sábado, 27 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulos 7 y 8

 

LATER - STEPHEN KING - En español

7

 

Ahora vean esto.

Es el otoño de 2009. Obama es presidente, y la economía comienza lentamente a mejorar. Para nosotros, no tanto. Estoy en tercer grado y la señora Pierce me tiene en el pizarrón haciendo problemas de fracciones, porque soy bueno para esas cagadas. O sea, yo sacaba porcentajes cuando tenía siete (hijo de una agente literaria, recuerden). Los chicos a mis se muestran inquietos porque estamos en ese curioso intervalo breve de la escuela entre Acción de Gracias y Navidad. El problema es tan fácil como untar mantequilla en una tostada, y estoy por terminar cuando el señor Hernandez, el secretario del director, asoma su cabeza. Él y la señora Pierce sostienen una breve charla entre susurros, y luego la señora Pierce me pide que salga al pasillo.

Mi madre está ahí afuera esperándome, y luce tan blanca como un vaso de leche. Leche descremada. Mi primer pensamiento es que el tío Harry, quien ahora lleva una placa de acero en el cráneo para proteger su inútil cerebro, ha muerto. Lo que sería bueno, desde un punto de vista horrible, porque reduciría los gastos. Pero cuando pregunto, ella dice que el tío Harry (para entonces alojado en un hogar de tercera categoría en Piscataway; sigue alejándose hacia el oeste, como si fuera un pionero zombi) está bien.

Mamá me arrastra por el pasillo hasta la puerta antes de que pueda hacerle más preguntas. En el sector amarillo donde los padres dejan a sus hijos y los recogen por la tarde, se encuentra estacionado un Ford sedán con una baliza en el salpicadero. Parada junto a él, en una parca azul con la insignia de la policía en el pecho, está Liz Dutton.

Mamá me sigue arrastrando hacia el auto, pero clavo los talones y se detiene. “¿Qué es esto?” pregunto. “¡Dime!” No estoy llorando, pero las lágrimas se acercan. Ha habido muchas malas noticias desde lo del Fondo Mackenzie y no creo poder soportar más; pero debo hacerlo. Regis Thomas ha muerto.

La joya de nuestra corona.


 

8

 

Aquí debo hacer una pausa y contarle acerca de Regis Thomas. Mi madre solía decir que la mayoría de los escritores son raros como mierda que brilla en la oscuridad, y el señor Thomas era un claro ejemplo.

La saga de Roanoke (así la llamaba él) contaba con nueve libros cuando murió, todos gruesos como ladrillos. “El viejo Regis siempre ayuda a la acumulación,” dijo una vez mamá. Cuando yo tenía ocho escamoteé una copia del primero, el pantano de la muerte de Roanoke, de un estante de la oficina y lo leí. No tuve problemas. Era tan bueno para leer como lo era para las matemáticas y para ver gente muerte (no es alarde si es verdad). Además El pantano de la muerte no era exactamente Finnegans Wake.

No digo que estuviese mal escrito, no piensen eso; el hombre sabía contar una historia. Había mucha aventura, montones de escenas espeluznantes (especialmente en el Pantano de la Muerte), una búsqueda de tesoro y muchísimo del buen y querido S-E-X-O. Aprendí más acerca del verdadero significado del sesenta y nueve en ese libro, de lo que un niño de ocho años debería saber. También aprendí algo más, aunque solo después tomé conciencia de ello. Era acerca de las noches en que Liz, la amiga de mamá, se quedaba a pernoctar.

Diría que había una escena de sexo cada quince páginas en El pantano de la muerte, incluyendo una arriba de un árbol mientras unos cocodrilos hambrientos daban vueltas abajo. Estamos hablando de Cincuenta sombras de Roanoke. En mi temprana adolescencia Regis Thomas me enseñó hacerme la paja; y si es demasiada información, aguántensela.

Los libros realmente eran una saga, en la que se narraba una historia continuada con los mismos personajes. Habían hombres fuertes de cabello rubio y ojos risueños, villanos traicioneros de mirada sospechosa, indios nobles (que en libros posteriores se convirtieron en nativos americanos nobles), y hermosas mujeres con pechos firmes y erectos. Todos ellos (los buenos, los malos, las de pechos firmes) andaban todo el tiempo cachondos.

El corazón de la serie, lo que mantenía atrapados a los lectores (aparte de los duelos, asesinatos y el sexo) era el gigantesco secreto que había hecho desaparecer a todos los habitantes de Roanoke. ¿Había sido culpa de George Threadgill, el villano jefe? ¿Los colonos habían muerto? ¿Realmente existía una antigua ciudad debajo de Roanoke, llena de sabiduría milenaria? ¿Qué quería decir Martin Betancourt cuando dijo “El tiempo es la clave” antes de expirar? ¿Qué significaba realmente aquella críptica palabra, croatoan, grabada en una empalizada de la comunidad abandonada? Millones de lectores quedaron esclavizados para conocer las respuestas a esas incógnitas. Aquellos que en el futuro encuentren esto difícil de creer, simplemente les diré que lean algo de Judith Krantz o Harold Robbins. Millones de personas leen sus cosas, también.

Los personajes de Regis Thomas eran proyecciones clásicas. O tal vez una expresión de  deseo. Él era un tipo pequeño y arrugado, cuya foto de autor era alterada rutinariamente para que su rostro no se pareciese tanto a una cartera de cuero. No vino a Nueva York porque no pudiese. El tipo que escribía sobre hombres temerarios abriéndose camino por pantanos pestilentes, duelos a muerte y que practicaban sexo atlético bajo las estrellas, era un soltero agorafóbico que vivía solo. Además se sentía increíblemente paranoico (eso dijo mi madre) acerca de su trabajo. Nadie lo veía hasta que estaba terminado, y después de que los dos primeros volúmenes obtuvieron un éxito tan resonante, manteniéndose en el tope de las listas de bestsellers durante meses, ese secreto excluyó al editor. Él insistía en que sus escritos debían ser publicados tal como los escribió, palabra por palabra.

No era un autor de un libro al año (El Dorado de los agentes literarios), pero era confiable; cada dos o tres años aparecía un libro con la expresión de Roanoke en el título. Los cuatro primeros llegaron durante la etapa del tío Harry, los cinco siguientes durante la época de mamá. Eso incluía a La dama fantasma de Roanoke, anunciado por Thomas como el penúltimo de la serie. El último volumen, prometió, respondería todas las preguntas que sus leales lectores se habían estado preguntando desde aquellas primeras expediciones al Pantano de la Muerte. También sería el más largo de la saga, tal vez setecientas páginas. (Lo que le permitiría a la editorial morder uno o dos dólares extra del precio de compra.) Y una vez que Roanoke y todos sus misterios hubieran terminado, le confió a mi madre en una de las visitas que ella le hizo en su casa de las afueras de Nueva York, tenía intenciones de comenzar una saga centrada en el Mary Celeste.

Todo sonaba bien hasta que cayó muerto sobre su escritorio con solo treinta páginas de su obra maestra. Ya había recibido unos buenos tres millones de adelanto; pero sin libro, ese dinero debía ser devuelto, incluyendo nuestra comisión. El problema era que nuestra comisión ya había sido gastada o estaba reservada para otras cosas. Aquí, como ya habrán adivinado, es donde yo entro.

Okay, volvamos a la historia.


