miércoles, 30 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 49 y 50

 


49

Desafortunadamente, incluso después de la sorpresiva aparición de su pluma mágica, el buen humor de Gwendy no dura mucho; a las nueve se encuentra derrumbada frente al televiso, extrañando terriblemente a su marido. Un dolor hueco ha reptado hasta su corazón, y ni la meditación ni los pensamientos positivos pueden aliviarla. Mira fijamente el celular, esperando que suene, pero permanece en silencio junto a ella en el sofá.

La caja de botones está sobre la mesa ratona junto al libro de Grisham, la pequeña pluma blanca y una taza de té caliente. Normalmente, Gwendy se preocuparía de que se derramase la bebida sobre la caja. Esta noche, no le importa en absoluto.

Una vez que hubo llegado al edificio, Gwendy llamó al Sheriff Ridgewick para desearle Feliz Navidad y preguntar por Caroline Hoffman. Él atendió al primer timbrazo y le aseguró que la señora Hoffman estaba bien. Algunos puntos y una contusión (y algo aturdida por la resaca).  El hospital la tuvo toda la noche y le dio el alta por la tarde. Su esposo la esperaba para llevarla a casa.

La llamada comenzó a cambiarle el humor (aún podía recordar el feo tajo en la frente de la mujer, y las miradas vidriosas y expectantes de los presentes a su alrededor) y cuando se tiró sobre el mazo de naipes que Ryan había dejado, el espiral descendente empezó en serio.

En su segunda cita oficial, Ryan le confesó que siempre había querido ser un mago. Gwendy quedó encantada por la idea y le rogó que le mostrase algún truco. Después de cenar, y de mucha insistencia por parte de Gwendy, pararon en una tienda y compraron un mazo de cartas Bycicle. Ambos se sentaron en un banco de la plaza y Ryan realizó tres o cuatro trucos diferentes, cada uno más complejo que el otro. Gwendy estaba impresionada por sus habilidades, pero era mucho más que eso. Era más profundo que eso. Esta faceta infantil era un aspecto de Ryan que ella desconocía cuando solo eran amigos, parte de su verdadero ser. Fue la primera vez que Gwendy pensó: Capaz que me enamore de este chico.

Veinte minutos antes, cuando Gwendy se agachó para levantar su señalador y descubrió el viejo mazo de cartas en un nido de pelusas de polvo bajo el sofá, su primera reacción fue de serena gratitud: Ey, me alegra encontrarte, Ryan te va a buscar cuando vuelva a casa.

Y luego esas cuatro palabras explotaron en su cabeza: ¡CUANDO VUELVA A CASA!

Oh Dios mío, él olvidó sus condenadas cartas, pensó con el estómago revuelto. Nunca se a ningún lado sin ellas. Dice que son su amuleto de la suerte. Dice que le recuerda a casa y lo mantienen a salvo.

Gwendy toma el libro de la mesa ratona e inmediatamente lo deja de nuevo. No se puede concentrar. Mira la pantalla del televisor, balanceando nerviosamente el pie. “Si él no va a llamar, al menos que haya algo en las noticias. Cualquier cosa. Por favor.” Ella sabe que habla demasiado consigo misma, pero no le importa. No hay nadie que la escuche.

Gira la cabeza y observa la caja de botones. “¿Tú qué estás mirando?”

Inclinándose hacia adelante, desliza su dedo por el borde redondeado de la caja de madera, manteniéndose a distancia de los botones. “Tú me hiciste lastimar a esa mujer anoche, ¿no?”

Entonces siente algo, una leve vibración en la yema del dedo, y retira la mano. Antes de darse cuenta de lo que está diciendo: “¿Qué? ¿Puedes ayudarme a traer de vuelta a Ryan?”

Seguro, piensa vagamente. Averigua por las noticias dónde están las fuerzas rebeldes en Timor. Una vez que hayas localizado la ubicación, aprieta el botón rojo. Cuando hayan desaparecido acabará el levantamiento, y Ryan volverá. Simple.

Gwendy sacude la cabeza. Pestañea. El cuarto parece balancearse, aunque muy débilmente, como si estuviese en un bote sobre aguas algo agitadas.

Y oye, mientras te ocupas de eso, ¿por qué no haces algo también respecto de ese imbécil presidente tuyo?

¿Ella está teniendo estos pensamientos o los está escuchando? De repente es difícil de decirlo. “¿Destruir Corea del Norte?” pregunta suavemente.

Debes tener cuidado. Si haces eso, alguien supondrá que los EE.UU. son responsables. Alguien como China, digamos, y querrán vengarse, ¿cierto?

“¿Entonces qué propones?” Su voz suena muy distante.

No propongo nada, querida mujer, solo alimento pensamientos. ¿Pero qué pasaría situ presidente desapareciese? Esa no es mala idea, ¿eh? Y piénsalo, está a un botón rojo de distancia.

Gwendy se aleja de la caja, con los ojos fijos en algo muy lejano. “¿Asesinar en nombre de la paz?”

Podrías llamarlo así, ¿cierto? Personalmente prefiero ponerlo en los términos de esa vieja pregunta: si fuera posible, ¿viajarías al pasado para asesinar a Hitler?

Gwendy extiende los brazos y levanta la caja de botones. “Richard Hamlin será muchas cosas, la mayoría malas, pero no es Adolf Hitler.

No todavía, al menos.

Ella apoya la caja en el regazo y se recuesta en el sillón. “Tentador, pero nadie asegura que el vicepresidente será mejor. Ese tipo es todo un caso.”

¿Entonces por qué no deshacerse de ambos? Comenzar de cero.

Está mirando fijamente la fila de botones de colores. “No lo sé... es mucho para analizar.”

Está bien. Tal vez sería más fácil comenzar con algo menos… lejano. ¿Una pesada llamada Caroline Hoffman? ¿Qué te parece cierto congresista maleducado de Mississippi?

“Puede ser…” Gwendy lentamente extiende la mano derecha…

Y entonces suena el celular.


 

50

Gwendy arroja la caja de botones sobre el sofá. Agarra el celular. “¿Hola? ¿Ryan? ¿Hola?”

“Lo siento, señora Peterson,” dice una voz calmada. “Soy Bea. Bea Whiteley.”

“¿Bea?” dice ella, ausente. Siente que la habitación vuelve a enfocarse, aunque por nada del mundo puede recordar si antes estaba fuera de foco. “¿Está todo bien?”

“Todo en orden. Solo quería… primero, pedir disculpas por llamar tan tarde en Navidad. No consideré las tres horas de diferencia hasta que el teléfono comenzó a llamar.”

“No hay problema, Bea. Estoy despierta.”

“Parece que Ryan no pudo volver.”

Gwendy se acomoda en el sofá. Mira la caja de botones, pero aleja la vista rápidamente. “No, no llegó. Sin embargo, espero tener noticias suyas pronto.”

“Lo siento.”

“Gracias.” Puede escuchar risas en el fondo. “Parece que tus nietos están pasando una feliz Navidad.”

“Correteando como animalitos salvajes.”

Gwendy ríe.

“Señora Peterson, llamé para darle las gracias.”

“¿Por?”

“Por las hermosas notas que escribió en los libros para mis chicos. Nadie había dicho esas cosas sobre mí antes, excepto mi familia. Quería decirle cuánto significaron para mí.”

“El gusto fue mío, Bea. Cada una de esas palabras es verdad.”

“Fue toda una sorpresa,” dice Bea, emocionada. “Le juro que  nunca había visto a mi hija mirarme como hoy. Tan orgullosa de mí.”

