo si algo salía mal y ella resultaba herida), así esto fue lo más cerca que ella estaría de la acción.

Mira la radio con nerviosa expectativa, dando golpecitos con el pie sobre la fea alfombra verde y mordiéndose las uñas. Sheila ya la ha regañado dos veces por no quedarse quieta, pero Gwendy no puede evitarlo. No tiene nada en el estómago, aparte de media docena de tazas de café. Son casi las diez de la mañana y no ha pegado un ojo. De hecho, ni siquiera volvió a su casa.

Poco después de la 1:00 am, tras encontrarse con Gwendy en la comisaría, el Sheriff Ridgewick contactó al detective Tipton del Departamento de Policía de Buffalo. Se abrieron expedientes. Se hicieron llamadas. Se golpearon puertas. A las 6:00 am, un directivo de la Oficina Administrativa de la Universidad de Buffalo confirmó que Lucas Tillman Browne, de Castle Rock, Maine, había sido expulsado de la Escuela de Medicina Dental (justo antes de terminar su tercer semestre) luego de que varias estudiantes hubiesen elevado quejas contra él por acoso sexual y acecho. Pasadas las 8:00 am, detectives de la Estatal descubrieron por los Tomlinsons y los Parkers que ambas familias habían contratado a Charlie Browne la primavera pasada para limpiar los laterales de aluminio de sus casas. En ambas ocasiones, el señor Browne había ido acompañado de su hijo. Hacía tanto tiempo de eso, que las familias lo habían olvidado. Esta valiosa información condujo a una orden de allanamiento contra la residencia de los Browne y las propiedades aledañas.

“Estoy observando a un individuo masculino”, grazna la radio, y Gwendy puede imaginarse al sheriff sentado en el asiento del conductor, forzando la vista a través de un parabrisas sucio. “Mira eso, dos masculinos en el garaje. El segundo está trabajando bajo el tractor.”

“Recibido. Estamos en posición.”

“Todo en orden en la línea de la cerca. Viene en esta dirección, los tenemos.”

“Ahora los sujetos se acercan. El detective Thome está a las 12 en punto, bloqueando la entrada. Aguarden.”

Tres minutos y medio después: “La orden ha sido entregada. Ambos sujetos cooperaron. Los detectives entran en la residencia. Aguarden.”

La radio se torna silenciosa. Alguien solicita un nuevo par de guantes. Otro agente pregunta si él y sus hombres deberían continuar desviando el tráfico en la intersección. El oficial Portman responde afirmativamente.

Gwendy toma una bocanada muy profunda de aire, y luego la suelta. Sheila le da un mordisco a su rosquilla y mira fijamente a la radio, inmutable.

“¿Cómo puedes estar tan tranquila?” pregunta Gwendy, rompiendo el silencio. “Yo no doy más de los nervios.”

Sheila le concede una mirada impertérrita, limpiándose el azúcar que le ha quedado en las comisuras de los labios. “Veinticinco años en el trabajo, querida. Ya he visto y oído todo. ¡No creerías las cosas vi!” Toma otro bocado de la rosquilla y sigue hablando con la boca llena. “Sin embargo, te diré algo… si no dejas de masticarte las uñas, tendrás que cruzar hasta la farmacia en cinco minutos para comprar curitas.”

Gwendy aleja su meñique de la boca y se cruza de brazos como una adolescente enfurruñada.

“Sheila, responde,” grazna la radio.

Ella se limpia los dedos azucarados en su blusa y activa el micrófono. “Aquí estoy, sheriff.”

Hay un crujido de estática, y luego: “Tengo un mensaje para nuestra visitante.”

“Copiado. Está sentada junto a mí, devorándose los dedos.”

“Dile… que tenemos a nuestro hombre.”


 

sábado, 10 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulo 67

 


67

El breve discurso de Gwendy en la fiesta de Año Nuevo resulta más que bien, y se gana una entusiasta ronda de aplausos por parte de la audiencia, junto con los acostumbrados silbidos. Castle Rock puede estar orgullosa del éxito de su chica, pero aún hay muchos que no creen que una mujer deba representarlos en la capital del país, y mucho menos una de treinta y siete años que encima es demócrata. Es lo que muchos veteranos llaman “sumar un insulto a la injuria.”

Cuando Brigette explicó la primera vez que el plan era juntar a todos los de la Municipalidad en el parque de Castle Rock a las 11:00 pm para realizar el conteo a medianoche, en el centro de la ciudad y junto a la torre del reloj, Gwendy pensó que era el epítome de una mala idea. Estaría oscuro y helado. La gente, cansada y malhumorada. Incluso predijo que la mayoría seguramente preferiría la calidez de sus livings para celebrar la caída de la bola con Dick Clark y las estrellas invitadas en la televisión.

