sábado, 10 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulo 67

 


67

El breve discurso de Gwendy en la fiesta de Año Nuevo resulta más que bien, y se gana una entusiasta ronda de aplausos por parte de la audiencia, junto con los acostumbrados silbidos. Castle Rock puede estar orgullosa del éxito de su chica, pero aún hay muchos que no creen que una mujer deba representarlos en la capital del país, y mucho menos una de treinta y siete años que encima es demócrata. Es lo que muchos veteranos llaman “sumar un insulto a la injuria.”

Cuando Brigette explicó la primera vez que el plan era juntar a todos los de la Municipalidad en el parque de Castle Rock a las 11:00 pm para realizar el conteo a medianoche, en el centro de la ciudad y junto a la torre del reloj, Gwendy pensó que era el epítome de una mala idea. Estaría oscuro y helado. La gente, cansada y malhumorada. Incluso predijo que la mayoría seguramente preferiría la calidez de sus livings para celebrar la caída de la bola con Dick Clark y las estrellas invitadas en la televisión.

Pero, ahora lo admitía, se equivocaba.

Los voluntarios de la municipalidad habían creado todo un mundo de ensueño en el parque, colgando docenas de guirnaldas navideñas con luces en los árboles y arbustos, alrededor de las barandas, en el techo de la glorieta y a lo largo de la estacada blanca que bordea los bosques al norte del parque. Adornos rojos y verdes cuelgan de los postes de luz y las señales de tráfico. Un puesto de chocolate y café caliente ha sido instalado a la entrada, y alguien incluso ornamentó el Monumento  a los Caídos, ciñendo el cuello de los soldados de la Primera Guerra con un brillante listón rojo y limpiando los lamparones de excremento de palomas de los cascos.

Brillando por su ausencia, los carteles por las niñas perdidas habían desaparecido de los postes telefónicos, las farolas y las ventanas de las pocas edificaciones que rodeaban al parque. Por unas pocas horas, ese tema había sido suprimido y la gente se enfocaba en lo positivo y esperanzador. Mañana por la mañana, los posters y las habladurías sin duda regresarían.

A las 11:45 pm, mientras Gwendy está haciendo fila para una taza de chocolate, el lugar está realmente animado. Los niños pasan corriendo en grupos junto a ella, gritando y riendo, arrojándose bolas de nieve y patinando sobre charcos de hielo, mientras sus padres y vecinos caminan por los alrededores, pasando de un grupo a otro, charlando, bebiendo a escondidas sorbos de whiskey de sus petacas, y haciendo grandiosos planes para que el 2000 sea el mejor año de todos. Gwendy llega a ver a Grace Featherstone, la de la librería, hablando con Nanette, la empleada de la cafetería. Brigette se encuentra dando instrucciones a un grupo de empleados junto a las mesas de picnic, sin duda asegurándose de que todo esté listo para la cuenta regresiva a medianoche. Gwendy había visto al señor y la señora Hoffman más temprano, en el salón, pero los evitó escondiéndose en el baño más tiempo de lo necesario. Con respecto a eso, hasta ahora iba bien; no los había vuelto a ver.

La fila va avanzando, y ella se fija en un hombre alto con un gran bigote y una gorra de los Patriots apoyado en un poste de luz junto a la fuente. Parece estar mirándola, pero Gwendy no está segura. Piensa que recuerda haberlo visto antes entre el público durante su discurso.

“¿Es usted, señora Gwendy Peterson?”

Ella se vuelve. Le toma un segundo reconocer al hombre mayor parado  detrás, pero enseguida lo recuerda. “Vaya, hola de nuevo. Señor Charlie Browne.”

“Solo Charlie, por favor.”

“¿Disfrutando de las festividades?”

“Lo disfrutaba mucho más cuando estábamos bajo techo y no me congelaba las menudencias.”

Gwendy echa la cabeza atrás y ríe. “Qué bueno que no esté soplando viento, o todos pareceríamos estatuas de hielo.”

Él gruñe y mira alrededor. “¿Vio a mi hijo por algún lado? Cuando ese reloj dé las doce, me largo de aquí.”

Gwendy niega. “Lo siento, no lo he visto.”

“Ahí estás,” dice Brigette, llegando envuelta en un halo de perfume. “Te andaba buscando. ¿Qué haces en la fila?” Sacude la mano furiosamente en dirección a una mujer del puesto. “¿Me trae inmediatamente un chocolate para la congresista?”

“Brigette, no,” dice Gwendy horrorizada. La gente las está mirando, alguno de ellos señalándolas.

“Aquí está,” dice una mujer de cabello oscuro, llegando apurada con una humeante taza de chocolate.

Gwendy no quiere aceptarla, pero no tiene opción. “Gracias, no era necesario.”

“Tonterías,” dice Brigette, tomándola del brazo y llevándola. “Te quiero junto a mí a la medianoche.”

“Feliz año nuevo, señor Browne,” dice Gwendy por sobre el hombro. “Un gusto volver a verlo.”