 

viernes, 26 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 6

 

LATER - STEPHEN KING - En español


6

 

Cuando mamá se dio cuenta de cuán mal iban las cosas, la escuché hablar con Anne Staley, una editora amiga, acerca del tío Harry por teléfono. Mamá dijo, “Él era débil antes de volverse débil. Ahora me doy cuenta.”

A los seis yo no habría entendido. Pero ya tenía ocho, casi nueve, y entendí todo, al menos parcialmente. Ella hablaba del lío en que su hermano se había metido (y la había metido a ella) incluso antes de que el Alzheimer se robara su cerebro como un ladrón en la noche.

Por supuesto que estuve de acuerdo con ella; era mi madre, y éramos nosotros frente al mundo, un equipo de dos. Odié al tío Harry por el enredo en el que estábamos. No fue hasta después, cuando tenía doce o tal vez catorce, cuando me di cuenta de que mi madre compartía algo de la culpa. Ella podría haberse librado de todo el asunto cuando todavía estaba a tiempo, pero no lo hizo. Al igual que el tío Harry, quien fundó la Agencia Literaria Conklin, ella sabía un montón de libros pero no lo suficiente sobre el dinero.

Incluso recibió dos advertencias. Una fue de su amiga Liz Dutton. Liz era una detective de la policía de New York y una gran admiradora de los libros de Regis Thomas sobre Roanoke. Mamá la conoció en un almuerzo organizado para celebrar la salida de uno de esos libros, y enseguida congeniaron. Algo que resultó no ser tan bueno. Ya llegaré a eso, pero por ahora solo contaré que Liz le dijo a mi madre que el Fondo Mackenzie era demasiado bueno para ser cierto. Esto debe haber sido alrededor de la época en que murió la señora Burkett, no estoy seguro, pero sí que ocurrió antes del otoño del 2008, cuando la economía quedó patas para arriba. Incluyendo nuestras finanzas.

El tío Harry solía jugar frontón en cierto club selecto, cerca del Muelle 90, donde recalan los botes más grandes. Uno de los amigos con quien jugaba era un productor de Broadway, quien le contó acerca del Fondo Mackenzie. Lo llamaba una licencia para acuñar dinero, y el tío Harry se lo tomó muy en serio. ¿Por qué no? Ese amigo había producido trillones de musicales que habían sido presentados durante trillones de años en Broadway, y a través del país, y las regalías le llovían. (Yo sabía exactamente que eran las regalías: era el hijo de una agente literaria.)

El tío Harry se informó, habló con algunos de los peces gordos que trabajaban para el Fondo (aunque no con James Mackenzie, porque el tío Harry era un pez pequeño en el gran esquema de las cosas), e invirtió una pila de dinero. Los réditos fueron tan buenos que siguió invirtiendo más. Y más. Cuando le dio Alzheimer (y lo afectó muy rápido) mi madre se hizo cargo de las cuentas y no solo siguió con el Fondo, sino que puso aun más dinero.

Monty Grisham, el abogado que por entonces le ayudaba con los contratos, le advirtió no solamente que dejase de invertir: le dijo que se saliese mientras las ganancias eran buenas. Esa fue la otra advertencia, poco después de que se encargara de la Agencia Conkiln. Él también le avisó que si algo lucía demasiado bueno para ser cierto, probablemente no lo era.

Todo de lo que les estoy contando me enteré de a poco, al igual que aquella conversación entre mamá y su amiga editora. Estoy seguro de que entienden, y no necesitan que les diga que el Fondo Mackenzie era en realidad un gran fraude piramidal. La mecánica de Mackenzie y su alegre banda de ladrones consistía en recibir mega millones y pagar grandes porcentajes mientras se guardaban la mayor parte de las inversiones. Mantenían la trampa atrayendo a nuevos inversores, a quienes les aseguraban que él o ella eran especiales porque solo un grupo selecto era admitido en el Fondo. Resultó que el grupo selecto contaba con miles de integrantes, desde productores de Broadway hasta viudas adineradas, que dejaron de serlo de la noche a la mañana.

Una estafa de esa envergadura depende de que los inversores estén satisfechos con los intereses, y no solo que dejen sus inversiones iniciales sino que sigan inyectando dinero. Todo funcionó durante un tiempo; sin embargo, cuando la economía colapsó en el 2008, casi todos los que habían confiado en el Fondo pidieron que le reintegrasen su dinero. Pero el dinero ya no estaba. Mackenzie era modesto comparado con Madoff, el rey de los estafadores, pero le sacó al viejo Bernie bastante dinero; tras recibir más de veinte mil millones de dólares, todo lo que le quedó en las cuentas Mackenzie fueron unos quince millones. Terminó en la cárcel, lo cual fue una satisfacción, pero como dice mamá, “La sémola no es comida y la venganza no paga las cuentas.”

Estamos bien, estamos bien,” me dijo cuando Mackenzie comenzó a aparecer en todos los canales de noticias y en el Times. “No te preocupes, Jamie.” Pero sus ojeras demostraban que ella estaba muy preocupada, y tenía razones de sobra para estarlo.

Después me enteré de algo: mamá solo tenía doscientos grandes en bienes de los que podía echar mano, y eso incluía las pólizas de seguro para ella y para mí. No les gustaría saber los gastos que debía afrontar. Solo recuerden que nuestro apartamento estaba en Park Avenue, la oficina de la agencia en Madison Avenue, y la casa de reposo donde vivía el tío Harry (puedo oí a mi madre agregando, “Si a eso le llamas vivir”) se encontraba en Pound Rodge que es casi tan caro como suena.

El primer paso fue cerrar la oficina sobre Madison. Luego de eso, ella trabajó en el Palacio del Parque, al menos por un tiempo. Pagó algo de la renta por adelantado después de cobrar los seguros que les mencioné, incluyendo el de su hermano; pero eso solo duraría ocho o diez meses. Alquiló la casa del tío Harry en Speonk. Vendió el Range Rover (“De todas maneras no necesitamos un auto en la ciudad, James”, dijo) y un puñado de primeras ediciones, incluyendo una firmada por Thomas Wolfe de Look Homeward, Angel. Derramó muchas lágrimas por esa y dijo que no recibió ni la mitad de lo que valía, porque el mercado de libros  raros también estaba por el piso, gracias a algunos vendedores que se estaban tan desesperados por dinero como ella. Nuestra pintura de Andrew Wyeth también voló. Y todos los días maldecía a James Mackenzie por ser tan ladrón, ambicioso, hijo de puta y chupapija. En ocasiones también maldecía al tío Hary, agregando que a fin de año estaría viviendo detrás de un contenedor de basura, y bien merecido que se lo tendría. Y, para ser justo, después se maldijo a sí misma por hacer oídos sordos de las advertencias de Liz y Monty.

“Me siento como el saltamontes que jugó todo el verano en vez de trabajar,” me dijo una noche. En enero o febrero del 2009, me parece. Por entonces Liz a veces se quedaba a dormir, pero no aquella noche. Debe haber sido la primera vez que noté hebras grises en el bonito pelo rojo de mamá. O tal vez lo recuerdo porque ella comenzó a llorar y fue mi turno de consolarla, a pesar de solo era un niño y no sabía bien cómo se hacía.

Ese verano nos mudamos a un lugar mucho más pequeño en la Décima Avenida. “No es una pocilga,” dijo mamá, “y el precio es justo.” Además: “No pienso mudarme fuera de la ciudad. Eso sería como ondear la bandera blanca. Comenzaría a perder clientes.”