Pero, ahora lo admitía, se equivocaba.

Los voluntarios de la municipalidad habían creado todo un mundo de ensueño en el parque, colgando docenas de guirnaldas navideñas con luces en los árboles y arbustos, alrededor de las barandas, en el techo de la glorieta y a lo largo de la estacada blanca que bordea los bosques al norte del parque. Adornos rojos y verdes cuelgan de los postes de luz y las señales de tráfico. Un puesto de chocolate y café caliente ha sido instalado a la entrada, y alguien incluso ornamentó el Monumento  a los Caídos, ciñendo el cuello de los soldados de la Primera Guerra con un brillante listón rojo y limpiando los lamparones de excremento de palomas de los cascos.

Brillando por su ausencia, los carteles por las niñas perdidas habían desaparecido de los postes telefónicos, las farolas y las ventanas de las pocas edificaciones que rodeaban al parque. Por unas pocas horas, ese tema había sido suprimido y la gente se enfocaba en lo positivo y esperanzador. Mañana por la mañana, los posters y las habladurías sin duda regresarían.

A las 11:45 pm, mientras Gwendy está haciendo fila para una taza de chocolate, el lugar está realmente animado. Los niños pasan corriendo en grupos junto a ella, gritando y riendo, arrojándose bolas de nieve y patinando sobre charcos de hielo, mientras sus padres y vecinos caminan por los alrededores, pasando de un grupo a otro, charlando, bebiendo a escondidas sorbos de whiskey de sus petacas, y haciendo grandiosos planes para que el 2000 sea el mejor año de todos. Gwendy llega a ver a Grace Featherstone, la de la librería, hablando con Nanette, la empleada de la cafetería. Brigette se encuentra dando instrucciones a un grupo de empleados junto a las mesas de picnic, sin duda asegurándose de que todo esté listo para la cuenta regresiva a medianoche. Gwendy había visto al señor y la señora Hoffman más temprano, en el salón, pero los evitó escondiéndose en el baño más tiempo de lo necesario. Con respecto a eso, hasta ahora iba bien; no los había vuelto a ver.

La fila va avanzando, y ella se fija en un hombre alto con un gran bigote y una gorra de los Patriots apoyado en un poste de luz junto a la fuente. Parece estar mirándola, pero Gwendy no está segura. Piensa que recuerda haberlo visto antes entre el público durante su discurso.

“¿Es usted, señora Gwendy Peterson?”

Ella se vuelve. Le toma un segundo reconocer al hombre mayor parado  detrás, pero enseguida lo recuerda. “Vaya, hola de nuevo. Señor Charlie Browne.”

“Solo Charlie, por favor.”

“¿Disfrutando de las festividades?”

“Lo disfrutaba mucho más cuando estábamos bajo techo y no me congelaba las menudencias.”

Gwendy echa la cabeza atrás y ríe. “Qué bueno que no esté soplando viento, o todos pareceríamos estatuas de hielo.”

Él gruñe y mira alrededor. “¿Vio a mi hijo por algún lado? Cuando ese reloj dé las doce, me largo de aquí.”

Gwendy niega. “Lo siento, no lo he visto.”

“Ahí estás,” dice Brigette, llegando envuelta en un halo de perfume. “Te andaba buscando. ¿Qué haces en la fila?” Sacude la mano furiosamente en dirección a una mujer del puesto. “¿Me trae inmediatamente un chocolate para la congresista?”

“Brigette, no,” dice Gwendy horrorizada. La gente las está mirando, alguno de ellos señalándolas.

“Aquí está,” dice una mujer de cabello oscuro, llegando apurada con una humeante taza de chocolate.

Gwendy no quiere aceptarla, pero no tiene opción. “Gracias, no era necesario.”

“Tonterías,” dice Brigette, tomándola del brazo y llevándola. “Te quiero junto a mí a la medianoche.”

“Feliz año nuevo, señor Browne,” dice Gwendy por sobre el hombro. “Un gusto volver a verlo.”

“Feliz año nuevo, congresista,” dice él, sonriendo, y Gwendy no sabe si es su imaginación o no, pero está casi segura de que el tono del hombre ha dejado de ser amistoso.

“Tres minutos más,” dice Brigette, mirando su reloj. Encuentra a su marido hablando con otros dos hombres. “¡Travis, Travis!” Apunta a la torre del reloj. “¡Por allí!”