“Feliz año nuevo, congresista,” dice él, sonriendo, y Gwendy no sabe si es su imaginación o no, pero está casi segura de que el tono del hombre ha dejado de ser amistoso.

“Tres minutos más,” dice Brigette, mirando su reloj. Encuentra a su marido hablando con otros dos hombres. “¡Travis, Travis!” Apunta a la torre del reloj. “¡Por allí!”

Él asiente dudando y comienza a ir en esa dirección.

La torre del reloj se encuentra en el corazón mismo del Parque de Castle Rock. Mide casi siete metros de alto y un metro de ancho. Erigido durante la reconstrucción del pueblo, después del Gran Incendio, muestra una placa en la base que dice: En honor al indomable espíritu de los ciudadanos de Castle Rock – 1992.

Una mujer robusta, luciendo lo que parecen varias capas de camisetas de franela, lanza una mirada de alivio al aproximarse a ellas. “Gracias a Dios, comenzaba a preocuparme.” Le entrega un micrófono a Brigette. Un largo cable negro repta desde él hasta un gran parlante preparado sobre una mesa de picnic, a sus espaldas.

Gwendy sonríe a la mujer. “Feliz año nuevo.”

La mujer le desea lo mismo, tímidamente, y con rapidez corre la vista.

Travis pasa junto a ellas, sonriendo y oliendo a loción de afeitar y whiskey. “¿Todo listo, señoras?”

“Casi,” dice Brigette. Enciende el micrófono y del parlante surge un silbido de acople. La gente gruñe y se cubre las orejas. La mujer de las remeras se escabulle para manipular varias perillas del parlante hasta que el sonido disminuye y, finalmente, desaparece.

“¡Un minuto para la medianoche!” anuncia Brigette, ansiosa. “¡Un minuto para la medianoche!”

La gente comienza a juntarse al pie de la torre, los niños avanzan hasta el frente, la mayoría usando collares fluorescentes y llevando cornetas y silbatos. Varios de los adultos usan sombreros de cartón con brillantina que rezan ¡Y2K!, ¡2000! O ¡FELIZ AÑO NUEVO!

“¡Treinta segundos!” exclama Brigette con una voz rozando la histeria; y, por primera vez en la noche, Gwendy se pregunta cuánto bebió su amiga.

Estudiando la multitud, ve a Grace, Nanette y Milly Harris, la organista de la iglesia, acurrucadas al costado. Las tres observan el reloj y cuentan. Charlie Browne está parado con un pie en la cerca. Lleva puestas botas de vaquero y un sombrero de plástico verde con una flor amarilla artificial. Sonríe y saluda a Gwendy con gran aspaviento. Ella le agradece el saludo, pensando que tal vez se equivocó unos momentos antes.

A unos metros detrás del señor Browne está el desconocido de bigotes con la gorra de los Patriots. Se encuentra observando a la gente, pero es difícil verle el rostro porque la visera se lo cubre.

“DIEZ, NUEVE, OCHO, SIETE, SEIS…” Brigette aleja el micrófono de su boca. El rugido de la multitud se ha elevado más que la voz amplificada.

“CINCO… CUATRO… TRES… DOS… UNO…”

La gente estalla. “¡FELIZ AÑO NUEVOOOO!”

El aire se llena con una cacofonía de gritos embriagados, cornetas y silbatos. Vuela la serpentina y el papel picado. Alguien dispara cañitas voladoras. El cielo nocturno se ilumina con explosiones rojas, blancas y azules que alumbran también el suelo cubierto de nieve. Alrededor de Gwendy, todos se abrazan y besan. Ella piensa en Ryan, la forma en que su barba le roza el mentón cuando la besa, y siente crecer en el centro del pecho un dolor profundo.

Brigette se desenreda del abrazo de su marido, y llega el turno de Gwendy. “¡Feliz año nuevo!” grita por sobre el bullicio, abrazando fuerte a su amiga. “¡Estoy muy feliz que estés aquí!”

“¡Feliz año nuevo!” dice Gwendy, con el rostro bañado por el fulgor de los fuegos artificiales.

“Ahora es mi turno.” Travis está parado detrás de su esposa, con los brazos abiertos de par en par, mirando a Gwendy. “¡Feliz año nuevo!”

Gwendy se inclina, lo abraza y su cara se aplasta contra la fría mejilla de Travis. “Feliz año…” comienza a decir. Y entonces, algo cambia.

Todo cambia.

De repente, ve a Travis muy claramente, muy brillante y enfocado, casi como si tuviese luz propia, y todo a su alrededor se desploma. Ella nota la pequeña cicatriz en la barbilla de Travis e inmediatamente sabe que el perro del vecino, Barney, lo atacó cuando él tenía ocho años porque le había estado tirando piedras desde el otro lado de la cerca. Eso fue en Boston, donde Travis creció. Ella observa su cabello grueso, ondulado y repentinamente sabe que está teniendo un romance con su estilista, una mujer soltera llamada Katy que vive en un tráiler a las afueras del pueblo con su hijo de tres años. Su vieja amiga Brigette no sabe nada al respecto…

… y luego la visión se desvanece, y Travis desaparece de su vista, como si hubiese sido succionado por un vórtice negrísimo; y todo a su alrededor vuelve a aparecer.