La agencia se mudó con nosotros, por supuesto. La oficina estaba en lo que supongo habría sido mi cuarto, si las cosas no estuvieran tan cagadas. Mi habitación era un hueco adyacente a la cocina. Era caliente en verano y frío en el invierno, pero al menos olía bien. Creo que antes era la despensa.

Ella trasladó al tío Harry a unas instalaciones en Bayonne. Cuanto menos cuente de ese lugar, mucho mejor. Lo único bueno, me imagino, es que de todas formas el pobre hombre no sabía dónde estaba; igual se habría meado encima aunque estuviese en el Beverly Hilton.

Otras cosas que recuerdo del 2009 y 2010: mi madre dejó de ir a la peluquería. Ya no salió a comer con amigos y solamente almorzaba con clientes de la agencia sí realmente debía hacerlo (porque ella era la que terminaba encargándose de la cuenta). No se compraba demasiada ropa, y cuando lo hacía acudía a las tiendas en liquidación. Y comenzó a beber más vino. Mucho más. Hubo noches en que ella y su amiga Liz (la detective y fan de Regis Thomas de la que les hablé) terminaron bastante achispadas. Al día siguiente mamá exhibía unos ojos muy rojos y una irritabilidad aguda, deambulando por la oficina en pijamas. A veces cantaba, “Los días de mierda han vuelto, el puto cielo está gris de nuevo.” Esos días resultaba un alivio ir a la escuela. Una escuela pública, claro; mis días de educación privada habían quedado en el pasado, gracias a James Mackenzie.

Existieron unos pocos rayos de esperanza en ese sombrío panorama. El mercado de libros podría estar por el piso, pero la gente había comenzado a leer libros comunes otra vez (novelas escapistas y manuales de autoayuda porque, reconozcámoslo, en el 2009 y ’10 mucha gente necesitó salvarse a sí misma). Mamá siempre fue una gran lectora de misterios, y había estado construyendo esa parte del establo Conklin desde que suplantó al tío Harry. Ya tenía diez o tal vez una docena de escritores de policiales. No eran hombres y mujeres de las grandes ligas, pero el quince por ciento que recibía a partir de ellos era suficiente para pagar la renta y la luz de nuestra nueva vivienda.

Además estaba Jane Reynolds, una bibliotecaria de Carolina del Norte. Su novela, una intriga llamada Dead Red, fue una sorpresa y mamá se abalanzó sobre ella. Hubo una subasta para elegir quién la publicaría. Todas las grandes compañías participaron, y los derechos se terminaron vendiendo por dos millones de dólares. Trescientos mil de esa cantidad eran nuestros, y mi madre empezó a sonreír de nuevo.

“Falta mucho para que volvamos a Park Avenue,” dijo ella, “y tenemos mucho trabajo por delante para salir del hoyo en que nos dejó el tío Harry, pero quizás lo logremos.”

“Igual no quiero volver a Park Avenue,” le dije. “Me gusta aquí.”

Ella sonrió y me abrazó. “Eres mi amorcito.” Luego estiró sus brazos, sosteniéndome por los hombros, y me estudió. “Tampoco tan pequeño. ¿Sabes qué es lo que deseo, niño?”

Sacudí la cabeza.

“Que Jane Reynolds resulte ser una escritora de un libro al año. Y que hagan la película de Dead Red. Aunque no pase ninguna de las dos cosas, aún está el viejo Regis Thomas y su saga de Roanoke. Él es la joya de nuestra corona.”

Solo que Dead Red terminó siendo el último rayo de luz antes de la tormenta. La película nunca se realizó, y los editores que apostaron por el libro se equivocaron, como a veces pasa. La novela resultó un fiasco, algo que no nos perjudicó financieramente (el dinero ya estaba pagado) pero sucedieron otras cosas y esos trescientos mil se desvanecieron como polvo en el viento.

Primero, las muelas de juicio de mamá se fueron al infierno y se infectaron. Tuvo que hacérselas extraer. Eso fue malo. Luego el tío Harry, el problemático tío Harry, sin haber llegado a los cincuenta años, se resbaló en su casa de reposo y se fracturó el cráneo. Eso fue mucho peor.

Mamá habló con el abogado que la ayudaba con los contratos de los libros (y se llevó una buena tajada de nuestro dinero por las molestias). Él recomendó otro abogado que se especializaba en demandas por negligencia, quien aseguró que teníamos un caso sólido. Y tal vez así era, pero antes de llegar a la corte, la casa de residencia se declaró en bancarrota. El único que ganó con todo esto fue aquel elegante abogado, quien se embolsó cuarenta mil dólares.

“Esas tarifas por hora son una putada,” se lamentó mamá una noche cuando ella y Liz ya iban bien avanzadas con la segunda botella de vino. Liz se rio porque no eran sus cuarenta mil. Mamá rio porque estaba ebria. Yo fui el único que no le vio la gracia al asunto, porque no se trataba solo de los honorarios del abogado. También estábamos enganchados a los gastos médicos del tío Harry.

Para colmo de males, el fisco se arrojó sobre los impuestos adeudados por el tío Harry. Él había estado engañando al otro tío (Sam) para poder invertir más dinero en el Fondo Mackenzie. Lo que nos conduce a Regis Thomas.

La joya de nuestra corona.


 


jueves, 25 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 5

 

LATER - STEPHEN KING - En español

5

 

Estábamos en la calle 86, dirigiéndonos a Wave Hill en el Bronx, donde una de mis amigas de preescolar daba su fiesta de cumpleaños. (“Hablando de consentir a un niño,” dijo mamá.) Yo tenía el regalo de Lily en mi regazo. Tomamos una curva y vimos un grupo de gente parada en la calle. El accidente debió haber ocurrido poco antes. Un hombre yacía mitad en el pavimento y mitad en la acera junto a una bicicleta retorcida. Alguien le había cubierto la mitad superior con un abrigo. La mitad inferior mostraba pantaloncillos negros de ciclista con rayas tojas al costado, una rodillera y unas zapatillas todas ensangrentadas. La sangre también empapaba sus calcetines y piernas. Pudimos escuchar unas sirenas que se aproximaban.

Parado junto a él se encontraba el mismo hombre, con idénticos pantaloncillos y rodillera. Tenía el cabello blanco con rastros de sangre. Su rostro estaba partido justo por la mitad, de arriba abajo, me imagino que debido al golpe contra el bordillo. Su nariz estaba dividida en dos, al igual que su boca.

Los autos estaban frenando y mi madre dijo, “Cierra los ojos.” Ella estaba mirando al hombre caído, por supuesto.

“¡Está muerto!” comencé a gritar. “¡Ese hombre está muerto!”

Nos detuvimos. Debimos hacerlo. Por los autos adelante de nosotros.

“No, no lo está,” dijo mamá. “Está dormido, eso es todo. Es lo que ocurre a veces cuando alguien se golpea muy fuerte. Estará bien. Ahora cierra los ojos.”

No lo hice. El hombre destrozado alzó una mano y me saludó. Ellos saben que los puedo ver. Siempre saben.

“¡Su cara está en dos partes!”

Mamá miró otra vez para asegurarse, vio que el hombre se encontraba cubierto hasta la cintura y dijo, “Deja de asustarte, Jamie, solo cierra lo…”

“¡Él está ahí!” señalé. Mi dedo temblaba. Todo me temblaba. “¡Justo ahí, parado junto a él mismo!”