“Tiene toda la razón en estar orgullosa,” dice Gwendy, sonriendo. “Su madre es una mujer maravillosa.”

“Bueno, le agradezco nuevamente. Yo…” La mujer duda.

“¿Quieres decir algo?”

Cuando Bea Whiteley vuelve a hablar, su voz suena rara y dubitativa. “Me preguntaba… ¿está todo bien por ahí, señora Peterson?”

“Todo bien,” responde, incorporándose y mirando otra vez la caja de botones. “¿Por qué preguntas?”

“Me siento tonta diciéndolo en voz alta, pero… justo antes de llamar, no podía sacarme de la cabeza la sensación de que algo andaba mal… de que usted estaba en problemas.”

Gwendy se estremece. “Nop, todo bien. Solo estaba mirando televisión.”

“Ok… bien.” Suena realmente aliviada. “La dejaré tranquila. Feliz Navidad, señora Peterson, y gracias de nuevo.”

“Feliz Navidad, Bea. Nos vemos en un par de semanas.”


 

martes, 29 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 46, 47 y 48

 


          46

Gwendy tampoco revisa la caja de botones la mañana siguiente. Otro punto para ella.

La Navidad amanece oscura y melancólica, con una capa sofocante de gruesas nubes colgando sobre Castle Rock. El informe meteorológico anuncia nevadas para la noche, y los camiones de la municipalidad ya están ocupados regando sal mientras Gwendy hace su camino de la tura 117 hacia la casa de sus padres. Casi todas las casas por las que pasa tienen aún sus luces de Navidad brillando a las diez y media de la mañana. Por alguna razón, en vez de lucir alegres y festivas, las tenues luces y el cielo turbio ofrecen un escenario deprimente para su trayecto.

Gwendy espera pasar el día con el mismo ánimo triste con el que se durmió, pero se decide a ocultarlo de sus padres. Ya tienen suficientes preocupaciones como para que ella les arruine la Navidad.

Pero cuando la mesa ya está levantada y se han intercambiado los regalos, Gwendy se encuentra de un humor sorprendentemente bueno. Pasar la Navidad en la casa donde se crio hace que el mundo parezca seguro y pequeño otra vez, al menos por un rato.

Como todos los años, el señor y la señora Peterson se preocupan de que Gwendy se exceda y los llene de regalos (“¡Te dijimos que no lo hicieras este año, querida, no tuvimos mucho tiempo para ir de compras!”) pero ella sabe que están sorprendidos y encantados con sus presentes. Papá, aún en pijama y bata, se sienta en su sillón reclinable con las piernas alzadas, leyendo las instrucciones de su nuevo reproductor de DVD. Mamá está ocupada modelando su chaqueta L.L.Bean y las botas en el espejo grande del pasillo. Bajo el árbol esperan una pila de rompecabezas, camisetas de varias clases y suéteres, un TiVo para que mamá grabe digitalmente sus programas, una chaqueta de invierno L.L.Beam para hombres, y una tarjeta de suscripción a las revistas National Geographic y People; todo junto a los regalos sin abrir de Ryan.

Gwendy está igual de satisfecha con sus regalos, especialmente con un precioso diario forrado en cuero que su madre encontró en una pequeña tienda en Bangor. Está sentada en el sofá de la sala, disfrutando de la textura del grueso papel con los dedos, cuando su padre le extiende un gran sobre rojo.

“Un regalo más, Gwennie.”

“¿Qué es esto?” pregunta, tomando el sobre.

“Una sorpresa,” dice la señora Peterson, acercándose y sentándose en el reposabrazos de la reclinadora.

Gwendy abre el sobre y extrae una tarjeta. Un brillante árbol de Navidad decora el frente. Una niñita con coletas está parada al pie del árbol, mirando hacia arriba, maravillada. Gwendy abre la tarjeta, y una pequeña pluma blanca cae flotando a sus pies, sobre la alfombra.

“¿Acaso es…?” comienza a preguntar, con los ojos desorbitados, pero luego lee lo que su padre le ha escrito…

SIEMPRE creíste

en la magia,

querida Gwendy, y la magia

SIEMPRE ha creído en ti.

 

… y no puede encontrar las palabras para terminar.

Levanta la vista a sus padres. Ambos están sentados con sonrisas bobaliconas en el rostro. En los ojos de su madre se forman lágrimas de felicidad.

Gwendy se agacha y recoge la pluma; la observa con incredulidad. “No puedo…” Voltea la pluma sobre la palma de la mano. “¿Cómo… dónde la encontraron?”

“En el garaje,” dice orgullosamente el padre. “Estaba buscando un destornillador de 3/8 en uno de esos gabinetes con los que te la pasabas jugando cuando eras niña, los que tienen pequeños cajoncitos.”

Gwendy asiente en silencio.

“Abrí el último cajón de la última fila, y allí estaba. No podía creerlo.”

“Debes haberla escondido allí,” dice la madre. “¿Hace cuánto? Treinta años.”

“No recuerdo,” dice Gwendy. Mira a sus padres y ahora es ella la de la sonrisa boba. “No puedo creer que hayan encontrado mi pluma mágica…”


 

47

Cuando Gwendy tiene diez años, su familia pasa una semana en las afueras de Nueva York visitando a uno de los primos del señor Peterson. Es julio y el primo (Gwendy ya no recuerda su nombre ni los de su esposa y tres hijos; haciendo memoria, nunca se vieron de nuevo excepto en alguna boda o funeral) posee una casa de verano junto a un lago, así que hay mucho para hacer. Andar en canoa, nadar, pescar, saltar de los columpios de neumáticos, incluso esquí acuático. También hay un pequeño pueblo vecino con un mini golf y tobogán acuático para los turistas.

Gwendy espera todo el verano por ese viaje. Comienza a ahorrar tan pronto como termina la escuela, guardando cada centavo que gana por ayudar a su padre en la limpieza del garaje y barrer la casa de punta a punta con su madre. Cuando ella empaca su maleta y se trepa al asiento trasero para el viaje de siete horas, ha juntado casi quince dólares en monedas. Su plan es conservar la mayor parte del dinero hasta los dos últimos días del viaje, y luego darse sus gustos. Dulces, historietas, helado, tal vez incluso una radio portátil con auriculares, si le alcanza.

Pero las cosas no salen así.

A los pocos minutos de llegar, sus padres desaparecen en la cabaña para un “gran recorrido” y Gwendy se encuentra parada junto al auto rodeada por un grupo de chicos del lugar, incluyendo sus tres primitos, que están pasando el verano en el lago. Los chicos están sin remera y bronceados, y lucen salvajes con sus cabellos enredados y sus ojos vivaces. Las chicas tienen las piernas largas y se las ven distantes, mayores.

Nerviosa y sin saber qué decir, Gwendy abre su maleta y les muestra su bolsito plástico lleno de monedas. La mayoría no le presta atención, algunos incluso se ríen. Pero uno de los más grandes no se ríe; parece interesado, capaz que incluso impresionado. Espera que los otros chicos se vayan, saltando y gritando en el patio, y se aproxima a Gwendy.

“Ey, niña,” dice, mirando alrededor. “Tengo algo que tal vez te interese.”

“¿Qué?” pregunta Gwendy, más nerviosa ahora que está a solas con un chico – un chico lindo y mayor.

Él revisa el bolsillo trasero de sus jeans cortados como pantaloncillos, y cuando saca la mano tiene algo pequeño, peludo y blanco.

“¿Una pluma”? pregunta Gwendy, confundida.