Él asiente dudando y comienza a ir en esa dirección.

La torre del reloj se encuentra en el corazón mismo del Parque de Castle Rock. Mide casi siete metros de alto y un metro de ancho. Erigido durante la reconstrucción del pueblo, después del Gran Incendio, muestra una placa en la base que dice: En honor al indomable espíritu de los ciudadanos de Castle Rock – 1992.

Una mujer robusta, luciendo lo que parecen varias capas de camisetas de franela, lanza una mirada de alivio al aproximarse a ellas. “Gracias a Dios, comenzaba a preocuparme.” Le entrega un micrófono a Brigette. Un largo cable negro repta desde él hasta un gran parlante preparado sobre una mesa de picnic, a sus espaldas.

Gwendy sonríe a la mujer. “Feliz año nuevo.”

La mujer le desea lo mismo, tímidamente, y con rapidez corre la vista.

Travis pasa junto a ellas, sonriendo y oliendo a loción de afeitar y whiskey. “¿Todo listo, señoras?”

“Casi,” dice Brigette. Enciende el micrófono y del parlante surge un silbido de acople. La gente gruñe y se cubre las orejas. La mujer de las remeras se escabulle para manipular varias perillas del parlante hasta que el sonido disminuye y, finalmente, desaparece.

“¡Un minuto para la medianoche!” anuncia Brigette, ansiosa. “¡Un minuto para la medianoche!”

La gente comienza a juntarse al pie de la torre, los niños avanzan hasta el frente, la mayoría usando collares fluorescentes y llevando cornetas y silbatos. Varios de los adultos usan sombreros de cartón con brillantina que rezan ¡Y2K!, ¡2000! O ¡FELIZ AÑO NUEVO!

“¡Treinta segundos!” exclama Brigette con una voz rozando la histeria; y, por primera vez en la noche, Gwendy se pregunta cuánto bebió su amiga.

Estudiando la multitud, ve a Grace, Nanette y Milly Harris, la organista de la iglesia, acurrucadas al costado. Las tres observan el reloj y cuentan. Charlie Browne está parado con un pie en la cerca. Lleva puestas botas de vaquero y un sombrero de plástico verde con una flor amarilla artificial. Sonríe y saluda a Gwendy con gran aspaviento. Ella le agradece el saludo, pensando que tal vez se equivocó unos momentos antes.

A unos metros detrás del señor Browne está el desconocido de bigotes con la gorra de los Patriots. Se encuentra observando a la gente, pero es difícil verle el rostro porque la visera se lo cubre.

“DIEZ, NUEVE, OCHO, SIETE, SEIS…” Brigette aleja el micrófono de su boca. El rugido de la multitud se ha elevado más que la voz amplificada.

“CINCO… CUATRO… TRES… DOS… UNO…”

La gente estalla. “¡FELIZ AÑO NUEVOOOO!”

El aire se llena con una cacofonía de gritos embriagados, cornetas y silbatos. Vuela la serpentina y el papel picado. Alguien dispara cañitas voladoras. El cielo nocturno se ilumina con explosiones rojas, blancas y azules que alumbran también el suelo cubierto de nieve. Alrededor de Gwendy, todos se abrazan y besan. Ella piensa en Ryan, la forma en que su barba le roza el mentón cuando la besa, y siente crecer en el centro del pecho un dolor profundo.

Brigette se desenreda del abrazo de su marido, y llega el turno de Gwendy. “¡Feliz año nuevo!” grita por sobre el bullicio, abrazando fuerte a su amiga. “¡Estoy muy feliz que estés aquí!”

“¡Feliz año nuevo!” dice Gwendy, con el rostro bañado por el fulgor de los fuegos artificiales.

“Ahora es mi turno.” Travis está parado detrás de su esposa, con los brazos abiertos de par en par, mirando a Gwendy. “¡Feliz año nuevo!”

Gwendy se inclina, lo abraza y su cara se aplasta contra la fría mejilla de Travis. “Feliz año…” comienza a decir. Y entonces, algo cambia.

Todo cambia.

De repente, ve a Travis muy claramente, muy brillante y enfocado, casi como si tuviese luz propia, y todo a su alrededor se desploma. Ella nota la pequeña cicatriz en la barbilla de Travis e inmediatamente sabe que el perro del vecino, Barney, lo atacó cuando él tenía ocho años porque le había estado tirando piedras desde el otro lado de la cerca. Eso fue en Boston, donde Travis creció. Ella observa su cabello grueso, ondulado y repentinamente sabe que está teniendo un romance con su estilista, una mujer soltera llamada Katy que vive en un tráiler a las afueras del pueblo con su hijo de tres años. Su vieja amiga Brigette no sabe nada al respecto…

… y luego la visión se desvanece, y Travis desaparece de su vista, como si hubiese sido succionado por un vórtice negrísimo; y todo a su alrededor vuelve a aparecer.