Eso la espantó. Lo supe por la forma en que apretó la boca. Apoyó luna mano sobre el claxon. Con la otra, accionó el botón que bajaba su ventanilla y comenzó a agitar la mano hacia los autos de adelante. “¡Vamos!” gritó. “¡Muévanse! ¡Dejen de mirar, por Dios, esto no es una puta película!

Se movieron, excepto por el que estaba justo frente a ella. Ese tipo estaba inclinado mientras tomaba fotografías con su teléfono. Mamá arrancó y lo golpeó en el parachoque. Él le mostró el dedo. Mi madre retrocedió y entró en el otro carril para rodearlo. Desearía haberle mostrado el dedo también, pero estaba demasiado asustado.

Mamá esquivó apenas un patrullero que venía en la otra dirección, y se dirigió hacia el lado más alejado del parque lo más rápido que pudo. Ya casi había llegado cuando me desabroché el cinturón. Mamá me gritó que no lo hiciera pero no le hice caso; bajé mi ventanilla, me arrodillé en el asiento, me incliné hacia afuera y vomité en todo el costado del auto. No pude evitarlo. Cuando llegamos al lado oeste de Central Park, mamá frenó y me limpió la cara con la manga de su blusa. Debe haberla vuelto a usar, pero si lo hizo no lo recuerdo.

“Dios, Jamie. Estás blanco como el papel.”

“No lo pude evitar,” dije. “Nunca vi a nadie como él. Le salían huesos de su na-nariz…” Entonces volvieron las arcadas, pero me las arreglé para echar casi todo en la calle, en vez de nuestro auto. Además, no había demasiado.

Ella me acarició el cuello, ignorando a alguien (tal vez el mismo que nos había mostrado el dedo) que nos bocineó y rodeó nuestro auto. “Cariño, es solo tu imaginación. Él estaba tapado.”

“El del suelo no, el que estaba parado al lado. Me saludó.”

Ella me observó por un largo rato, pareció que iba a decirme algo, y luego simplemente abrochó mi cinturón. “Me parece que deberíamos cancelar la fiesta. ¿Qué te parece?”

“Bien,” dije. “Igual, no me gusta Lily. Me pellizca durante la hora del cuento.”

Nos fuimos a casa. Mamá me preguntó si podría retener una taza de chocolate, y le dije que sí. Bebimos juntos en la sala. Aún tenía el regalo de Lily. Era una muñequita con traje marinero. Cuando se la di a Lily la semana siguiente, en vez de pellizcarme me dio un beso en la boca. Se burlaron de mí por eso, y no me importó en lo más mínimo.

Mientras nos bebíamos la chocolatada (ella debió haberse echado algo extra en la suya), mamá dijo, “Cuando estaba embarazada me hice la promesa de que nunca le mentiría a mi hijo, así que aquí vamos. Sí, ese tipo probablemente estaba muerto.” Hizo una pausa. “No, seguro que estaba muerto. No creo que un casco de ciclista lo hubiese salvado, y tampoco vi ninguno.”

No, no usaba casco. Porque de haber tenido uno cuando lo chocaron (nos enteramos de que fue un taxi), lo habría llevado puesto mientras permanecía junto a su cuerpo. Ellos siempre llevan puesto lo que tenían cuando murieron.

“Pero solo imaginaste que le viste la cara, cariño. No pudiste haberlo visto. Alguien lo cubrió con una chaqueta. Alguien muy gentil.”

“Él tenía una camiseta con un faro,” le dije. Luego pensé en algo más. No era de mucho consuelo; pero luego de algo como aquello, supongo que debes aprovechar lo que tengas. “Al menos era bastante viejo.”

“¿Por qué lo dices?” Ella me miraba extrañada. Haciendo memoria, creo que fue entonces cuando ella comenzó a creer, al menos un poco.

“Su cabello era blanco. Excepto en las partes donde tenía sangre.”

Comencé a llorar de nuevo. Mi madre me abrazó y acunó, y me quedé dormido en sus brazos. Les diré algo, no hay nada mejor que una madre cuando te asaltan pensamientos escalofriantes.

Recibíamos el Times en la puerta. Mi madre generalmente lo leía en la mesa, con la bata puesta, mientras desayunábamos; pero el día después de lo del Central Park ella se encontraba leyendo un manuscrito. Cuando acabamos el desayuno me dijo que me vistiese y que tal vez iríamos a pasear por Circle Line, así que debió haber sido un sábado. Recuerdo pensar que era el primer fin de semana en que aquel hombre estaba muerto. Eso revivió todo el asunto.

Hice lo que me dijo, pero antes entré en su dormitorio mientras ella se duchaba. El periódico estaba sobre la cama, abierto en la página donde ponen a los muertos lo suficientemente famosos para el Times. Ahí estaba la foto del hombre del Central Park. Su nombre era Robert Harrison. A los cuatro yo ya leía a un nivel de tercer grado, mi madre se enorgullecía de eso, y no habían palabras difíciles en el titular, que fue todo lo que leí: CEO DE LA FUNDACIÓN FARO MUERE EN ACCIDENTE DE TRÁFICO.

Vi otros muertos después de eso (el dicho según el cual en la vida vivimos la muerte, es más acertado de lo que la gente cree) y algunas veces se lo conté a mamá, pero la mayoría de las veces no lo hice porque me di cuenta de que la perturbaba. No fue hasta que murió la señora Burkett y mamá encontró los anillos, que realmente tocamos el tema de nuevo.

Esa noche luego de que ella se fuera de mi habitación pensé que no podría dormir, y si lo hacía soñaría con el hombre del Central Park, su cara abierta por la mitad y los huesos asomando por la nariz; o con mi madre en su ataúd, pero también sentada a los pies del púlpito, donde solo yo podría verla. Sin embargo, hasta donde recuerdo, no soñé nada. La mañana siguiente me levanté sintiéndome bien, mamá lo mismo, y bromeamos como lo hacíamos algunas veces, y ella puso mi pavo en el refrigerador, y luego me llevó hasta la escuela, y la señora Tate nos habló de los dinosaurios, y la vida continuó siendo buena por dos años. Hasta que todo se derrumbó.


 

miércoles, 24 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 4

 


LATER - STEPHEN KING - En español


4

 

El funeral fue tres días más tarde. Fue mi primero y resultó interesante, pero no lo que uno llamaría divertido. Por lo menos mi madre no tuvo que oficiar de Consoladora Titular. El señor Burkett tenía una hermana y un hermano que se encargaron de eso. Eran viejos, pero no tanto como él. El señor Burkett lloró durante todo el servicio, mientras su hermana le alcanzaba pañuelos descartables uno tras otro. Parecía que su bolso estaba lleno de ellos. Me sorprende que tuviese lugar para algo más.

Esa noche, con mamá comimos pizza de Domino’s. Ella tomó vino y yo Kool Aid, como un premio especial por haberme portado bien durante el funeral. Cuando llegamos a la última porción, ella me preguntó si pensaba que la señora Burkett había estado allí.

“Sí. Estaba sentada en los escalones que llevaban a donde estaban hablando el sacerdote y sus amigos.”

“El púlpito. ¿Pudiste…?” Ella levantó la última porción, la observó, y luego la bajó. Me miró. “¿Pudiste ver a través de ella?”

“¿Quieres decir como en una película de fantasmas?”

“Sí. Me imagino que algo así.”