El niño hace cara de disgusto.

“No es cualquier pluma. Es una pluma mágica.”

Gwendy siente palpitar el corazón. “¿Mágica?”

Asé es. Perteneció a un jefe indio que vivía por aquí. También era un curador, uno poderoso.”

Gwendy traga saliva. “¿Qué es lo que hace?”

“Hace… cosas mágicas,” dice. “Ya sabes, te trae buena suerte y te hace más inteligente. Cosas como esas.”

“¿Puedo verla?” pregunta Gwendy casi sin aliento.

“Seguro, pero me estoy cansando de cuidarla. La tengo desde hace unos años. ¿Te interesaría tenerla tú?”

“¿Tú quieres dármela a mí?”

“Dártela no,” responde. “Vendértela.”

Gwendy no duda. “¿Cuánto?”

El niño lleva un dedo sucio a los labios, pensando. “Creo que diez dólares es un precio justo.”

Los hombros de Gwendy se sacuden un poco. “no lo sé… es mucho dinero.”

“Por una pluma mágica, no.” Él comienza a guardar la pluma. “No hay problema, se la venderé a alguien más.”

“Espera,” balbucea Gwendy. “No dije que no.”

Él la mira altivo. “Tampoco dijiste que sí.”

Gwendy echa un vistazo a su bolso de plástico lleno de monedas, y luego a la pluma.

“Te diré algo,” dice el niño. “Eres nueva por aquí, así que te haré precio. ¿Qué te parecen nueve dólares?”

Gwendy siente como si acabara de ganar el premio mayor en la ruleta de la feria. “Hecho,” dice de una, y comienza a contar nueve dólares en monedas.


 

48

Más tarde, de regreso a su casa esa noche de Navidad, Gwendy piensa en las palabras de su padre: “Todos nos burlamos de ti por esa pluma, Gwen, pero no te importó. Tú creías. Eso era lo importante, y lo sigue siendo ahora: siempre fuiste una creyente. Tu hermoso corazón te ha llevado por caminos inesperados, pero tu fe (en ti, en los otros, en el mundo que te rodea) siempre te ha guiado. Eso es lo que simboliza tu pluma mágica.”


 


lunes, 28 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 44 y 45

 


44

Desde que Gwendy tiene memoria, los Peterson han asistido a la Misa de vísperas de Navidad de las 7:00 PM en la iglesia católica de Nuestra Señora de las Aguas Serenas, y luego cruzan el pueblo hacia la fiesta anual de los Bradley. Cuando era niña, Gwendy acostumbraba pasar el soñoliento viaje de vuelta con la cabeza recostada sobre el frío vidrio de la ventanilla trasera, buscando en el cielo nocturno una señal de la nariz roja de Rodolfo.

El servicio de la iglesia dura esta noche poco más de una hora. Hugh y Blanche Goff, vecinos de toda la vida de los Peterson, llegan unos minutos tarde. Gwendy hace lugar alegremente para ellos en el banco. La señora Goff huele a naftalina y pastillas de menta, pero a Gwendy no le importa. Los Goff nunca pudieron tener hijos, y ella es como una especie de hija sustituta para ellos.

Gwendy cierra los ojos y se pierde en el sermón del padre Lawrence; su voz tranquilizadora es tan parte de los recuerdos de su infancia como los chapuzones de los sábados por la mañana junto a Olive Kepnes en el natatorio de Castle Rock. Pocas de las historias del sacerdote son nuevas para ella, pero no obstante encuentra sus palabras reconfortantes. Gwendy descubre una alegría pura en el rostro de su madre, mientras la señora Peterson canta junto al coro y, poco después, suelta una risita cuando el señor Goff deja escapar una ventosidad durante la Sagrada Comunión, ganándose un gentil levantamiento de cejas de su padre.

Al terminar el servicio, los Peterson salen junto con el resto de la congregación y se quedan afuera, en la entrada principal de la iglesia, charlando con amigos y vecinos. Las felicitaciones más cálidas son para la mamá de Gwendy, ya que es su primera visita a la iglesia en semanas. Sin embargo, hay una excepción. El padre Lawrence abraza efusivamente a Gwendy y literalmente la levanta del suelo. Antes de desaparecer en la rectoría, le hace prometer que volverá pronto. Una vez que la muchedumbre se dispersa, Gwendy acompaña al señor y la señora Goff hasta su auto y luego sigue a sus padres hasta la mansión de los Bradley en Willow Street.

Anita Bradley (según los rumores que han corrido envidiosamente por Castle Rock desde hace tres décadas) se casó con un hombre viejo y rico. Luego de que su esposo Lester, un exitoso empresario maderero diecinueve años mayor, sufriera un infarto fatal en 1991, muchos pensaron que, una vez terminados los servicios fúnebres y los asuntos legales, Anita empacaría y se largaría a las doradas costas de Florida o, incluso, a alguna isla. Pero se equivocaron. Castle Rock era su hogar, insistía Anita, y no se iría a ningún lugar.

Resultó que su permanencia fue algo muy bueno para el pueblo. Anita había pasado los casi nueve años desde la muerte de su marido donando su tiempo y dinero a una larga lista de organizaciones de caridad locales, ofreciendo su experiencia de costurera a la Sociedad Dramática de la Secundaria de Castle Rock, y ejerciendo la dirección del Comité de Benefactores de la biblioteca. También preparaba una muy deliciosa tarta de manzanas, que vendía durante todo el verano en la Pastelería de Nora.

Una sonriente y algo achispada Anita (con su largo cabello plateado peinado en una especie de torre de tres pisos que desafiaba la gravedad) da la bienvenida a la familia Peterson con delicados abrazos y suaves (sin mencionar ásperos) besos en las mejillas. La casa de tres plantas se extiende por más de dos mil metros cuadrados en la cima de una colina rocosa, y posee habitaciones enteras repletas de antigüedades del siglo pasado. Gwendy siempre ha sentido terror de romper algo valioso. Toma los abrigos de sus padres y, agregando el suyo, los deja envueltos sobre un sofá victoriano en la biblioteca. Después se dirige al bullicioso y enorme salón principal, buscando rostros familiares, ansiosa por hacerse ver y luego marcharse a casa.

Pero, como suele ocurrir en Castle Rock, es difícil encontrar rostros familiares de su edad. La mayoría de los amigos de secundaria de Gwendy nunca regresaron a La Roca después de la universidad. Como ella, muchos de ellos tomaron empleos en la vecina Portland, en Derry o en Bangor. Otros se mudaron a distintos estados y solo vuelven ocasionalmente para visitas a los padres o familiares. Brigette Desjardin es una del pequeño puñado de excepciones a esta regla, y parece ser la única presente en la fiesta anual navideña en lo de los Bradleys. Gwendy se topa con ella junto a la fuente de ponche (esta vez no hay desafortunados vuelcos) y disfruta de una entusiasta pero breve conversación con Brigette y su marido antes de que un amigo de Brigette algo ebrio los interrumpa. Gwendy sonríe y se aleja.

Por supuesto, hay muchos más esperando hablar con Gwendy. Aunque los rostros familiares escaseen, las caras amistosas (y las curiosas) no. Pareciera que todos quieren una foto o un par de palabras con la Famosa Congresista, y la ráfaga de preguntas llega rápida y furiosa:

¿Dónde está su marido? ¿Dónde está Ryan? (“Al otro lado del océano, trabajando.”)

¿Cómo se siente tu mamá? (“Mucho mejor, gracias, ella está por aquí, la estoy buscando.”)