“… estás bien?” pregunta Travis. Está parado a unos pasos, mirándola con preocupación.

Gwendy pestañea y mira en rededor. “Estoy bien,” dice. “Por un momento me mareé.”

“Dios, creí que te estaba dando un ataque, o algo así.”

“Vamos,” dice Brigette, agarrándole el brazo. “Sentémonos.”

“En serio, estoy bien.” Quiere marcharse, y quiere marcharse ya. “Creo que ya es hora de irme a casa. Ha sido un largo día.”

“¿Segura que deberías manejar? Travis podría…”

“Estaré bien,” dice Gwendy, forzando una sonrisa. “Lo prometo.”

Brigette la mira fijamente. “Ok, pero ten cuidado.”

“Lo haré,” dice Gwendy, despidiéndose. “Mañana te hablo.”

¿Qué diablos fue eso? Piensa, cruzando el parque hacia su auto. No sabe cómo describir lo que acaba de pasar, pero está segura de que nunca antes había experimentado algo remotamente parecido. Es casi como si se abriera una puerta, y ella hubiese pasado. ¿Pero abierta a qué? ¿Al alma de Travis? Suena increíble, como algo salido de una novela de ciencia ficción, pero tiene algo de sentido, así como la caja de botones.

¿Acaso lo que ocurrió es algún tipo de efecto colateral, debido a los chocolates que le dio a su mamá? ¿Y por qué Travis? Apenas lo conoce, y no fue la única persona con la que tuvo contacto esta noche. Estrechó la mano de muchas otras personas.

Repentinamente, una figura oscura surge de las sombras frente a ella. “¿Está bien, señora Peterson?”

Sorprendida, Gwendy se para en seco. Es el extraño de la gorra de los Patriots, y está parado lo suficientemente cerca como para tocarla. Ahora se encuentra atrapada entre dos edificios, y está mucho más oscuro sin las luces de la calle.

“Estoy bien,” dice, intentando sonar tranquila. “Debería tener más cuidado al emboscar a la gente así. Especialmente con todo lo que está pasando.”

“Mis disculpas,” dice el hombre con tono amable. “Vi lo que ocurrió y me preocupé.”

“Vio lo que ocurrió,” repite Gwendy con un hilo de voz. “¿Y por qué me estaba mirando, señor…?”

“Nolan,” dice el hombre, abriendo su abrigo para mostrar una placa en el cinturón. “Detective Nolan.”

Gwendy abre los ojos y siente un rubor subiendo por sus mejillas. “Ahora me siento como una tonta.”

El detective levanta las manos. “Por favor no, señora. Debería haberme identificado enseguida.”

“¿El sheriff le pidió que me vigile?”

“No, señora. Por cómo habla de usted, debe estar seguro de que puede cuidarse sola.”

Gwendy ríe. Se imagina a Norris diciendo esas palabras. “Bueno, que tenga buenas noches, detective. Gracias por preocuparse.”

Él asiente en silencio y comienza a dirigirse hacia el parque.

Gwendy enfila hacia la calle y, en el momento que reconoce al hombre caminando en su dirección, decide llevar a cabo un experimento. “Hola, señor Gallagher,” dice. “Feliz año nuevo.” Se saca un guante y le extiende la mano.

“Feliz año nuevo para usted, señorita.” El profesor de álgebra de octavo le estrecha la mano con un apretón firme. Ella siente los gruesos callos de su palma. “Debería pasar por la escuela algún día. A los chicos les encantará verla.”

“Lo haré,” dice ella, esperando que ocurra algo extraordinario, cualquier cosa.

Pero no sucede nada.

Así que sigue caminando hasta llegar a su auto. Va pensando en la caja de botones y sus chocolates, sin mirar dónde pisa, cuando siente que su pie se desliza. Un momento está  viendo su reflejo en el oscuro vidrio de una cafetería, y al siguiente se encuentra patinando sobre un charco de hielo, agitando las manos.

Alguien la toma por la cintura.

“Oh, Dios mío,” dice enderezándose.