“Nop. Ella estaba ahí, pero seguí en camisón. Me sorprendió verla porque murió hace tres días. Generalmente no duran tanto.”

“¿Simplemente desaparecen?”

“Sí.”

“¿Qué estaba haciendo, James?”

“Solo estaba sentada. Una o dos veces miró su ataúd, pero más que nada lo miraba a él.”

“Al señor Burkett. Marty.”

“Así es. En un momento dijo algo, pero no pude oírla. Muy pronto después de que mueren, sus voces comienzan a apagarse, como cuando bajas la música del auto. Luego de un rato ya no los puedes escuchar.”

“Y después desaparecen.”

“Sí,” dije. Tenía un nudo en la garganta, así que me bebí el resto de mi Kool-Aid para pasarlo. “Se van.”

“Ayúdame a limpiar,” dijo. “Luego podemos ver un episodio de Torchwood, si quieres.”

“¡Sí, genial!” En mi opinión Torchwood no era tan genial, pero quedarme levantado una hora después de mi horario de ir a la cama era muy, muy genial.

“Bien. Siempre que entiendas que esto no será una costumbre. Pero necesito decirte algo primero, y es muy importante; así que debes prestar atención. Mucha atención.”

“Okay.”

Ella se arrodilló para que nuestras caras estuviesen a la misma altura, y me tomó por los hombros, con delicadeza pero firmemente. “Nunca le cuentes a nadie que ves gente muerta, Jamie. Nunca.”

“Igual no me creerían. Tú no me creías.”

“Yo creía un poco,” dijo. “Desde ese día en el Central Park. ¿Recuerdas?” Se sopló el flequillo. “Claro que recuerdas, ¿cómo podrías olvidarlo?”

“Me acuerdo.” Solo desearía haberlo olvidado.

Ella seguía con una rodilla en el suelo, mirándome a los ojos. “Así es la cosa. Es bueno que la gente no te crea. Pero algún día, alguien tal vez podría creerte. Y ese ‘tal vez’ conduciría a la conversación equivocada, o podría ponerte en peligro.”

“¿Por qué?”

“Existe un viejo refrán que dice ‘los muertos no hablan’, Jamie. Pero a ti que pueden hablarte, ¿no? Los muertos y las muertas. Tú aseguras que deben responder tus preguntas con la verdad. Como si la muerte fuese una dosis de sodio pentotal.”

Yo no tenía idea de qué significaba aquello, y ella debió notarlo en mi expresión porque dijo que no importaba, pero debía recordar lo que la señora Burkett me había dicho cuando le pregunté acerca de sus anillos.

“¿Y qué con eso?” le pregunté. Me gustaba estar cerca de mamá, pero no me agradaba su mirada tan intensa.

“Esos anillos eran valiosos, en especial el de compromiso. La gente muere con secretos, Jamie, y siempre hay personas que ansían conocer esos secretos. No quiero asustarte, pero a veces un susto es la única lección que funciona.”

Yo pensé en el hombre de Central Park, que era una lección acerca de ser cuidadoso en el tráfico y usar el casco siempre que uno ande en bicicleta… lo pensé pero no lo dije.

“No voy a hablar de eso,” dije.

“A nadie. Excepto a mí. Si necesitas hacerlo.”

“Okay.”

“Bien. Tenemos un acuerdo.”

Se levantó, nos fuimos a la sala y miramos la TV. Cuando terminó el programa, me cepillé los dientes, oriné y me lavé las manos. Mamá me arropó y besó, y dijo lo mismo de siempre: “Dulces sueños, descansa bien, duerme profundo y yo también.”

La mayoría de las noches ese era el último momento que la veía hasta la mañana. Escuchaba el repiqueteo del vidrio mientras se servía una segunda copa (o una tercera), luego el jazz se ponía a un volumen mínimo cuando comenzaba a leer algún manuscrito. Solo que me parece que las mamás tienen un sentido extra, porque esa noche volvió y se sentó en mi cama. O tal vez simplemente me escuchó gimotear, aunque yo intentaba hacerlo lo más silencioso posible. Porque, como ella siempre decía, es mejor ser parte de la solución que del problema.

“¿Qué ocurre, Jamie?” preguntó, acariciándome el pelo. “¿Estás pensando en el funeral? ¿O en la señora Burkett?”

“¿Qué me pasaría si tú te mueres, mamá? ¿Tendré que ir a vivir a un orfanato?” Porque seguro que no viviría con el tío Harry.

“Claro que no,” dijo mamá, aún acariciando mi cabello. “Y eso es lo que llamamos una discusión estéril, ya que no voy a morir por mucho tiempo. Tengo treinta y cinco años, y eso significa que todavía me queda más de la mitad de mi vida.”

“¿Y si te agarra lo mismo que al tío Harry, y te vas a vivir a ese lugar con él?” Las lágrimas corrían por mi rostro. Sus caricias me consolaban, pero también me hacían llorar más, quién sabe por qué. “Ese lugar apesta. ¡Huele a meo!”

“La chance de que eso ocurra es tan pequeña que, si la pones junto a una hormiga, esta se verá como Godzilla,” dijo. Aquello me arrancó una sonrisa y me hizo sentir mejor. Ahora que soy más grande sé que ella o estaba mintiendo o estaba desinformada, pero el gen que disparó lo que tenía el tío Harry – Alzheimer temprano – la esquivó, gracias a Dios.

“No voy a morir, no vas a morir, y creo que existe una buena posibilidad de que esa habilidad peculiar que tienes se vaya cuando crezcas. Entonces… ¿estamos bien?”

“Estamos bien.”

“Basta de lágrimas, Jamie. Solo dulces sueños y…”

“Descansa bien, duerme profundo y yo también,” terminé.

“Sí sí sí.” Me besó en la frente y se marchó. Dejando la puerta algo entreabierta, como siempre.

Me guardé de decirle que no era el funeral lo que me había hecho llorar, ni la señora Burkett, porque ella no me asustaba. La mayoría de ellos no me daban miedo. Pero el ciclista de Central Park me hizo cagar en los pantalones. Él era aterrador.


 

martes, 23 de marzo de 2021

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 2 y 3

 

LATER - STEPHEN KING - En español



2

 

Entonces sí, veo gente muerta. La he visto desde que tengo uso de razón. Pero no es como en aquella película con Bruce Willis. Puede ser interesante, a veces es aterrador (el tipo de Central Park), puede convertirse en un dolor de cabeza, pero la mayor parte del tiempo simplemente sucede. Como nacer zurdo, o ser capaz de tocar piezas de música clásica a los tres años, o sufrir de Alzheimer a temprana edad, que es lo que le ocurrió a mi tío Harry cuando solo tenía cuarenta y dos. A los seis años, cuarenta y dos me sonaba a viejo; pero incluso entonces entendí que es demasiado joven para terminar desconociendo quién eres. O cuál es el nombre de las cosas (por alguna razón eso era lo que más me asustaba cuando íbamos a ver al tío Harry). Sus pensamientos no se ahogaron en sangre por culpa de una vena cerebral obstruida; pero igualmente se ahogaron.