¿Cómo es en verdad el presidente Hamlin? (“Ummmm… es un caso serio.”)

¿Qué tal van las cosas en el DC? (“Oh, va todo bien, dando una buena lucha todos los días.”)

¿Por qué no bebe nada? Espere, déjeme servirle algo. (“No, gracias, en serio, estoy algo cansada y no soy de beber.”)

¿Qué pasa con esas chicas perdidas? (“Es terrible y aterrador, y sé que el sheriff y su gente están haciendo lo humanamente posible para encontrarlas.”)

La vi corriendo la otra noche. ¿No se cansa de correr? (“De hecho no, lo encuentro relajante; por eso lo hago.”)

¿Debería preocuparme por lo de Corea del Norte? ¿Cree que iremos a la guerra? (“Que eso no le quite el sueño. Deberían ocurrir muchas desgracias para que Estados Unidos vaya a la guerra, y no creo que sucedan.”) Gwendy no está tan segura de esto último, pero se imagina que es parte de su trabajo mantener la calma entre sus constituyentes.

Para cuando localiza a sus padres sentados en un rincón del extremo opuesto del salón, hablando con un colega de la oficina de papá (el hombre también solicita “una foto muy rápida”, en la que Gwendy sonríe obedientemente), siente que acaba de terminar un día agitado de publicidad para uno de sus libros. También tiene una jaqueca atroz.

Una vez solos, les dice a sus padres que se encuentra exhausta y les pregunta si estarán bien sin ella. Su mamá reniega diciendo que Gwendy necesita dejar de trabajar tanto y le ordena que se vaya directo a la cama. Su padre le da una mirada sarcástica y dice, “Creo que podemos sobrevivir una noche sin tu ayuda, nena. Ve a casa y descansa.” Gwendy le aprieta el brazo, les da a ambos un beso de buenas noches, y comienza a cruzar el salón rumbo a la biblioteca para buscar su abrigo.

Fue entonces que sucedió.

Una mano musculosa surge del mar de gente y aferra a Gwendy por el hombro, haciéndola girar.

“Bueno bueno bueno, miren quién está aquí.”

Caroline Hoffman aparece repentinamente frente a ella, los ojos inyectados en sangre y reducidos a dos ranuras. La mano que aprisiona a Gwendy comienza a apretar. La mano libre se cierra en un carnoso puño.

Gwendy mira a su alrededor, buscando ayuda… pero el señor Hoffman no está por ningún lado, y nadie parece percatarse de lo que sucede. “Señora Hoffman, no sé qué…”

“Tú me das asco, ¿sabes?”

“Bueno, lamento que se sienta así, pero no sé…”

La mano presiona más fuerte.

“Suélteme,” dice Gwendy, sacudiéndose la mano de la mujer. Puede oler el aliento de la señora Hoffman, y no es cerveza; es algo más fuerte. Lo último que quiere es provocarla. “Escuche, entiendo que esté alterada y que yo no le caiga bien, pero este no es el momento ni el lugar.”

“Me parece que el momento y el lugar son perfectos,” dice la señora Hoffman, con una desagradable sonrisa burlona cruzándole la cara.

“¿Para qué?” pregunta airadamente Gwendy.

“Para patearte ese engreído trasero.”

Gwendy retrocede un paso, alzando las manos, asombrada de que eso esté por ocurrir.

“¿Todo en orden?” pregunta un hombre alto al que Gwendy jamás ha visto en su vida.

“No,” dice ella con voz temblorosa. “No, no lo está. Esta mujer ha bebido demasiado y necesita que alguien la lleve a su casa. ¿Puede ayudarla, o tal vez llamar a su marido?”

“Me encantaría.” El hombre se vuelve a la señora Hoffman e intenta tomarla del brazo. Ella le da un empujón. Él choca contra una pareja, volcando el vaso del hombre, que cae al suelo y se rompe. Y ahora todos están observando al hombre alto y a la señora Hoffman.

“¡¿Qué diablos están mirando?!” grita ella, con los mofletes enrojecidos. “¡Manga de estirados!”

“Oh Dios,” dice alguien a espaldas de Gwendy.

La muchacha aprovecha la distracción y rápidamente se escurre a la biblioteca, donde desentierra su abrigo de una pila sobre el sofá. Se lo pone, tragándose lágrimas de furia, y comienza a mecerse frente al sofá. ¿Cómo se atreve a ponerme las manos encima? ¿Cómo se atreve a decir esas cosas? Meciéndose más rápido, puede sentir el calor creciendo en todo su cuerpo. Todo lo que quería era ayudarla y ella actúa como…

Un golpe estridente llega desde el recinto contiguo.

Y luego gritos de alarma.

Gwendy corre hacia el salón, temiendo lo que pueda encontrar.

Caroline Hoffman yace inconsciente en el piso de parqué, los brazos desparramados sobre la cabeza. Una fea herida en la frente sangra profusamente. Una muchedumbre la está rodeando.

“¿Qué sucedió?” pregunta Gwendy a cualquiera.

“Se cayó,” dice un anciano frente a ella. “Se había calmado y estaba marchándose, cuando de repente giró, cayó y golpeó la mesa con la frente. Lo más extraño que vi en mi vida.”

“Fue como si alguien la hubiera empujado,” dice otra mujer. “Pero no había nadie allí.”

Recordando el torrente de furia que había sentido, y un sueño largamente olvidado sobre Frankie Stone, Gwendy se va tambaleando de la casa en una especie de sopor y no mira atrás.

Con la cabeza dándole vueltas, le toma varios minutos recordar dónde dejó el auto. Cuando finalmente lo encuentra, al fondo de la entrada de los Bradleys, se sube y conduce hacia su casa en silencio.


 

45

Cuando Gwendy llega a casa quince minutos después, cambia sus ropas por un camisón, se lava la cara, se cepilla los dientes y se va directo a la cama. No enciende la televisión, no pone a cargar el celular, y por primera vez desde su regreso, deja la caja de botones dentro de la bóveda de seguridad durante toda la noche.


 

domingo, 27 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 41, 42 y 43

 


41

Gwendy cierra el auto y está a medio camino en la entrada de su casa, cuando oye pisadas a sus espaldas.

Mira por sobre el hombro, revisando todo el estacionamiento. Al principio no ve a nadie, aunque puede escuchar los pasos apurados. Luego lo ve: un hombre, perdido en las sombras que dejan las luces de la calle, dando zancadas hacia ella. Está tal vez a treinta metros, y se mueve rápido.

Gwendy se apresura a entrar y marca el código de seguridad con dedos temblorosos. Intenta abrir pero la puerta no cede.

Mira detrás de ella otra vez, entrando en pánico. El hombre está más cerca. Tal vez a quince metros. Ella no está cien por ciento segura en la oscuridad, pero parece que tiene una máscara de esquí, cubriendo su rostro. Igual que en su sueño.

Gwendy ingresa el código otra vez, concentrándose en cada botón. La puerta hace un zumbido. Ella la abre, entra y cierra de un portazo, corriendo escaleras arriba hacia el segundo piso. Mientras lucha torpemente con las llaves de su departamento, escucha alguien que forcejea con la puerta de entrada, intentando entrar.

Finalmente, ella abre la puerta y se apresura a entrar. Luego de poner el cerrojo, corre hacia la ventana frontal y espía hacia afuera.

El estacionamiento está vacío. El hombre ha desaparecido.


 

42

“Buen día, Sheila,” dice Gwendy, un poco impaciente para esa hora tan temprana. “Vine a ver al Sheriff Ridgewick.”