“… estás bien?” pregunta Travis. Está parado a unos pasos, mirándola con preocupación.

Gwendy pestañea y mira en rededor. “Estoy bien,” dice. “Por un momento me mareé.”

“Dios, creí que te estaba dando un ataque, o algo así.”

“Vamos,” dice Brigette, agarrándole el brazo. “Sentémonos.”

“En serio, estoy bien.” Quiere marcharse, y quiere marcharse ya. “Creo que ya es hora de irme a casa. Ha sido un largo día.”

“¿Segura que deberías manejar? Travis podría…”

“Estaré bien,” dice Gwendy, forzando una sonrisa. “Lo prometo.”

Brigette la mira fijamente. “Ok, pero ten cuidado.”

“Lo haré,” dice Gwendy, despidiéndose. “Mañana te hablo.”

¿Qué diablos fue eso? Piensa, cruzando el parque hacia su auto. No sabe cómo describir lo que acaba de pasar, pero está segura de que nunca antes había experimentado algo remotamente parecido. Es casi como si se abriera una puerta, y ella hubiese pasado. ¿Pero abierta a qué? ¿Al alma de Travis? Suena increíble, como algo salido de una novela de ciencia ficción, pero tiene algo de sentido, así como la caja de botones.

¿Acaso lo que ocurrió es algún tipo de efecto colateral, debido a los chocolates que le dio a su mamá? ¿Y por qué Travis? Apenas lo conoce, y no fue la única persona con la que tuvo contacto esta noche. Estrechó la mano de muchas otras personas.

Repentinamente, una figura oscura surge de las sombras frente a ella. “¿Está bien, señora Peterson?”

Sorprendida, Gwendy se para en seco. Es el extraño de la gorra de los Patriots, y está parado lo suficientemente cerca como para tocarla. Ahora se encuentra atrapada entre dos edificios, y está mucho más oscuro sin las luces de la calle.

“Estoy bien,” dice, intentando sonar tranquila. “Debería tener más cuidado al emboscar a la gente así. Especialmente con todo lo que está pasando.”

“Mis disculpas,” dice el hombre con tono amable. “Vi lo que ocurrió y me preocupé.”

“Vio lo que ocurrió,” repite Gwendy con un hilo de voz. “¿Y por qué me estaba mirando, señor…?”

“Nolan,” dice el hombre, abriendo su abrigo para mostrar una placa en el cinturón. “Detective Nolan.”

Gwendy abre los ojos y siente un rubor subiendo por sus mejillas. “Ahora me siento como una tonta.”

El detective levanta las manos. “Por favor no, señora. Debería haberme identificado enseguida.”

“¿El sheriff le pidió que me vigile?”

“No, señora. Por cómo habla de usted, debe estar seguro de que puede cuidarse sola.”

Gwendy ríe. Se imagina a Norris diciendo esas palabras. “Bueno, que tenga buenas noches, detective. Gracias por preocuparse.”

Él asiente en silencio y comienza a dirigirse hacia el parque.

Gwendy enfila hacia la calle y, en el momento que reconoce al hombre caminando en su dirección, decide llevar a cabo un experimento. “Hola, señor Gallagher,” dice. “Feliz año nuevo.” Se saca un guante y le extiende la mano.

“Feliz año nuevo para usted, señorita.” El profesor de álgebra de octavo le estrecha la mano con un apretón firme. Ella siente los gruesos callos de su palma. “Debería pasar por la escuela algún día. A los chicos les encantará verla.”

“Lo haré,” dice ella, esperando que ocurra algo extraordinario, cualquier cosa.

Pero no sucede nada.

Así que sigue caminando hasta llegar a su auto. Va pensando en la caja de botones y sus chocolates, sin mirar dónde pisa, cuando siente que su pie se desliza. Un momento está  viendo su reflejo en el oscuro vidrio de una cafetería, y al siguiente se encuentra patinando sobre un charco de hielo, agitando las manos.

Alguien la toma por la cintura.

“Oh, Dios mío,” dice enderezándose.

“Eso estuvo cerca, señora Peterson.” Lucas Browne la suelta y se acerca al cordón. Regresa con su guante. “Se le cayó esto.” Sonríe y se lo entrega, rozándole los dedos…

… y de repente, Main Street se hunde: los autos, las tiendas, las luces de la calle desaparecen, y todo lo que ella ve es a él iluminado, casi brillante. Y así, sin más, ella lo sabe. Lucas Browne es el Hada de los Dientes. Mira su mano y ve cómo sus dedos enguantados se cierran alrededor de un instrumento de acero quirúrgico, llegan hasta la boca de un muñeco lleno de dientes falsos sobre una mesa muy iluminada, puede leer Escuela Dental en una bata de laboratorio que él lleva puesta… y esos mismos dedos, ahora sucios, aferrando unos alicates; y está parado frente a una aterrada Deborah Parker, su largo cabello pegoteado por el sudor, los ojos exorbitados y llenos de miedo, las puntas de las botas texanas del hombre manchadas con sangre…

Y luego la oscuridad se lo engulle, y la ciudad vuelve a enfocarse, y Lucas Browne se encuentra parado frente a ella.