“Eso estuvo cerca, señora Peterson.” Lucas Browne la suelta y se acerca al cordón. Regresa con su guante. “Se le cayó esto.” Sonríe y se lo entrega, rozándole los dedos…

… y de repente, Main Street se hunde: los autos, las tiendas, las luces de la calle desaparecen, y todo lo que ella ve es a él iluminado, casi brillante. Y así, sin más, ella lo sabe. Lucas Browne es el Hada de los Dientes. Mira su mano y ve cómo sus dedos enguantados se cierran alrededor de un instrumento de acero quirúrgico, llegan hasta la boca de un muñeco lleno de dientes falsos sobre una mesa muy iluminada, puede leer Escuela Dental en una bata de laboratorio que él lleva puesta… y esos mismos dedos, ahora sucios, aferrando unos alicates; y está parado frente a una aterrada Deborah Parker, su largo cabello pegoteado por el sudor, los ojos exorbitados y llenos de miedo, las puntas de las botas texanas del hombre manchadas con sangre…

Y luego la oscuridad se lo engulle, y la ciudad vuelve a enfocarse, y Lucas Browne se encuentra parado frente a ella.

“¿Qué pasó?” pregunta él, achicando los ojos. “¿Está bien?”

“Estoy… estoy bien,” dice ella. “Gracias. Me salvaste de una fea caída.” Su voz suena apagada y distante.

Una joven pareja que camina abrazada pasa junto a ellos. El chico, un aspirante a james Dean con su chaqueta de cuero y un cigarrillo colgando de los labios, los saluda. “¿Qué hay, Lucas?”

Lucas no responde, ni siquiera lo mira. Solo observa a Gwendy cruzar la calle con la misma mirada cautelosa en el rostro.

Gwendy se sube al auto, cerrando apuradamente la puerta. Sus manos tiemblan y su corazón parece que va a estallar. Arranca y se aleja sin esperar a que se caliente el motor. Cuando echa un vistazo a la acera, Lucas Browne sigue allí, mirándola.


 

viernes, 9 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 64, 65 y 66


 

64

Gwendy está sentada con las piernas cruzadas en la cama, el cabello húmedo envuelto en una toalla, y envía el email que acaba de redactar. Una vez que el módem se desconecta, cierra su laptop. Con cara de preocupación, salta de la cama y comienza a vestirse. Se está atando los zapatos cuando suena el teléfono.

“¿Hola?” Intenta no esperanzarse.

“Gwendy, soy Patsy Follet. ¿Estás ocupada?”

“¡Patsy!” dice ella, entusiasmada al escuchar la voz de la congresista. “Acabo de responder tu email.”

“Y yo, de leerlo. Me imaginé que sería más fácil llamarte.”

“Bueno, ¿cómo estás?” pregunta Gwendy. “¡Feliz año nuevo!”

“También para ti. Me iba genial hasta que hablé con mi amigo del Senado esta mañana. Después, no tan genial.”

“¿Realmente creen que nos convocarán antes de lo previsto?”

“Eso es lo que me dijo. Alguna sesión de emergencia por culpa del Presidente Bocón y Corea. La primera vez que sucede desde Harry Truman.”

“Significa que hay más de lo que nos cuentan las noticias.”

“Evidentemente,” dice Patsy con disgusto. “Debo admitir, es la primera vez  que realmente tengo miedo de que ese idiota nos meta en otra guerra.”

Gwendy mira la caja de botones al otro lado de la habitación. Camina hasta ella.

“¿Gwen, estás ahí?”

“Sí, aquí estoy. Solo estaba pensando.”


 

65

Gwendy solo se queda en lo de sus padres por un rato, lo suficiente para hablar de los Patriots con su papá (él opina que Pete Carroll debe retirarse después de terminar otra vez en cuarto lugar; ella cree que se merece un año más para cambiar las cosas) y ayudar a su mamá en la elección de un vestido para la cena de Año Nuevo con los Goffs.

Ella ya ha salido y está buscando las llaves de su auto cuando la señora Peterson abre la puerta y la detiene. “Espera un segundo. Necesito hablarte de algo.”

Gwendy se da vuelta. “Debes entrar, mamá, antes de que te resfríes. Está helado.”

“Solo será un segundo.”

Malas noticias, piensa Gwendy, leyéndole la expresión de la cara. Sabía que era demasiado bueno para ser cierto.

“Me temo que tengo malas noticias.”

“Oh, mamá,” dice Gwendy. “¿Qué ocurre?”

“Debería habértelo dicho antes, pero seguía acobardándome.”

Gwendy se acerca. “Solo dime qué es lo que pasa.”