La mujer, delgada como un espantapájaros, de un brillante cabello rojo y gafas al tono, levanta la vista de la revista que está leyendo. “Hola, Gwendy. Lamento no haberte visto el otro día. Oí que estallaron fuegos artificiales.”

Sheila Brigham ha dirigido el cubículo de vidrio del despacho en la comisaría desde hace veinticinco años y contando. También está a cargo de la recepción y del café. Sheila comenzó en el trabajo ni bien salió de la universidad estatal, cuando los pantalones acampanados eran furor y George Bannerman patrullaba La Roca. Aquí se casó y crio una familia, se ocupó de Alan Pangborn durante su etapa de diez años y, a diferencia de la mayoría, no dejó que el incendio del ’91 la amedrentara, aunque pasó casi tres semanas en el hospital debido a aquella catástrofe.

“Me temo que no inspiré demasiada confianza en nuestros electores,” dice Gwendy.

Sheila niega con la mano. “No te preocupes por eso. En un buen día, Carol Hoffman es mala como una avispa. Y generalmente no tiene un buen día.”

“Igual, me siento terrible. Pobre mujer.”

Sheila gruñe. “Si quieres sentir lástima por alguien, que sea por su esposo.”

“Eso no te lo discuto.”

La mujer levanta la revista de nuevo. “Puedes pasar. Él te está esperando.”

“Gracias. Feliz Navidad, Sheila.”

Ella gruñe igual que antes y vuelve su atención a la lectura.

La puerta del despacho del sheriff está abierta, por lo que Gwendy pasa sin llamar. Él está sentado tras su escritorio hablando por teléfono. Levanta un dedo y mueve la boca diciendo “un minuto”, indicándole que se siente. “Lo entiendo, Jay. En serio. Pero no tenemos tiempo. Lo necesito para ayer.” Su cara se ensombrece. “No me importa. Solo hazlo.”

Cuelga y mira a Gwendy. “Lamento eso.”

“No hay problema. Y ahora, ¿qué es todo este secreto? ¿Por qué no pudiste decírmelo por teléfono?”

El sheriff sacude la cabeza. “No me gusta tu celular. Lo último que necesitamos ahora es una filtración.”

“Estás tan paranoico como mi padre. Él ha entrado en un frenesí. Piensa que toda la tecnología del mundo colapsará la semana que viene cuando el reloj dé la medianoche.”

“Díselo a Tommy Perkins. Él afirma captar media docena de conversaciones por celular al día, en ese aparato de onda corta que tiene.”

Gwendy se ríe. “Tom Perkins es un viejo senil y de mente sucia. ¿En serio le crees?”

El sheriff se encoge de hombros. “¿Entonces cómo se enteró de que Shelly Piper estaba embarazada antes que el resto del pueblo?”

“Seguramente, ese viejo pervertido se encargó él mismo de esa tarea.”

El sheriff quedó boquiabierto, formando una O perfecta. “Gwendy Peterson.”

“Oh, calla,” dice ella, blandiendo su mano frente a él. “Y basta de evasivas. ¿Acaso es una noticia tan mala?”

La sonrisa desaparece del rostro del hombre. “Me temo que sí.”

“Cuéntame.”

Él se levanta y cierra la puerta. Volviendo al escritorio, abre un cajón y saca un gran sobre. “Echa un vistazo,” le dice a Gwendy mientras se lo entrega.

Ella abre la solapa y saca un par de brillantes fotos a color. Resulta difícil saber qué son los tres pequeños objetos blancos de la primera imagen, pero la segunda es un acercamiento mucho más claro. “¿Dientes?” dice ella, mirando al sheriff.

Él asiente.

“¿De dónde vienen?”

“Se encontraron en el bolsillo de la sudadera rosada de Carla Hoffman.”


 

43

Gwendy aún sigue pensando en los tres pequeños dientes horas más tarde, mientras se ducha y se alista para asistir a la misa de vísperas de Navidad con sus padres.

Los forenses ya han confirmado que los dientes son compatibles con los de un femenino de la edad de Carla Hoffman, y el Sheriff Ridgewick se ha puesto en contacto con el odontólogo de la niña para saber si hay radiografías en su archivo. Los padres saben de la sudadera, pero no se les ha dicho nada acerca del macabro descubrimiento dentro del bolsillo. “Es nuestra primera evidencia concreta,” le ha confiado el sheriff a Gwendy. “Necesitamos ver a dónde nos lleva antes de que la noticia corra por todo el pueblo.”

El descubrimiento de los dientes había sustituido en la mente de Gwendy al recuerdo del terrorífico encuentro en el estacionamiento la noche pasada, pero ahora regresa, veinticuatro horas más tarde, mientras elige el vestido para la iglesia.

Todo el asunto parece un mal sueño. El hombre tenía una máscara, ahora está segura. Pero en esa época del año eso es muy común. Aparte de eso, no recuerda mucho más. Ropas oscuras, tal vez jeans, y algún tipo de zapatos o botas con taco. Ella definitivamente lo escuchó antes de verlo. Otra cosa: no había visto ningún auto extraño en el aparcamiento, es decir que o estacionó cerca y se llegó a pie, o vive en las cercanías.

¿Pero por qué alguien querría hacer eso?” piensa, escogiendo un largo vestido negro y un par de botas de cuero. ¿Solo trataba de asustarla? ¿O era más que eso? En todo caso, ¿él sabía que era ella? Tal vez todo era solo una broma. O no tenía nada que ver con ella.

Gwendy también se pregunta por qué eligió no decirle nada al sheriff esa mañana, aunque tiene una teoría al respecto. Todo apunta al búho de chocolate que comió hace un par de noches. Es verdad que comer ese chocolate le insufló inmediatamente una sensación de clamada energía y claridad de visión (tanto interna como externa), pero hizo más que eso: le devolvió un sentido de equilibrio al mundo; la confianza que la que había carecido los últimos meses. Extrañar a Ryan, dudar en su trabajo, preocuparse por su mamá y por un presidente con el coeficiente de un nabo y el temperamento de un bravucón escolar… de repente, sintió que podía soportar toda esa carga de nuevo, y más aun. Todo gracias a una especie de maravillosa droga… o golosina, piensa. Era un sentimiento intranquilizador, y de cierta forma la hizo sentirse todavía más culpable por comer el chocolate. Después de todo, no era una adolescente perdida e insegura como la primera vez que la caja de botones llegó a su vida. Ella era un adulto ahora, con años de experiencia manejando los revese que le presentaba la vida.

Se ajusta el cinturón de seguridad y sale del estacionamiento hacia la iglesia, cuando aquella perturbadora pregunta asoma su fea cabeza una vez más: ¿Cuánto de su vida es producto de sus acciones, y cuánto de las acciones de la caja, con sus premios y botones?

Gwendy nunca ha estado menos segura de la respuesta.


 

sábado, 26 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 39 y 40

 


39

El Sheriff Ridgewick tiene razón en algo: la mitad de Castle Rock se suma a la búsqueda. Al menos, eso le parece a Gwendy cuando toma su lugar en el largo arco de gente, la mayoría de las mujeres vestidas con abrigos coloridos y botas, la mayoría de los hombres usando el uniforme estándar de un varón adulto de Nueva Inglaterra: el camuflaje. Mientras comienzan a rastrear el campo, Gwendy mira alrededor y ve gente vieja junto a parejas jóvenes, y parejas jóvenes caminando al lado de chicos universitarios y de la preparatoria. Incluso bajo estas sombrías circunstancias, ese cuadro le provoca una breve sonrisa. A pesar de su oscura historia e idiosincrasia, Castle Rock sigue siendo un lugar que se preocupa por los suyos.