“¿Qué pasó?” pregunta él, achicando los ojos. “¿Está bien?”

“Estoy… estoy bien,” dice ella. “Gracias. Me salvaste de una fea caída.” Su voz suena apagada y distante.

Una joven pareja que camina abrazada pasa junto a ellos. El chico, un aspirante a james Dean con su chaqueta de cuero y un cigarrillo colgando de los labios, los saluda. “¿Qué hay, Lucas?”

Lucas no responde, ni siquiera lo mira. Solo observa a Gwendy cruzar la calle con la misma mirada cautelosa en el rostro.

Gwendy se sube al auto, cerrando apuradamente la puerta. Sus manos tiemblan y su corazón parece que va a estallar. Arranca y se aleja sin esperar a que se caliente el motor. Cuando echa un vistazo a la acera, Lucas Browne sigue allí, mirándola.


 

viernes, 9 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 64, 65 y 66


 

64

Gwendy está sentada con las piernas cruzadas en la cama, el cabello húmedo envuelto en una toalla, y envía el email que acaba de redactar. Una vez que el módem se desconecta, cierra su laptop. Con cara de preocupación, salta de la cama y comienza a vestirse. Se está atando los zapatos cuando suena el teléfono.

“¿Hola?” Intenta no esperanzarse.

“Gwendy, soy Patsy Follet. ¿Estás ocupada?”

“¡Patsy!” dice ella, entusiasmada al escuchar la voz de la congresista. “Acabo de responder tu email.”

“Y yo, de leerlo. Me imaginé que sería más fácil llamarte.”

“Bueno, ¿cómo estás?” pregunta Gwendy. “¡Feliz año nuevo!”

“También para ti. Me iba genial hasta que hablé con mi amigo del Senado esta mañana. Después, no tan genial.”

“¿Realmente creen que nos convocarán antes de lo previsto?”

“Eso es lo que me dijo. Alguna sesión de emergencia por culpa del Presidente Bocón y Corea. La primera vez que sucede desde Harry Truman.”

“Significa que hay más de lo que nos cuentan las noticias.”

“Evidentemente,” dice Patsy con disgusto. “Debo admitir, es la primera vez  que realmente tengo miedo de que ese idiota nos meta en otra guerra.”

Gwendy mira la caja de botones al otro lado de la habitación. Camina hasta ella.

“¿Gwen, estás ahí?”

“Sí, aquí estoy. Solo estaba pensando.”


 

65

Gwendy solo se queda en lo de sus padres por un rato, lo suficiente para hablar de los Patriots con su papá (él opina que Pete Carroll debe retirarse después de terminar otra vez en cuarto lugar; ella cree que se merece un año más para cambiar las cosas) y ayudar a su mamá en la elección de un vestido para la cena de Año Nuevo con los Goffs.

Ella ya ha salido y está buscando las llaves de su auto cuando la señora Peterson abre la puerta y la detiene. “Espera un segundo. Necesito hablarte de algo.”

Gwendy se da vuelta. “Debes entrar, mamá, antes de que te resfríes. Está helado.”

“Solo será un segundo.”

Malas noticias, piensa Gwendy, leyéndole la expresión de la cara. Sabía que era demasiado bueno para ser cierto.

“Me temo que tengo malas noticias.”

“Oh, mamá,” dice Gwendy. “¿Qué ocurre?”

“Debería habértelo dicho antes, pero seguía acobardándome.”

Gwendy se acerca. “Solo dime qué es lo que pasa.”

“Revisé mi cartera, busqué por todos lados, incluso llamé al hospital… pero no puedo encontrar tu pluma mágica.”

Gwendy la mira y comienza a reír.

“¿Qué? ¿Cuál es la gracia?”

“Pensé… pensé que me dirías que estabas enferma de nuevo, que el hospital se había equivocado.”

La señora Peterson se coloca una mano en el corazón. “Dios, no.”

“La pluma ya aparecerá, si debe hacerlo,” dice Gwendy, abriendo la puerta de casa. “Ya apareció antes. Ahora entra, tontuela.”


 

66

Camino a su casa desde Carbine Street, Gwendy ve la camioneta del sheriff estacionada en la curva de la ruta 117 con las balizas encendidas. Ella pone el guiño y se estaciona detrás de él.

Al bajar del auto, ella ve al sheriff trepando por una zanja nevada que corre junto a la autopista. Está hasta las caderas de nieve y maldice sin parar.

“¿Qué pensarían los ciudadanos si te escucharan hablar así?”

El sheriff levanta la vista hacia ella, con nieve en el pelo y una mirada asesina. “Pensarían que he tenido un día de mierda, lo que es cierto.”