“Revisé mi cartera, busqué por todos lados, incluso llamé al hospital… pero no puedo encontrar tu pluma mágica.”

Gwendy la mira y comienza a reír.

“¿Qué? ¿Cuál es la gracia?”

“Pensé… pensé que me dirías que estabas enferma de nuevo, que el hospital se había equivocado.”

La señora Peterson se coloca una mano en el corazón. “Dios, no.”

“La pluma ya aparecerá, si debe hacerlo,” dice Gwendy, abriendo la puerta de casa. “Ya apareció antes. Ahora entra, tontuela.”


 

66

Camino a su casa desde Carbine Street, Gwendy ve la camioneta del sheriff estacionada en la curva de la ruta 117 con las balizas encendidas. Ella pone el guiño y se estaciona detrás de él.

Al bajar del auto, ella ve al sheriff trepando por una zanja nevada que corre junto a la autopista. Está hasta las caderas de nieve y maldice sin parar.

“¿Qué pensarían los ciudadanos si te escucharan hablar así?”

El sheriff levanta la vista hacia ella, con nieve en el pelo y una mirada asesina. “Pensarían que he tenido un día de mierda, lo que es cierto.”

Gwendy extiende una mano para ayudarlo. “¿Qué estabas haciendo ahí abajo?”

“Creí que había visto algo,” dice, tomándole la mano. Sale de la zanja y comienza a sacudir las botas sobre la grava. La vuelve a mirar. “Estaba por llamarte antes de estacionarme.”

“¿Qué pasa?”

Él se frota la barbilla con una mano. “Recibimos un sobre en la comisaría hace una hora. Sin remitente. Con sello postal de ayer, en Augusta.”

Gwendy se siente enrojecer, Sabe qué vendrá a continuación.

“Dentro del sobre estaba el gorro anaranjado que Deborah Parker llevaba la tarde que se fue a patinar. Y dentro del gorro… habían tres dientes más, posiblemente suyos.”

Gwendy lo mira muda, incapaz de articular una palabra.

“Para empeorar las cosas, hace un rato hablé con ese reportero del Portland Herald. Alguien filtró información. Ya sabe de los dientes que encontramos en la sudadera, y sabe acerca del sobre.”

“Pero dijiste que lo recibieron hace una hora.”

Él asiente. “Así es.”

“¿Entonces cómo…?”

El sheriff se encoge de hombros. “Supongo que alguien necesitaba el dinero. Como sea, está escribiendo un artículo para el diario de mañana y ya está usando como alias apodo “El hada de los dientes”.

“Jesús.”

“Huh,” responde el hombre, sombrío. “La mierda está por salir a flote.”


 

domingo, 4 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 61, 62 y 63

 


61

En la mayor parte del este de Maine, las noticias de una tormenta que se aproxima (aún faltan cuatro o cinco días, pero ya está ganando fuerza a una velocidad monstruosa) llenan los comunicados y las primeras planas de los diarios por las próximas cuarenta y ocho horas. Hay muy poco pánico en esta parte del mundo, incluso cuando se trata de las tormentas más grandes; pero hay un sentimiento soterrado de temor. Las ventiscas significan accidentes, tanto en las carreteras como en las casas. Habrán huesos rotos y congelamientos; autos volcados en las zanjas y líneas eléctricas caídas. Los más viejos se recluirán puertas adentro, imposibilitados de ir de compras o a la farmacia; escaseará la comida y el combustible, y las enfermedades se colarán con fuerza maligna detrás de las puertas abiertas por el vendaval, cobrando sus víctimas. Los más jóvenes no la pasarán mucho mejor, puesto que suelen abandonar todo sentido común y correr hacia la tormenta para construir castillos, comenzar guerras de bolas de nieve y arrojarse colinas abajo en deslizadores de plástico a una velocidad temeraria. Si la gente del pueblo tiene suerte, nadie necesitará de un funebrero. Pero las tormentas no acostumbran venir acompañadas de nada parecido a la buena suerte.

Esta vez, en la mitad occidental del estado, la historia es totalmente distinta. La ventisca que se acerca ha quedado relegada a la página 2 o 3, y solo se le presta atención durante el informe meteorológico de la televisión. Las tres niñas perdidas dominan las noticias desde la mañana hasta el noticiario de la noche. Se entrevista a familiares, amigos, compañeros de escuela e incluso profesores, todos con la misma sombría historia: las tres chicas son amables, talentosas, y nunca se habían metido en problemas ni huido de sus casas. El Sheriff Norris Ridgewick y el detective Frank Thome de la policía estatal están constantemente al aire. Siempre aseguran con seriedad que sus respectivos departamentos están haciendo todo lo humanamente posible para ubicar a las niñas perdidas, y urgen apasionadamente a la población para que colaboren con cualquier información. La repetición y falta de originalidad en el mismo mensaje que comunican una y otra vez, ha llevado a un periodista a decir que ambos “están leyendo el mismo libreto sin inspiración.”