Las instrucciones del sheriff son simples: caminar despacio, lado a lado, con no más de cinco o seis pies de separación entre personas; si se encuentra algo, cualquier cosa, no tocarla ni acercarse; llamar a un oficial e irán corriendo.

Gwendy observa el terreno cubierto de nieve frente a ella, forzando deliberadamente sus pies a que se muevan, apurando el paso a pesar de la gélida temperatura. Sus mejillas arden y sus ojos lagrimean por el azote constante del viento. Por primera vez esa mañana, sus pensamientos vuelven a la caja de botones. Ella sabe que comer el chocolate fue un error, un momento de debilidad, y está decidida a que no vuelva a ocurrir. Seguro, la hizo sentirse mejor la noche anterior (bueno, para ser honesta, más que eso). Y cuando se miró en el espejo del baño esta mañana (sintiéndose más descansada y con el alma más purificada de lo que se había sentido en meses), y viendo que los oscuros círculos que se habían alojado bajo sus ojos las últimas semanas habían desaparecido, de repente los chocolates mágicos no parecían una mala idea.

Pero luego recordó su dedo acariciando la superficie lisa del botón rojo y la vocecilla susurrando en su cabeza: Cuidado con lo que sueñas porque esa caja puede escuchar tus pensamientos. Ella escapó de ese recuerdo e intentó alejarlo lo más posible.

“Gwendy, querida,” dice una voz, arrancándola de sus pensamientos. “¿Cómo está tu madre?”

Gwendy levanta la cabeza y mira, primero a la derecha, luego a la izquierda. Una mujer mayor, unos puestos más allá en la línea, levanta una mano enguantada y saluda.

“¡Señora Verril! No la había visto.”

La mujer le sonríe. “Está bien, querida. Es difícil saber quién es quién cuando está toda arropada así.”

“Mamá está mucho mejor. Gracias por preguntar. Ha vuelto a cocinar y está lista para echar a mi papá de la casa, así tiene algo de paz y tranquilidad.”

La señora Verril se cubre la boca y suelta una risita. “Bueno, por favor envíale mis saludos y dile que me encantaría pasar a verla en algún momento.”

“Lo haré, señora Verril. Estoy segura de que le encantará verla.”

“Gracias querida.”

Gwendy sonríe y regresa su atención al campo de nieve impoluta que se extiende frente a sus ojos. Calcula que faltan otros cuarenta y cinco o cincuenta y cinco metros antes de llegar a la línea de árboles. ¿Y luego qué? piensa. ¿Pegamos la vuelta o seguimos adelante? Debe haberse perdido esa parte de las indicaciones.

Sintiendo que el hombre a su derecha la está observando, Gwendy mira en su dirección. Tiene razón; sus ojos marrones se encuentran observándola detenidamente. El hombre es joven, unos veinte años, algo desabrigado con una camiseta de franela por fuera del pantalón y una gorra de béisbol de los Buffalo Bills. De repente el hombre sonríe más allá de ella. “Te dije que era ella, pa.”

“¿Disculpa?” dice la muchacha, confundida.

Una voz calmada a su izquierda dice, “Estaba seguro que era demasiado joven para ser gobernadora… o senadora.”

Gwendy voltea la cabeza a la derecha, y la vuelve a la derecha. “Yo no… no soy ninguna de las dos cosas.”

El hombre más viejo se rasca la barbilla sin afeitar. “¿Entonces qué eres?”

“Soy una…”

“Ella es una congresista,” dice el hombre joven con un poco de vergüenza. “Ya te lo había dicho.”

“Me temo que estoy perdida,” dice Gwendy, exasperada. “¿Nos conocemos?”

“No, señora. Mi nombre es Lucas Brown y ese de allí es mi padre.”

“Charlie,” dice el viejo, poniendo la mano en el estómago y haciendo una reverencia. “Tercera generación de Castle Rock.”

“Espere un momento, o sea que su nombre es… ¿Charlie Brown?”

El hombre vuelve a inclinarse. “A sus órdenes.”

El más joven gruñe y se sonroja aun más.

En realidad son agradables, piensa Gwendy.

“De cualquier forma, la vi cuando el sheriff estaba hablando,” dice Lucas. “Codeé a mi pa y le dije quién eras.” Miró a su padre con el mentón levantado. “Pero no me creyó.”

“No lo hice, debo admitirlo,” dice él, levantando la mano. “Creí que tenías que ser mucho más grande para trabajar en un puesto de alto rango en el gobierno.”

Gwendy le ofrece una ancha sonrisa. “Bueno, lo tomaré como un cumplido. Gracias.”

Radiante, el viejo saca pecho. “Mi chico es el listo de la familia. Dos años de universidad en Buffalo… antes de que se metiese en un problemita. Pero pronto volverá a terminar lo que comenzó, ¿cierto hijo?”

Lucas, quien de repente pareciera querer estar en cualquier otro lugar menos allí, asiente con la cabeza. “Sí señor. Algún día.”

“Bueno, es un placer conocerlos,” dice Gwendy, ansiosa por terminar la conversación. “Siempre es agradable conocer…”

“¿Qué es eso?” pregunta Lucas, señalando un pequeño objeto oscuro que emerge de los árboles. Por la fila de rastreadores va creciendo un murmullo. La gente comienza a señalar. Alguien del extremo izquierdo rompe filas y va tras el objeto, resbalando y dando de cara contra la nieve. Varios ríen sarcásticamente.

Al principio, Gwendy piensa que es una bolsa de plástico, como había dicho el sheriff antes. Tiene el mismo tamaño y forma, y vuela con el viento, arriba, abajo, girando en pequeños círculos, dando tumbos en el suelo y levantándose de nuevo.

Pero luego, en medio del campo, el objeto inexplicablemente cambia de dirección en medio vuelo. Girando bruscamente a la derecha, se dirige directamente hacia ella

… y Gwendy recuerda repentinamente una tempestuosa y dorada tarde de abril que ella alguna vez pasó junto a un muchacho que amaba, volando cometas, tomándose de las manos t sintiendo que su felicidad duraría para siempre y…

En ese momento, ella comprende que es un sombrero lo que se precipita hacia ella en el flagelante viento. Un pequeño y pulcro sombrero negro.

El objeto oscuro de repente vira a la izquierda, alejándose de ella a una velocidad increíble; y por un momento fugaz y esperanzador Gwendy cree estar equivocada, solo es una bolsa. Pero el viento arremete de nuevo y lo trae de vuelta, cada vez más cerca, desviándose y dando volteretas por el campo congelado directamente hasta sus pies…

…donde Lucas Browne, adelantándose y dándole un pisotón, termina abruptamente con su largo viaje.

“¿Podrías mirar eso?” dice Charlie Browne, con los ojos abiertos como dólares plateados de 1891. Se agacha y lo levanta.

“¡Alto!” gita Gwendy. “¡No lo toquen!”

El hombre viejo aparta su mano y la mira. “¿Por qué no?”

“Podría… podría ser evidencia.”

“Oh, cierto,” dice él, enderezándose y dándose una buen palmada en la sien.

Una pequeña multitud los está rodeando en ese momento.

“¿Qué es eso?”

“¿Es lo que yo pienso?”

“¿Vieron ese movimiento repentino? Como si alguien lo estuviera manejando por control remoto.”