Gwendy extiende una mano para ayudarlo. “¿Qué estabas haciendo ahí abajo?”

“Creí que había visto algo,” dice, tomándole la mano. Sale de la zanja y comienza a sacudir las botas sobre la grava. La vuelve a mirar. “Estaba por llamarte antes de estacionarme.”

“¿Qué pasa?”

Él se frota la barbilla con una mano. “Recibimos un sobre en la comisaría hace una hora. Sin remitente. Con sello postal de ayer, en Augusta.”

Gwendy se siente enrojecer, Sabe qué vendrá a continuación.

“Dentro del sobre estaba el gorro anaranjado que Deborah Parker llevaba la tarde que se fue a patinar. Y dentro del gorro… habían tres dientes más, posiblemente suyos.”

Gwendy lo mira muda, incapaz de articular una palabra.

“Para empeorar las cosas, hace un rato hablé con ese reportero del Portland Herald. Alguien filtró información. Ya sabe de los dientes que encontramos en la sudadera, y sabe acerca del sobre.”

“Pero dijiste que lo recibieron hace una hora.”

Él asiente. “Así es.”

“¿Entonces cómo…?”

El sheriff se encoge de hombros. “Supongo que alguien necesitaba el dinero. Como sea, está escribiendo un artículo para el diario de mañana y ya está usando como alias apodo “El hada de los dientes”.

“Jesús.”

“Huh,” responde el hombre, sombrío. “La mierda está por salir a flote.”


 

domingo, 4 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 61, 62 y 63

 


61

En la mayor parte del este de Maine, las noticias de una tormenta que se aproxima (aún faltan cuatro o cinco días, pero ya está ganando fuerza a una velocidad monstruosa) llenan los comunicados y las primeras planas de los diarios por las próximas cuarenta y ocho horas. Hay muy poco pánico en esta parte del mundo, incluso cuando se trata de las tormentas más grandes; pero hay un sentimiento soterrado de temor. Las ventiscas significan accidentes, tanto en las carreteras como en las casas. Habrán huesos rotos y congelamientos; autos volcados en las zanjas y líneas eléctricas caídas. Los más viejos se recluirán puertas adentro, imposibilitados de ir de compras o a la farmacia; escaseará la comida y el combustible, y las enfermedades se colarán con fuerza maligna detrás de las puertas abiertas por el vendaval, cobrando sus víctimas. Los más jóvenes no la pasarán mucho mejor, puesto que suelen abandonar todo sentido común y correr hacia la tormenta para construir castillos, comenzar guerras de bolas de nieve y arrojarse colinas abajo en deslizadores de plástico a una velocidad temeraria. Si la gente del pueblo tiene suerte, nadie necesitará de un funebrero. Pero las tormentas no acostumbran venir acompañadas de nada parecido a la buena suerte.

Esta vez, en la mitad occidental del estado, la historia es totalmente distinta. La ventisca que se acerca ha quedado relegada a la página 2 o 3, y solo se le presta atención durante el informe meteorológico de la televisión. Las tres niñas perdidas dominan las noticias desde la mañana hasta el noticiario de la noche. Se entrevista a familiares, amigos, compañeros de escuela e incluso profesores, todos con la misma sombría historia: las tres chicas son amables, talentosas, y nunca se habían metido en problemas ni huido de sus casas. El Sheriff Norris Ridgewick y el detective Frank Thome de la policía estatal están constantemente al aire. Siempre aseguran con seriedad que sus respectivos departamentos están haciendo todo lo humanamente posible para ubicar a las niñas perdidas, y urgen apasionadamente a la población para que colaboren con cualquier información. La repetición y falta de originalidad en el mismo mensaje que comunican una y otra vez, ha llevado a un periodista a decir que ambos “están leyendo el mismo libreto sin inspiración.”

A pesar de la ausencia de cuerpos o de ninguna prueba, la prensa de Portland ha comenzado a hacer circular la versión del “asesino serial”, y han escupido no menos de tres artículos relacionados a Frank Dodd y su carrera como “El estrangulador de Castle Rock” en los ’70.

En Castle Rock no hay menciones al Hombre de la Bolsa Dodd en la prensa, aunque los rumores se esparcen en los bares, restaurantes y tiendas; en un pueblo chico como La Roca, los chismes nunca terminan. La edición del The Castle Rock Call del 30 de diciembre de 1999 muestra tres grandes fotos de las tres chicas en la primera plana, y un titular que dice BÚSQUEDA SIN PISTAS – LA POLICÍA EN PROBLEMAS.

Gwendy echa un vistazo al periódico y lo arroja sin leerlo cobre la mesa de sus padres. “¡Vamos, marmotas!” grita ella, “¡Llegaremos tarde!”

Gwendy y su padre han pasado los dos últimos días extremando los cuidados de la señora Peterson, o al menos, así dirían ellos. La señora, por otra parte, contaría una historia diferente; sin dudas ni filtros, ella diría que ambos la han estado volviendo loca.