A pesar de la ausencia de cuerpos o de ninguna prueba, la prensa de Portland ha comenzado a hacer circular la versión del “asesino serial”, y han escupido no menos de tres artículos relacionados a Frank Dodd y su carrera como “El estrangulador de Castle Rock” en los ’70.

En Castle Rock no hay menciones al Hombre de la Bolsa Dodd en la prensa, aunque los rumores se esparcen en los bares, restaurantes y tiendas; en un pueblo chico como La Roca, los chismes nunca terminan. La edición del The Castle Rock Call del 30 de diciembre de 1999 muestra tres grandes fotos de las tres chicas en la primera plana, y un titular que dice BÚSQUEDA SIN PISTAS – LA POLICÍA EN PROBLEMAS.

Gwendy echa un vistazo al periódico y lo arroja sin leerlo cobre la mesa de sus padres. “¡Vamos, marmotas!” grita ella, “¡Llegaremos tarde!”

Gwendy y su padre han pasado los dos últimos días extremando los cuidados de la señora Peterson, o al menos, así dirían ellos. La señora, por otra parte, contaría una historia diferente; sin dudas ni filtros, ella diría que ambos la han estado volviendo loca.

No obstante las afirmaciones del doctor (tanto en el hospital como durante una llamada ayer por la tarde) el señor Peterson insistió en que su esposa permaneciese en el sofá del living por el resto de la semana, descansando y recuperándose bajo una pila de cobijas.

“¿Recuperándome de qué?” se queja la señora Peterson. “Comí algo malo y vomité. Gran cosa. Fin de la historia.”

Por una vez, Gwendy se puso del lado de su padre y ambos gastaron la alfombra de tanto ir y venir hacia y desde el sofá, asegurándose de que ella estuviese cómoda y entretenida. En el proceso, también gastaron la paciencia de la señora Peterson. Tras dos días de leer una media docena de revistas de punta a punta, mirar la televisión por horas, coser y trabajar en otro rompecabezas hasta terminar viendo doble, la señora finalmente perdió los estribos y le arrojó el control remoto a su marido diciendo “¡Dejen de tratarme como un bebé, demonios! ¡Me siento bien!”

Y parece que es así. Solo una breve siesta ayer, y nada más hasta el momento. El color ha regresado a su cara y su apetito (así como su actitud camorrera) se ha normalizado. De hecho, hace poco, de una manera no muy sutil sugirió (insistió) que Gwendy y su marido la llevasen a comer afuera esta noche, y no a cualquier restaurante. Hizo que Gwendy llame a su trattoría italiana favorita, Giovanni’s, en el barrio de Windham, para hacer una reservación (que perderán si no salen de la casa en los próximos minutos).

Gwendy se gira al sonido de las pisadas y no puede creer lo que ve. “Wow,” dice, levantándose de la mesa. “Luces genial, mamá.”

“Súper genial,” dice sonriendo el señor Peterson, mientras baja junto a ella.

La señora Peterson lleva puesto un vestido azul oscuro debajo de un largo suéter gris. Por primera vez en meses, se ha maquillado. Sus orejas lucen aros de oro, y una cadenita con una perla adorna su cuello.

“Gracias,” dice tímidamente la señora. “Si siguen con los cumplidos, los perdonaré a ambos.”

“En ese caso,” dice el señor Peterson, extendiendo su brazo hacia la puerta principal, “su carroza espera.”


 

62

El camino desde Castle Rock hasta Windham dura cuarenta y cinco minutos, pero la cena lo compensa totalmente. Gwendy y su padre ordenan camarones a la Giuseppi, ensaladas y sopa de frutos marinos. El señor Peterson se decide por el pollo cacciatore y devora una fuente entera de pan italiano, antes de que llegue la entrada. “Sigue así,” le dice la señora Peterson, “y vamos a tener que visitarte a ti al hospital.”

Terminada la comida, el señor y la señora Peterson se llegan hasta la pista, donde bailan abrazados baladas que entona un imitador de Frank Sinatra sobre un pequeño escenario junto al bar. Al final de cada canción, el señor Peterson apoya a su esposa sobre su rodilla y la acerca para darle un beso en la mejilla. Regresan a la mesa riendo como una pareja de colegiales.