Mamá y yo llegamos al 3C, y ella abrió la puerta. Lo cual tomó cierto tiempo, porque hay tres cerrojos. Ella solía decir que era el precio de vivir con estilo. Teníamos un apartamento de seis habitaciones con vista a la avenida. Mamá lo llamaba el Palacio del Parque. Teníamos una mujer de limpieza que iba dos veces a la semana. Mamá poseía un Range Rover en el garaje de la Segunda Avenida, y en ocasiones íbamos hasta la residencia del tío Harry en Speonk. Gracias a Regis Thomas y algunos otros escritores (pero sobre todo Regis Thomas), vivíamos a lo grande. Eso no duró mucho, debido a una serie de eventos que discutiré pronto. Cuando pienso en eso, a veces creo que mi vida fue como una novela de Dickens, solo que con insultos.

Mamá arrojó el bolso con el manuscrito y su cartera sobre el sofá y se sentó. El sofá hizo un ruido de pedo que normalmente nos hacía reír, pero no ese día. “Mierda bendita,” dijo mamá, y luego levantó la mano en un gesto de alto. “Tú…”

“Nop, no lo escuché,” dije.

“Bien. Necesito un collar de choques eléctricos o algo así, que suene cada vez que insulto cuando estás cerca. Eso me enseñará.” Estiró el labio inferior y sopló para correrse las mechas de la frente. “Tengo aún doscientas páginas de lo último de Regis para leer…”

“¿Cómo se llama este?” pregunté, sabiendo que el título incluiría de Roanoke. Como siempre.

La dama fantasma de Roanoke” dijo. “Es uno de sus mejores trabajos, lleno de sex… de besos y abrazos.”

Yo fruncí la nariz.

“Lo siento, niño, pero las señoras aman los corazones palpitantes y los muslos tórridos.”

Ella miro al bolso con el manuscrito dentro, asegurado con las consabidas seis u ocho bandas elásticas, una de las cuales siempre se rompía y obtenía de mamá algunos de sus mejores juramentos. Muchos de los cuales todavía uso. “Ahora no siento deseos de hacer otra cosa que beberme una copa de vino. Tal vez toda la botella. Mona Burkett era todo un dolor de cabeza, él quizás esté mejor sin ella, pero por ahora está hundido. Ruego a Dios que tenga parientes, porque no me atrae la idea de ser la Consoladora Titular.

“Ella también lo amaba,” dije.

Mamá me miró de manera extraña. “¿Sí? ¿Te parece?”

“Lo sé. Dijo algo malvado acerca de mi pavo, pero luego lloró y lo besó en la mejilla.”

“Eso lo imaginaste, James,” agregó ella, pero sin demasiada convicción. Para entonces, mamá ya se daba cuenta de algo, estoy seguro; pero a los adultos les cuesta creer, y les diré por qué. Cuando de chicos descubren que Santa Claus es un fraude, que Ricitos de Oro no existe y que el Conejo de Pascua es una patraña (son solo tres ejemplos, podría agregar más) les crea un complejo, y dejan de creer en todo aquello que no puedan ver con sus propios ojos.

“Nop, no lo imaginé. Ella me dijo que nunca sería un Rembrandt. ¿Qué es eso?”

“Un artista,” dijo mamá, y volvió a resoplar sus mechas. No sé por qué no se las cortaba o se peinaba distinto. Podría haberlo hecho, porque era muy bonita.

“Cuando vayamos a comer, no se te ocurra decirle nada de lo que crees que viste al señor Burkett.”

“No lo haré,” dije, “pero ella tenía razón. Mi pavo es una cagada.” Me sentía mal por eso.

Supongo que se me notaba, porque ella me abrazó. “Ven aquí, niño.”

Fui y la abracé.

“Tu pavo es hermoso. Es el más hermoso que vi en mi vida. Voy ponerlo en el refrigerador y se quedará allí para siempre.”

La abracé tan fuerte como pude, y puse mi rostro en el hueco de su hombro para oler el perfume. “Te amo, mamá.”

“Yo también te amo, Jamie, un montonazo. Ahora ve a jugar o a ver la TV. Debo hacer algunas llamadas antes de ordenar la comida china.

“Okay.” Enfilé hacia mi habitación, pero me detuve. “Ella puso sus anillos en el estante superior del armario del pasillo, detrás de unos álbumes de recortes.”

Mi madre me miró con la boca abierta. “¿Y por qué haría tal cosa?”

“Le pregunté y me dijo que no sabía. Que para ese momento sus pensamientos estaban ahogados en sangre.”

“Oh Dios mío,” susurró mamá, y se frotó el cuello con la mano.

“Deberías pensar una forma de decírselo cuando vayamos a comer. Así ya no se preocupa por eso. ¿Puedo comer General Tso?”

“Sí” dijo ella. “Y arroz moreno, no blanco.”

“Bien bien bien,” dije, y me fui a jugar con mis Legos. Estaba construyendo un robot.


 

3

El apartamento de los Burkett era más pequeño que el nuestro, pero confortable. Luego de la cena, mientras abríamos las galletas de la fortuna (la mía decía Una pluma en la mano es mejor que un ave en el aire, lo cual no tenía sentido), mamá dijo “¿Revisaste los armarios, Marty? Quiero decir, por los anillos.”

“¿Por qué los dejaría en un armario?” Una pregunta muy sensata.

“Bueno, si estaba sufriendo un infarto, tal vez no pensaba con claridad.”

Estábamos comiendo en la pequeña mesa redonda de la cocina. La señora Burkett se encontraba sentada en una de las banquetas de la mesada, y asintió vigorosamente cuando mamá dijo eso.

“Tal vez revise,” dijo el señor Burkett. Sonaba muy exhausto. “En este momento estoy demasiado cansado y molesto.”

“Fíjate en el armario de la habitación cuando andes por ahí,” dijo mamá. “Yo voy a buscar en el del pasillo ahora mismo. Me vendrá bien estirarme un poco, después de todo ese cerdo agridulce.”

La señora Burkett dijo, “¿Ella sola inventó todo eso? No sabía que fuese tan lista.” Ya se estaba haciendo difícil escucharla. Luego de un rato ya no podría oírla en absoluto; solo vería sus labios moverse, como si estuviese detrás de un grueso panel de vidrio. Y poco después habría desaparecido.

“Mi mamá es muy lista,” dije.

“Nunca afirmé lo contrario,” dijo el señor Burkett, “pero si encuentra esos anillos en el armario del pasillo, me comeré el sombrero.”

Justo entonces mi madre exclamó “¡Bingo!” y volvió con los anillos en la palma de una mano extendida. El de enlace era bastante común, pero el de compromiso era grande como un ojo. Una verdadera joya.

“¡Oh Dios mío!” gritó el señor Burkett. “¿Cómo es posible…?”

“Le recé a San Antonio,” explicó mamá, pero me echó un rápido vistazo de reojo. Y una sonrisa. “’¡Antonito, Antonito, ayúdame a buscar; algo se ha perdido y lo tienes que encontrar!’ Y como puedes ver, funcionó.”

Pensé en preguntarle al señor Burkett si quería sal y pimenta para su sombrero, pero me contuve. No era el momento de hacerme el gracioso y, además, es como mi madre siempre dice: a nadie le gustan los listillos.


 


jueves, 11 de marzo de 2021

 LATER de Stephen King EN ESPAÑOL

Prólogo, introducción y capítulo 1



Entonces se divisó la casa de Marsden. Era como una de esas mansiones de Hollywood Hills que uno ve en las películas: enorme y sobresaliendo por la colina. El sector que se mostraba a nosotros era todo de vidrio.

“La casa construida por la heroína.” Liz habló de manera brutal.