No obstante las afirmaciones del doctor (tanto en el hospital como durante una llamada ayer por la tarde) el señor Peterson insistió en que su esposa permaneciese en el sofá del living por el resto de la semana, descansando y recuperándose bajo una pila de cobijas.

“¿Recuperándome de qué?” se queja la señora Peterson. “Comí algo malo y vomité. Gran cosa. Fin de la historia.”

Por una vez, Gwendy se puso del lado de su padre y ambos gastaron la alfombra de tanto ir y venir hacia y desde el sofá, asegurándose de que ella estuviese cómoda y entretenida. En el proceso, también gastaron la paciencia de la señora Peterson. Tras dos días de leer una media docena de revistas de punta a punta, mirar la televisión por horas, coser y trabajar en otro rompecabezas hasta terminar viendo doble, la señora finalmente perdió los estribos y le arrojó el control remoto a su marido diciendo “¡Dejen de tratarme como un bebé, demonios! ¡Me siento bien!”

Y parece que es así. Solo una breve siesta ayer, y nada más hasta el momento. El color ha regresado a su cara y su apetito (así como su actitud camorrera) se ha normalizado. De hecho, hace poco, de una manera no muy sutil sugirió (insistió) que Gwendy y su marido la llevasen a comer afuera esta noche, y no a cualquier restaurante. Hizo que Gwendy llame a su trattoría italiana favorita, Giovanni’s, en el barrio de Windham, para hacer una reservación (que perderán si no salen de la casa en los próximos minutos).

Gwendy se gira al sonido de las pisadas y no puede creer lo que ve. “Wow,” dice, levantándose de la mesa. “Luces genial, mamá.”

“Súper genial,” dice sonriendo el señor Peterson, mientras baja junto a ella.

La señora Peterson lleva puesto un vestido azul oscuro debajo de un largo suéter gris. Por primera vez en meses, se ha maquillado. Sus orejas lucen aros de oro, y una cadenita con una perla adorna su cuello.

“Gracias,” dice tímidamente la señora. “Si siguen con los cumplidos, los perdonaré a ambos.”

“En ese caso,” dice el señor Peterson, extendiendo su brazo hacia la puerta principal, “su carroza espera.”


 

62

El camino desde Castle Rock hasta Windham dura cuarenta y cinco minutos, pero la cena lo compensa totalmente. Gwendy y su padre ordenan camarones a la Giuseppi, ensaladas y sopa de frutos marinos. El señor Peterson se decide por el pollo cacciatore y devora una fuente entera de pan italiano, antes de que llegue la entrada. “Sigue así,” le dice la señora Peterson, “y vamos a tener que visitarte a ti al hospital.”

Terminada la comida, el señor y la señora Peterson se llegan hasta la pista, donde bailan abrazados baladas que entona un imitador de Frank Sinatra sobre un pequeño escenario junto al bar. Al final de cada canción, el señor Peterson apoya a su esposa sobre su rodilla y la acerca para darle un beso en la mejilla. Regresan a la mesa riendo como una pareja de colegiales.

“¿Segura que no quieres dar una vuelta, Gwennie?” pregunta su padre, deslizando la silla para su esposa. “Todavía tengo algo de nafta en el tanque.”

“Estoy que reviento. Creo que me quedaré sentada hasta salir flotando.”

“¿Alguien desea postre?” pregunta el mozo sobre el hombro del señor Peterson.

“Yo no,” dice Gwendy, gruñendo.

Su padre se palpa la barriga. “Para mí tampoco.”

“No, gracias, querido,” dice la señora Peterson, y mientras su esposo pide la cuenta, se vuelve hacia Gwendy. “Me parece que en vez de postre me conformaré con uno de esos deliciosos chocolates tuyos cuando llegue a casa.”


 

63

Gwendy sube trotando la última subida de Pleasent Road, manteniéndose lo más lejos posible del cordón. Después de dos llamadas esta mañana, está especialmente alerta por el tráfico, incluso a tan temprana hora. Han pasado tres largos días desde que Deborah Parker desapareciera del lago Fortier, pero el vecindario sigue bullendo con una combinación de vehículos policiales, voluntarios y curiosos, la mayoría gente de las afueras del pueblo con la cara pegada a los parabrisas.

La agenda de Gwendy en este helado último día del siglo veinte está sorprendentemente libre (un hecho que ella atribuye a regañadientes a la falta de cualquier asomo de vida social). Cuando termine de correr y bañarse, ella planea ponerse al día con algunos emails, luego pasar por la casa de sus padres para una visita rápida (ellos irán a cenar a los de los Goff) y después volver a su casa para una excitante tarde de John Grisham, antes de que sea hora de dirigirse a la fiesta de Año Nuevo de Brigette Desjardin. Ya ha preparado un discurso de cinco minutos para la ocasión, y espera no tener que quedarse mucho más que eso.

Cuando dobla la esquina y avista su edificio, los pensamientos de Gwendy vuelven a la caja de botones y los animalitos de chocolate.