El oficial Footman se aproxima a través de los espectadores. “¿Qué tenemos aquí?”

“Lo siento, oficial,” dice Lucas, quitando la bota del objeto. “Era la única forma de pararlo.”

El oficial no dice nada. Se arrodilla en la nieve y examina el objeto con detenimiento.

Por supuesto, no es una bolsa de compras.

Es un sombrero. Un pequeño y discreto sombrero negro.

Deslucido por el tiempo, gastado en los bordes, con un tajo de ocho centímetros en la copa aplastada.

“Esta cosa ha estado aquí desde hace mucho tiempo,” dice el oficial, poniéndose de pie. “No nos sirve.” Se aleja, y la gente comienza a dispersarse.

Gwendy no se mueve. Mordiéndose el labio, observa el sombrero negro, casi hipnotizada por su visión, sin percatarse de que Charlie Browne y su hija la están mirando. ¿Farris está enviando algún mensaje? ¿O está jugando conmigo? ¿Recuperando el tiempo perdido?

Se inclina para ver mejor al sucio sombrero, y un golpe de viento lo levanta arrojándolo lejos, precipitándolo hacia la carretera. Sube y sube, luego cae al piso rodando como un frisbee por varios metros antes de tomar vuelo otra vez.

Gwendy se queda inmóvil en medio del campo cubierto de nieve, los ojos alzados hacia el cielo, y mira cómo el sombrero negro desaparece tras los árboles más allá de la carretera. Cuando se da vuelta, la cadena de rastreadores se ha ido sin ella.


 

40

El Cementerio Homeland es el más grande y bonito de los tres camposantos de Castle Rock. En el frente hay altos portones de hierro con cerradura, pero solo se usa dos veces al año: durante la noche de graduación de la preparatoria, y en Halloween. El Sheriff George Bannerman está enterrado en Homeland, como también Reginald “Pop” Merrill, uno de los ciudadanos más infames (y desagradables) del pueblo.

Gwendy conduce a través de las suntuosas puertas en el momento en que el sol se pone sobre el horizonte, y no puede precisar si el cementerio, con sus suaves colinas, sus monumentos de piedra y sus sombras crecientes, luce tranquilo o amenazante. Se dice que tal vez sea ambas, aparcando junto al parque central. Tal vez ambas.

Sabiendo a dónde se dirige, camina directamente, forzando su camino a través de la  nieve que le llega hasta las rodillas, hacia un conjunto de lápidas dispersas que descansan en la cima de una colina escarpada, bordeada por un pequeño grupo de pinos. Hay manchones de tierra desnuda allí donde las gruesas ramas de los árboles han evitado que la nieve se acumule. Las copas se balancean adelante y atrás, susurrándose secretos entre ellas en la fría brisa.

 Gwendy se detiene frente a una pequeña lápida en la última fila. Los árboles crecen muy juntos, bloqueando la desfalleciente luz solar y echando sombras en el suelo, pero ella sabe de memoria lo que está esculpido en el mármol:

OLIVE GRACE KEPNES

1962 – 1979

Nuestro ángel amado

Elle echa una rodilla en la nieve, de poca altura en ese lugar, y marca los surcos con las puntas de los dedos desnudos. Como siempre, piensa que quienquiera que haya estado a cargo de la inscripción hizo un trabajo bastante mediocre. ¿Dónde estaban las fechas exactas del nacimiento y muerte de Olive? Esos datos eran importantes y deberían haber sido incluidos. ¿Y qué decía ese “Nuestro ángel amado” de la verdadera Olive Kepnes? Nada. No decía nada en absoluto para mantener su recuerdo vivo. ¿Por qué no mencionaba que Olive tenía una risa contagiosa, y sabía de Peter Frampton más que nadie en el mundo? ¿O que era una experta en todo tipo de dulces y malas películas de terror de la trasnoche? ¿O que quería ser veterinaria?

Gwendy se arrodilla en la nieve (los pies entumecidos a pesar de las botas impermeables, gracias a las horas de búsqueda infructuosa un rato antes) y pasa un tiempo con su vieja amiga hasta que las manchas de sombras se funden en una sola; entonces se despide y regresa hacia su auto lentamente en la oscuridad.


 

viernes, 25 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 36, 37 y 38

 


            36

Gwendy pasa el resto de la tarde barriendo su casa, viendo las noticias por cable y bebiendo mucho café. Horas antes, abandonó la oficina del sheriff sintiéndose deprimida e incompetente en partes iguales, como si hubiera decepcionado a todos en el salón. Obviamente había dicho algo que desató la ira de  la señora Hoffman, y el sheriff estaba manejando bien a la pareja hasta que ella abrió su bocaza. Y ese comentario petulante acerca de su ropa y sus botas… molestó a Gwendy. No debería haberla incomodado, Gwendy lo sabía, pero lo había hecho. Después de varios años volviendo a Castle Rock, se había acostumbrado a esas ironías ocasionales. Venían incluidas en el paquete. Entonces, ¿por qué dejó que le afectara así?

“Bueno, no te quedes muda,” le dice a la caja de botones. “idea algo y respóndeme.”

La caja la ignora. Está ahí (en la mesa, junto a una taza semivacía de café y una guía de TV vieja) y le responde con un silencio empecinado. Ella toma el control remoto y sube el volumen de la televisión.

El presidente Hamlin está parado donde comienza el césped de la Casa Blanca, cruzado de brazos en actitud desafiante, mientras el helicóptero Marine Uno zumba en el fondo. “… y si continúan con estas amenazas contras los Estados Unidos de América,” dice, mostrando su mejor ara de tipo rudo a la cámara, “no tendremos más alternativa que responder a la agresión con agresión. Este gran país no retrocederá.”

Gwendy observa con escepticismo. “Jesús, piensa que está en una película.”

Su celular suena. Ella sabe que es demasiado pronto para que sea Ryan de nuevo, pero igual se tira sobre el sofá y agarra el aparato. “¿Hola?”

“Hola Gwen, es papá.”

“Justo estaba pensando en ustedes,” dice ella, silenciando la televisión. “¿Necesitan que lleve algo para la cena?”

Hay una breve pausa antes de la respuesta. “Era por eso que te llamaba. ¿Te molestaría mucho si cancelamos esta noche?”

“Claro que no,” dice ella, sentándose. “¿Está todo bien?”

“Todo en orden. Solo que mamá está algo agotada después de su cita con el doctor esta tarde. A decir verdad, yo también.”

“¿Quieres que busque algo en Pazzano’s y se los lleve? No tendría problema.”

“Eres un amor; pero no, estamos bien. Voy a calentar algo de lasaña y nos iremos a la cama temprano.”

“Ok, pero llámame si cambian de idea. Y dale un beso a mamá.”

“Lo haré, cariño. Gracias por ser tan buena hija.”

“Buenas noches, papá.”

Gwendy cuelga y mira el árbol de Navidad parado en el rincón. Una serie de luce se han apagado. “Sí, una hija genial… Olvidé por completo que ella tenía cita con el doctor hoy.” Se levanta, da unos pasos hacia el centro del recinto y luego se detiene. Repentinamente siente deseos de llorar, y no simples sollozos. Tiene ganas de caer de rodillas, enterrar el rostro en las manos y llorar hasta desmayarse.

Con una opresión creciéndole en el pecho, Gwendy se tira otra vez en el sofá. Esto es patético, piensa, limpiándose las lágrimas con el canto de las manos. Absolutamente patético. Tal vez un baño caliente y un vaso de vino puedan…

Y entonces mira a la caja de botones.