Pasamos una curva más antes de llegar al patio pavimentado en frente de la casa. Liz giró y yo vi un hombre frente al garaje doble donde se encontraban los autos de lujo de Marsden. Abrí la boca para decir que debía de ser Teddy, el portero; pero luego observé que su boca había desaparecido.

Y considerando el agujero rojo que se encontraba donde había estado su boca, no había muerto por causas naturales.

Como dije, esta es una historia de terror…



No quiero comenzar pidiendo disculpas (quizás es probable que exista incluso una regla que lo prohíbe, como nunca terminar una frase con una preposición); pero tras releer las treinta páginas que he escrito hasta ahora, siento que debo hacerlo. Se trata de cierto término que uso una y otra vez. De mi madre aprendí muchísimas palabras de pocas letras (insultos, como están por averiguar) y las usé desde una temprana edad, pero esta a la que me refiero es una de siete letras. La palabra es después, con el significado de “luego”, “con el tiempo descubrí” y “solo fue más adelante que me di cuenta.” Sé que es repetitivo, pero no tuve alternativa porque mi historia comienza cuando yo aún creía en Santa Claus y en el Ratón Pérez (si bien incluso a los seis tenía mis dudas). Ahora tengo veintidós, lo cual es después, ¿cierto? Me imagino que a los cuarenta (suponiendo que llegue tan lejos) miraré atrás, a lo que creí que entendía cuando tenía veintidós, y descubriré que hubo mucho que no comprendí en absoluto. Siempre hay un después, ahora lo sé. Al menos hasta que morimos. A partir de entonces, supongo que después es todo lo anterior.

Mi nombre es Jamie Conklin, y érase una vez que dibujé un pavo de Acción de Gracias, el cual pensé que era para caerse de culo. Después (y no mucho después) descubrí que en realidad era como lo que sale del culo. A veces la verdad duele.

Creo que esta es una historia de terror. A ver qué les parece.



 1

 

Volvía de la escuela con mi madre. Ella me llevaba de la mano. En la otra mano yo aferraba mi pavo, el que hicimos en primer grado la semana antes de Acción de Gracias. Yo estaba tan orgulloso del mío que prácticamente saltaba en una pata. Veamos, lo que debías hacer era poner la mano sobre un pedazo de cartulina y trazar alrededor de ella con un crayón. Eso te daba la cola y el cuerpo. En cuanto a la cabeza, debías apañártelas.

Se lo mostré a mamá y ella dijo sí sí sí, bien bien bien, está genial; pero no creo que lo haya visto realmente. Es muy posible que estuviese pensando en uno de los libros que intentaba vender. “Agitar el producto”, así lo llamaba ella. Verán, mamá era agente literaria. Ese trabajo antes era desempeñado por su hermano, mi tío Harry, pero mamá se hizo cargo del negocio un año antes de la época que les estoy relatando. Es una larga historia, y es medio deprimente.

Yo dije “Usé verde oscuro porque es mi color favorito. Tú lo sabes, ¿no?” Para entonces ya casi llegábamos a nuestro edificio. Estaba a solo tres manzanas de mi escuela.

Ella volvió a decir sí sí sí. Y agregó “Tú juega o mira Barney y El autobús escolar mágico cuando lleguemos a casa, niño, tengo un millón de llamadas que hacer.”

Entonces yo dije sí sí sí, lo que me valió un coscorrón y una sonrisa. Me encantaba hacer reír a mi madre, porque ya a los seis años sabía que se tomaba todo muy seriamente. Después descubrí que yo era en parte el responsable de esa actitud. Ella pensaba que tal vez estaba criando a un niño loco. El día que les estoy contando fue cuando decidió que, después de todo, yo no estaba demente. Lo cual debió haber sido un alivio por una parte, pero por otra no.

“No hables de esto con nadie,” me dijo después ese día. “Excepto conmigo. Y ni siquiera conmigo, niño. ¿Okay?”

Le dije okay. Cuando eres pequeño y hablas con tu madre, le dices okay a todo. Salvo, por supuesto, cuando te dice que es hora de ir a la cama. O de que termines el brócoli.

Llegamos a nuestro edificio y el ascensor seguía averiado. Uno podría decir que las cosas habrían sido diferentes si hubiese estado funcionando, pero no lo creo. Yo pienso que la gente que afirma que la vida se trata de las decisiones que tomamos y los caminos que recorremos, está hablando cagadas. Porque fíjense, escaleras o ascensor, igual habríamos terminado en el tercer piso. Cuando el errático dedo del destino te apunta, todos los caminos conducen al mismo lugar. Eso es lo que opino. Tal vez cambie de parecer cuando sea más viejo, pero no lo creo.

“A la mierda este ascensor,” dijo mamá. Y luego, “No escuchaste eso, niño.”

“¿Escuchar qué?” dije, lo que me reportó otra sonrisa. La última de esa tarde, se los aseguro. Le pregunté si quería que le lleve el bolso, el cual como siempre contenía un manuscrito, uno grande aquel día, como de quinientas páginas (mamá siempre se sentaba en una banqueta a leer mientras esperaba que yo saliese de la escuela, si el día estaba lindo). Ella dijo, “Es una oferta tentadora, ¿pero qué es lo que siempre te digo?”

“Uno debe llevar su propia carga en la vida”, contesté.

“Correctamundo.”

“¿Este es de Regis Thomas?” pregunté.

“Así es. El viejo Regis, quien paga nuestra renta.”

“¿Se trata de Roanoke?”

“¿Es necesario que preguntes, Jamie?” Cosa que me hizo reír disimuladamente. Todo lo que escribía el viejo Regis era sobre Roanoke. Esa era la carga que él llevaba en su vida.

Subimos por las escaleras hasta el tercer piso, donde había dos apartamentos más aparte del nuestro al final del pasillo. El nuestro era el más lujoso. El señor y la señora Burkett estaban parados afuera del 3 A, y enseguida supe que algo andaba mal porque el señor Burkett estaba fumando un cigarrillo, algo que nunca antes le había visto hacer  y que, de todas maneras, estaba prohibido en el edificio. Sus ojos lucían enrojecidos, y su cabello, todo revuelto en picos grises. Yo siempre lo llamé “señor”, pero en realidad era Profesor Burkett, y enseñaba algo complicado en la Universidad de New York. Literatura Inglesa y Europea, me enteré después. La señora Burkett llevaba puesto un camisón, y estaba descalza. El camisón era bastante delgado. Podía ver la mayor parte de sus cosas a través de él.

Mi madre dijo “¿Marty, qué ocurre?”

Antes de que él pudiese responder, le mostré mi pavo. Porque lo veía triste y quería animarlo, pero también porque estaba muy orgulloso de mi dibujo. “¡Mire, señor Burkett, hice un pavo! ¡Mire, señora Burkett!” Se lo enseñé a la anciana, sosteniendo el dibujo frente a mi rostro porque no quería que ella pensara que estaba viendo sus cosas.

El señor Burkett no prestó atención. Creo que ni me oyó. “Tia, tengo horribles noticias. Mona murió esta mañana.”

Mi madre dejó caer el bolso con el manuscrito dentro entre sus piernas, y se llevó la mano a la boca. “¡Oh no! ¡Dime que no es verdad!”