Hasta ahora, ella le ha dado a su mamá siete chocolatinas: la primera, una pequeña tortuga que metió de contrabando en el hospital junto con varios cartones de jugo, y la última un adorable cerdito cuando volvieron del restaurante.

Antes de accionar la palanca y deslizar la pequeña tortuga en su mochila para llevarla al hospital, Gwendy agonizó largo y tendido sobre la decisión. Sabía por experiencia propia que la caja entregaba junto con los animalitos una dosis no tan pequeña de magia, pero también estaba consciente de que esos regalos raramente venían sin consecuencias. ¿Qué pasaría la primera vez que le diese uno de esos chocolates a alguien? ¿Y si le daba varios? Gwendy no tenía una respuesta, pero a fin de cuentas estaba dispuesta a arriesgarse.

No fue hasta aquella mañana en el hospital cuando el doctor Celano les dio las milagrosas noticias, que ella finalmente quedó tranquila con su decisión. ¿Cómo no estarlo? Pero si Gwendy aún guardaba alguna duda (bueno, tal vez guardaba un par) fue después del baile con su padre y la expresión soñadora de su madre cuando el señor Peterson le dio un beso en la mejilla, que cualquier asomo de inquietud se esfumó por completo. Gwendy sabía que recordaría ese momento y las risas de sus padres por el resto de su vida (sin importar cuán larga fuere).

 Gwendy saluda cordialmente a su vecina que está saliendo del edificio, y sube las escaleras hasta el segundo piso, sintiéndose liviana. Abre su bolsillo y saca las llaves y el celular. Está por tomar el picaporte cuando se percata de que tiene un mensaje titilando en el teléfono.

“No, no, no,” dice, cayendo en la cuenta de que olvidó desactivar el silencio. Aprieta el botón para escuchar los mensajes y coloca el teléfono junto a su oído.

“¡Ey, cariño, no puedo creer que lo haya logrado! ¡Estuve intentando durante días! Te extraño mu…”

El mensaje se corta en medio de la oración.

Gwendy mira el teléfono sin poder creerlo.

“Vamos…” Tantea los botones para ver si tiene más mensajes. No tiene. Aprieta el botón de REPETIR y se queda parada frente a la puerta, escuchando esos cuatro segundos con la voz de Ryan. Una y otra vez.


 

sábado, 3 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 57, 58, 59 y 60

 


57

De vuelta en casa, Gwendy guarda la caja de botones en su guarida y cierra la pesada puerta detrás de ella, escuchando el clic que hace cuando se activa la cerradura. Luego gira el dial una, dos, tres veces, y prueba la manija con firmeza para asegurarse. Casi está llegando a su dormitorio cuando suena el timbre.

Se queda congelada en el pasillo, conteniendo la respiración, rogando para que quienquiera que sea, se vaya.

El timbre vuelve a sonar. Ahora, dos veces.

Gwendy, aún con la ropa que había usado en el hospital, saca el celular del bolsillo del suéter. Marca el 911 y prepara el dedo para apretar el botón de ENVIAR. A hurtadillas por el pasillo, se acerca hasta el recibidor, cuidando de no hacer ruido, y espía por la mirilla.

El timbre suena de nuevo, y ella casi grita.

Retrocediendo un paso, corre el cerrojo y abre la puerta.

“Dios, Sheriff. Podrías haber llamado antes…”

“Ha desaparecido otra niña. Justo en la otra cuadra.”

“¿Qué? ¿Cuándo?”

“Llamaron hace una hora.” El Sheriff Ridgewick lleva la mano hasta el cinturón y ajusta el volumen de su radio. “El padre de esta chica dice que ella estaba patinando en el estanque con amigos. Algunos de los más grandes habían hecho una fogata y había más o menos veinticinco o treinta personas. Otro padre se suponía que la estaría vigilando, pero ella se fue a hablar con un vecino, y ya sabes cómo es eso. Nadie notó que la chica había desaparecido hasta que fue hora de irse.”

“¿Tus hombres revisaron el hielo?” pregunta Gwendy, sabiendo que es una tontería incluso antes de decirlo.

“Lo hicimos,” contesta él. “Pero ha estado sólido desde al menos seis semanas. No hay chance de que se haya caído.”

“¿Y ahora qué? ¿Revisaron el área y qué más?”

“Tengo oficiales peinando los bosques y calles cercanas. También colocamos controles en los caminos de algunas localidades, pero si el que se la llevó la metió en el baúl y se marchó de inmediato, ya hace tiempo que se debe haber escapado. El resto de mi gente está haciendo preguntas por todo View Drive, averiguando si alguien vio algo sospechoso en los últimos días.”

Gwendy queda boquiabierta. “Es mejor que pase, Sheriff.” Da un paso atrás para darle el paso. “Debo decirte algo y no creo que te guste.”


 

58

La reportera rubia del Canal 5 sostiene el micrófono frente al rostro del Sheriff Ridgewick mientras este habla. Ella tiene un gorro de lana celeste que hace juego con su abrigo, y el maquillaje es perfecto, a pesar del viento  y de la temperatura bajo cero. El sheriff, con los ojos vidriosos y las mejillas coloradas, luce cansado y miserable.