“¿Segura que no quieres dar una vuelta, Gwennie?” pregunta su padre, deslizando la silla para su esposa. “Todavía tengo algo de nafta en el tanque.”

“Estoy que reviento. Creo que me quedaré sentada hasta salir flotando.”

“¿Alguien desea postre?” pregunta el mozo sobre el hombro del señor Peterson.

“Yo no,” dice Gwendy, gruñendo.

Su padre se palpa la barriga. “Para mí tampoco.”

“No, gracias, querido,” dice la señora Peterson, y mientras su esposo pide la cuenta, se vuelve hacia Gwendy. “Me parece que en vez de postre me conformaré con uno de esos deliciosos chocolates tuyos cuando llegue a casa.”


 

63

Gwendy sube trotando la última subida de Pleasent Road, manteniéndose lo más lejos posible del cordón. Después de dos llamadas esta mañana, está especialmente alerta por el tráfico, incluso a tan temprana hora. Han pasado tres largos días desde que Deborah Parker desapareciera del lago Fortier, pero el vecindario sigue bullendo con una combinación de vehículos policiales, voluntarios y curiosos, la mayoría gente de las afueras del pueblo con la cara pegada a los parabrisas.

La agenda de Gwendy en este helado último día del siglo veinte está sorprendentemente libre (un hecho que ella atribuye a regañadientes a la falta de cualquier asomo de vida social). Cuando termine de correr y bañarse, ella planea ponerse al día con algunos emails, luego pasar por la casa de sus padres para una visita rápida (ellos irán a cenar a los de los Goff) y después volver a su casa para una excitante tarde de John Grisham, antes de que sea hora de dirigirse a la fiesta de Año Nuevo de Brigette Desjardin. Ya ha preparado un discurso de cinco minutos para la ocasión, y espera no tener que quedarse mucho más que eso.

Cuando dobla la esquina y avista su edificio, los pensamientos de Gwendy vuelven a la caja de botones y los animalitos de chocolate.

Hasta ahora, ella le ha dado a su mamá siete chocolatinas: la primera, una pequeña tortuga que metió de contrabando en el hospital junto con varios cartones de jugo, y la última un adorable cerdito cuando volvieron del restaurante.

Antes de accionar la palanca y deslizar la pequeña tortuga en su mochila para llevarla al hospital, Gwendy agonizó largo y tendido sobre la decisión. Sabía por experiencia propia que la caja entregaba junto con los animalitos una dosis no tan pequeña de magia, pero también estaba consciente de que esos regalos raramente venían sin consecuencias. ¿Qué pasaría la primera vez que le diese uno de esos chocolates a alguien? ¿Y si le daba varios? Gwendy no tenía una respuesta, pero a fin de cuentas estaba dispuesta a arriesgarse.

No fue hasta aquella mañana en el hospital cuando el doctor Celano les dio las milagrosas noticias, que ella finalmente quedó tranquila con su decisión. ¿Cómo no estarlo? Pero si Gwendy aún guardaba alguna duda (bueno, tal vez guardaba un par) fue después del baile con su padre y la expresión soñadora de su madre cuando el señor Peterson le dio un beso en la mejilla, que cualquier asomo de inquietud se esfumó por completo. Gwendy sabía que recordaría ese momento y las risas de sus padres por el resto de su vida (sin importar cuán larga fuere).

 Gwendy saluda cordialmente a su vecina que está saliendo del edificio, y sube las escaleras hasta el segundo piso, sintiéndose liviana. Abre su bolsillo y saca las llaves y el celular. Está por tomar el picaporte cuando se percata de que tiene un mensaje titilando en el teléfono.

“No, no, no,” dice, cayendo en la cuenta de que olvidó desactivar el silencio. Aprieta el botón para escuchar los mensajes y coloca el teléfono junto a su oído.

“¡Ey, cariño, no puedo creer que lo haya logrado! ¡Estuve intentando durante días! Te extraño mu…”

El mensaje se corta en medio de la oración.

Gwendy mira el teléfono sin poder creerlo.

“Vamos…” Tantea los botones para ver si tiene más mensajes. No tiene. Aprieta el botón de REPETIR y se queda parada frente a la puerta, escuchando esos cuatro segundos con la voz de Ryan. Una y otra vez.


 

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 14

  14   Es hora de hablar de Liz Dutton, así que presten atención. Préstenle atención. Medía alrededor de un metro setenta, la altura d...