Él comenzó a llorar. “Se levantó a la noche porque quería beber agua. Volví a dormirme y esta mañana la encontré en el sofá, cubierta con un edredón hasta la barbilla; entonces caminé en puntas de pies hasta la cocina e hice café porque pensé que el aroma la des… la desperta…”

En ese momento realmente se derrumbó. Mamá lo abrazó igual que lo hacía conmigo cuando me lastimaba, a pesar de que el señor Burkett tenía como cien años (setenta y cuatro, supe después).

Fue entonces cuando la señora Burkett me habló. Era difícil escucharla, pero no tanto como a alguno de ellos porque estaba bastante fresca. Ella dijo “Los pavos no son verdes, James.”

“Bueno, el mío lo es,” dije.

Mi madre seguía abrazando al señor Burkett, acunándolo. No la escucharon porque no podían, y no me oyeron a mí porque estaban haciendo cosas de adultos: mamá, consolando; el señor Burkett, sollozando.

El señor Burkett dijo, “Llamé al Dr. Allen y vino y dijo que tuvo un farto.” Al menos eso es lo que escuché. Lloraba demasiado y era difícil entenderlo. “Él llamó a la funeraria. Ellos se la llevaron. No sé qué voy a hacer sin ella.”

La señora Burkett dijo, “Mi marido le va a quemar el cabello a tu madre con ese cigarrillo, si no tiene cuidado.”

Y, efectivamente, lo hizo. Pude oler el pelo chamuscado, un olor parecido al de los salones de belleza. Mamá era demasiado cortés como para decir algo al respecto, pero lo alejó y le quitó el cigarrillo de la mano, para después arrojarlo al piso y pisarlo. Me pareció algo desconsiderado, un acto muy sucio, pero no dije nada. Me daba cuenta de que era una situación especial.

También supe que seguir hablando con la señora Burkett lo espantaría. A mamá también. Hasta un niño pequeño se da cuenta de ciertas cosas básicas, si no vive encerrado en un ático. Se dice por favor, gracias, no andas mostrando tu salchicha en público ni masticas con la boca abierta, y no debes hablar con gente muerta cuando está parada junto a los vivos que comienzan a extrañarla. Solo quiero decir, en mi defensa, que cuando la vi no sabía que estaba muerta. Después me perfeccioné en distinguir la diferencia, pero por entonces recién estaba aprendiendo. Yo podía ver a través de su camisón, no de ella. Los muertos se ven igual que los vivos, con la excepción de que siempre llevan la ropa que tenían cuando murieron.

Mientras tanto, el señor Burkett estaba recreando todo el asunto. Le contó a mi madre cómo se sentó en el piso junto al sofá y sostuvo la mano de su esposa hasta que el doctor llegó, y luego otra vez hasta que arribaron los de la funeraria. “Vinieron y se la llevaron” fue lo que dijo, pero no lo entendí hasta que mamá me lo explicó. Y al principio creí escuchar tiñeron, quizás por el olor del pelo quemado de mamá. Su llanto había disminuido, pero volvió a reavivarse. “Sus anillos se perdieron,” dijo a través de las lágrimas. “Ambos, el de boda y el de compromiso, ese con un diamante grande. Busqué en su mesa de noche, donde los deja cuando se pasa en las manos esa crema para la artritis de olor apestoso…”

“La verdad que huele mal,” admitió la señora Burkett. “El Lanolin es básicamente un ungüento de ovejas, pero realmente funciona.”

Yo asentí para demostrarle que entendía, pero no dije nada.

“… y en la repisa del baño, porque a veces los deja allí… Busqué por todos lados.”

“Ya aparecerán,” susurró mi madre, y ahora que su cabello estaba a salvo volvió a abrazar al hombre. “Ya aparecerán, Marty, no te preocupes por eso.”

¡La extraño tanto! ¡Ya la estoy extrañando!

La señora Burkett agitó una mano frente a la cara. “Le doy seis semanas para que invite a almorzar a Dolores Magowan.”

El señor Burkett estaba sollozando, y mi madre lo calmaba como lo hacía conmigo cuando me raspaba la rodilla, o esa vez en que quise prepararle una taza de té y me volqué agua caliente en la mano. Mucho ruido, en otras palabras, por lo que aproveché la oportunidad pero mantuve la voz baja.

“¿Dónde están sus anillos, señora Burkett? ¿Lo sabe?”

Cuando están muertos, tienen que decirte la verdad. No lo sabía a la edad de seis; simplemente supuse que todos los adultos decían la verdad, vivos o muertos. Por supuesto que por entonces también creía que Ricitos de Oro era una niña real. Pueden decir que era un estúpido. Al menos, no creía que los tres osos pudiesen hablar.

“En el estante superior del armario del pasillo,” dijo ella. “Bien al fondo, detrás de los álbumes de recortes.”

“¿Por qué allí?” pregunté, y mi madre me miró de forma extraña. Desde su punto de vista, yo estaba hablando a la nada… aunque por entonces ella sabía que yo no era igual que los otros chicos. Luego de un episodio en Central Park, nada agradable (ya llegaré a eso) escuché que le decía por teléfono a un editor amigo que yo era “vidente”. Eso me aterró, porque pensé que quería cambiarme de nombre.

“No tengo la menor idea,” dijo la señora Burkett. “En ese momento supongo que ya estaba teniendo el infarto. Mis pensamientos se estaban ahogando en sangre.”

Pensamientos ahogados en sangre. Nunca lo olvidaré.

Mamá le preguntó al señor Burkett si quería ir a nuestro apartamento por una taza de té (“o algo más fuerte”), pero él dijo que no, que seguiría buscando los anillos de su esposa. Le preguntó si le gustaría que le llevásemos comida china, que era lo que mamá planeaba cenar, y él dijo que eso estaría bien, gracias Tia.

Mi madre dijo “de nada”[1] (algo que ella usaba casi tanto como sí sí sí y bien bien bien), luego le avisó que se la llevaríamos a su apartamento alrededor de las seis, a menos que quisiese cenar con nosotros, lo cual sería muy bienvenido. Él dijo que no, que quería comer en su casa pero que le gustaría que nosotros cenásemos con él. Excepto que lo que en realidad dijo fue nuestra casa, como si la señora Burkett estuviese aún con vida. Cosa que no era tal, a pesar de que ella continuase allí.

“Ya vas a haber encontrado sus anillos,” dijo mamá. Me tomó de la mano. “Vamos, Jamie. Veremos al señor Burkett más tarde, pero por ahora dejémoslo tranquilo.”

La señora Burkett dijo, “Los pavos no son verdes, Jamie, y de todas maneras eso no parece un pavo. Se asemeja más a una burbuja a la que le salen dedos. No eres ningún Rembrandt.”

La gente muerta debe decir la verdad, lo cual está bien cuando quieres conocer la respuesta a una pregunta; pero como dije, la verdad puede doler. Comencé a enfadarme con ella, pero justo entonces comenzó a llorar y no pude seguir. Se giró hacia el señor Burkett y dijo, “¿Y ahora quién se fijará que no te saltes el pasacintos trasero de tus pantalones? ¿Dolores Magowan? Debería reírme.” Ella le besó la mejilla... o besó sobre ella, no estoy seguro. “Te amaba, Marty. Aún te amo.”

El señor Burkett alzó la mano y se rascó el lugar donde los labios de su esposa lo habían tocado, como si tuviese una comezón. Me imagino que él pensó que solo era eso.


 



[1] N. del T.: en español en el original.

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 14

  14   Es hora de hablar de Liz Dutton, así que presten atención. Préstenle atención. Medía alrededor de un metro setenta, la altura d...