 

37

Gwendy no puede recordar la última vez que salió a correr dos veces en un día. Si tuviese que adivinar, diría que fue cuando tenía doce años, el mismo verano en que Frankie Stone comenzó a llamarla Goodyear y ella decidió finalmente hacer algo acerca de su peso. Ella corría casi a todos lados ese verano: a la tienda de la esquina a buscar huevos y pan para su madre, a la casa de Olive para escuchar discos y hojear el último número de la revista Teen y, por supuesto, cada mañana (incluso los domingos) subía corriendo las Escaleras Suicidas hasta el parque Castle View. Cuando la escuela comenzó en septiembre, Gwendy había perdido casi siete kilos de grasa y la caja de botones estaba escondida en lo profundo de su armario. Luego de eso, la vida nunca volvería a ser lo mismo para ella.

Esta noche, ella trota a buen ritmo por el medio de la ruta 117, disfrutando la sensación de su corazón bombeando en el pecho. La nieve dejó de caer varias horas antes, alrededor de la hora de la cena, y las barredoras están ocupadas despejando los cordones cunetas de la calle a última hora. Los caminos principales están inquietantemente vacíos y silenciosos. Al pie de la colina, ella pasa junto a un grupo de hombres con cascos y chalecos anaranjados de la municipalidad de Castle Rock. Uno de ellos arroja la pala con la que trabaja y le dedica un entusiasta aplauso. Ella le sonríe y alza los pulgares, mientras sigue corriendo.

La pequeña chocolatina que le entregó la caja tenía la forma de un búho, y Gwendy la observa fascinada ante los asombrosos detalles (las líneas de cada pluma, la punta del pico, las sombras oscuras que rodean sus ojos) antes de llevarla a la boca y dejar que se disuelva en la lengua.

Hubo un momento de completa satisfacción (por qué, no lo sabe; tal vez por todo) y luego una ráfaga de deslumbrante lucidez y energía que atraviesa todo su cuerpo. De repente ella no solo deja de tener ganas de llorar; todo su cuerpo se siente más liviano, su visión parece más aguda, y los colores de su casa lucen más brillantes y vibrantes. ¿Así sucedía cuando ella era más joven? No lo puede recordar. Todo lo que sabía era que repentinamente sentía que le salían alas, y podía volar al cielo y tocar la luna. Ella inmediatamente se puso ropas deportivas y zapatillas, y salió afuera.

No, no inmediatamente, recuerda cuando pasa por la estación Sunoco hacia Main Street y el centro del pueblo.

Antes había ocurrido algo.

En medio de todos esos gratos sentimientos, esos maravillosos sentimientos, de repente se encontró mirando fijamente el botón rojo de la izquierda de la caja, y luego extendió lentamente un dedo y lo tocó, acariciando su superficie pulida; y la idea de apretarlo y borrar al presidente Richard Hamlin de la faz de la tierra germinó en el fondo de su cerebro como el jirón de un sueño olvidado justo antes de despertar.

Wow, chica, susurró una vocecilla dentro de su cabeza. Cuidado con lo que sueñas porque esa caja puede escuchar tus pensamientos. No lo dudes ni por un segundo.

Luego, y solo luego, ella apartó cuidadosamente su dedo y subió a cambiarse para ir a correr.


 

38

Al día siguiente, amanece despejado y frío. Un viento enérgico sopla desde el este, silbando entre las copas de los árboles y levantando montoncitos de nieve contra las ruedas de los autos estacionados y los costados de los edificios. Bajo el brillo del sol mañanero, la alfombra de nieve escarchada es casi demasiado brillante para mirarla.

Gwendy lleva su auto hasta la esquina del estrecho desvío de la carretera y se quita los lentes de sol. Media docena de vehículos de la policía se encuentra aparcada en una fila escalonada frente a ella. Un grupo de oficiales uniformados se amontona entre dos de los autos, con las cabezas gachas, perdidos en la conversación. Un campo abierto de tal vez quince o veinte acres rodeado por un espeso bosque se extiende al costado derecho del camino. Gruesos árboles se apretujan del otro lado, bloqueando los rayos del sol y bajando la temperatura al menos diez grados.

El Sheriff Ridgewick avista el auto de la muchacha y se aparta del grupo de hombres. Comienza a caminar en su dirección, por lo que Gwendy sale y lo encuentra a mitad de camino.

“Gracias por venir con tan previo aviso,” dice él. “Creí que querrías estar aquí.”

“¿Qué sucede?” pregunta ella, subiendo la cremallera de su pesada campera. “¿Encontraron a las niñas?”

“No.” Dirige su vista al campo abierto. “Aún no. Pero encontramos la sudadera que Carla Hoffman llevaba la noche que desapareció.”

Ella mira alrededor. “¿Aquí afuera?”

El hombre asiente y señala a la esquina noreste del campo. Gwendy sigue al dedo y, entrecerrando los ojos, apenas puede ver un par de figuras oscuras camufladas por el fondo de árboles. “Uno de mis hombres la vio esta mañana. El viento soplaba tan fuerte que de hecho se estaba moviendo sobre el campo. Eso fue lo que llamó su atención. Eso y el color.

“¿Color?”

“Sabemos por el hermano mayor de Carla que ella llevaba una sudadera rosada Nike la noche que la secuestraron. El oficial vio algo pequeño y rosado dando tumbos en el campo, y estacionó. Al principio pensó que solo era una bolsa de plástico. El viento sopla fuerte hoy, estos árboles forman una especie de túnel de viento y toda clase de basura termina aquí. Latas vacías. Cartones de comida rápida. Bolsas de plástico, de papel, lo que se te ocurra.”

“Me parece que tu oficial se merece un aumento por haberse bajado a revisar.”

“Es un buen hombre.” El sheriff mira fijamente a Gwendy. “Todos mis hombres y mujeres lo son.”

“¿Y ahora qué pasará?”

“El equipo de evidencia está allí revisando la sudadera. El oficial Footman se encuentra juntando un grupo de gente para realizar un rastreo en el área circundante. Si quieres, puedes ayudar. La mitad del pueblo probablemente aparecería si se lo permitiésemos.”

Gwendy asiente. “Creo que lo haré. En el auto tengo un gorro y un par de guantes.”

“Vaya forma de pasar el día antes de Navidad.” Él suspira profundamente. “Como sea, capaz que falta una hora más o menos para que empecemos. Podrías meterte y encender la calefacción.” Comienza a dirigirse hacia los otros hombres. “Hay café y donas en uno de los patrulleros, si quieres.”

Gwendy no presta atención a la oferta. Está observando el campo cubierto de nieve, con el ceño fruncido. “Sheriff… si el oficial encontró la sudadera volando por sobre la nieve, y recién paró de nevar ayer por la tarde, significa que la remera fue dejada en las últimas…” Piensa. “Dieciséis horas, más o menos.”

“Tal vez,” dice. “A menos que hubiera estado a resguardo en algún lugar y el viento la hubiese soltado luego de que la nieve paró.”

“Oh,” dice Gwendy. “No pensé en eso.”

“Todo lo que sé es que no hay casas a tres millas de nosotros, y este desvío es usado principalmente por cazadores. O encontramos la sudadera por casualidad, o querían que la encontráramos.” Mira a los hombres reunidos entre los autos y vuelve la vista a Gwendy. “Yo apuesto por lo segundo.”


 

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 14

  14   Es hora de hablar de Liz Dutton, así que presten atención. Préstenle atención. Medía alrededor de un metro setenta, la altura d...