“… la búsqueda de Deborah Parker, una residente del edificio 1900 de View Drive. La señorita Parker tiene catorce años y estudia en la Secundaria de Castle Rock.”

La fotografía a color de una adolescente con ortodoncia y cabello ondulado castaño aparece en la esquina superior derecha dela pantalla.

“Ella mide un metro sesenta, pesa 50 kilos y tiene cabello y ojos castaños. Se la vio por última vez esta tarde alrededor de las 19:30, patinando con amigos en el lago Fortier. Si alguien tiene información acerca de su paradero, o vio algo extraño en el área de Castle View, por favor contacte al Departamento del Sheriff…”


 

59

Gwendy jamás ha visto antes al hombre parado fuera de oficina del sheriff, pero puede oler que es un periodista a un kilómetro de distancia. También ayuda el hecho de que tenga una mini grabadora en la mano izquierda.

“Congresista Peterson,” dice, cortándole el paso a la entrada. “¿Algún comentario sobre las niñas desaparecidas?”

“¿Y usted es?” pregunta ella.

Él extrae una credencial plastificada de su abrigo y la extiende tanto como lo permite el cordón. “Ronald Blum, Portland Press Herald.”

“Estoy aquí esta mañana para ser informada por el Sheriff Ridgewick. Los comunicados oficiales se los dejo a él.” Ella comienza a alejarse.

“¿Es verdad que ha habido otros intentos fallidos de secuestras chicas jóvenes en Castle Rock?”

Gwendy abre la puerta y deja que se cierre en la cara del reportero. Él grita algo más, pero ella no puede oírlo a través de grueso vidrio.

El salón de la comisaría está muy agitado esta mañana. Un puñado de oficiales está sentado en sus escritorios hablando por teléfono y tomando notas. Varios más se encuentran reunidos frente al tablón de anuncios, examinando un gran mapa de Castle Rock. Hay una fila para la cafetera y otra frente a la fotocopiadora. Gwendy alcanza a ver a Sheila Brigham en su cubículo y se dirige hacia allí.

La veterana recepcionista está ocupada hablando con alguien por sus auriculares, y a juzgar por su cara se puede afirmar que lo ha estado haciendo por un rato largo. Ve a Gwendy acercarse y cubre el micrófono con la mano. “Pasa al fondo. Hoy esto es un circo.”

Gwendy le agradece con un gesto y encara al angosto pasillo. Esta vez, la puerta del sheriff está cerrada. Por superstición, toca tres veces.

“Adelante,” dice una voz apagada.

Abre la puerta y entra. El sheriff está parado frente a la ventana, observando el exterior. “¿Ese periodista te alcanzó a la entrada?”

Ella asiente. “No tenía mucho que decir.”

“Te lo agradezco,” dice él, volviéndose y mirándola.

“Preguntó si había habido más intentos de secuestros. Casi me desmayo, pero creo que no se dio cuenta.”

“Solo está tanteando,” dice el sheriff, apoyándose en su escritorio.

“Supongo, pero fue muy incómodo después de lo que te conté anoche.”

“Él no sabe nada de eso. Nadie lo sabe. Aún.”

“¿Se lo contarás a los demás hoy?”

Él afirma con la cabeza. “La policía estatal enviará detectives adicionales más tarde. Estamos organizando un grupo de trabajo, así que contaré tu historia en la primera reunión.”

“Avísame si necesites que esté allí para dar la cara.”

“No será necesario,” contesta él como si nada. “Lo que diré es que creíste que todo era una broma hasta que te pusiste a pensar sobre eso más tarde. Fue entonces que caíste en la cuenta de que el tipo llevaba una máscara. Entonces me lo contaste esta mañana. No viste ningún vehículo y no puedes ofrecer una descripción del hombre, aparte de las ropas oscuras y los zapatos con algún tipo de tacón.”

Ella lo mira con gratitud. “Gracias, Norris.”

“Ni lo menciones,” dice él. “No hay necesidad de que todo el mundo descubra lo cabeza dura que eres.”

Gwendy ríe. “Suenas como mi madre.”


 

60

Cuando Gwendy entra en el cuarto 233 del segundo piso del Hospital General y ve lágrimas en los rostros de sus padres, su alma se le cae al piso.

La señora Peterson está sentada al borde de la cama con sus piernas colgando por el costado. Sostiene las manos de su marido y tiene la cabeza apoyada sobre su hombro. Parece una niña. El doctor Celano se encuentra a los pies de la cama, leyendo un informe. Cuando escucha la puerta, se gira hacia Gwendy con una amplia sonrisa en el rostro.

“Lamento llegar tarde,” dice Gwendy, confundida. “Me demoré en una reunión.”

Su padre alza la vista y la mira. Sus ojos están vidriosos y brillantes, y también sonríe ampliamente.

“¿Qué ocurre?” pregunta Gwendy, sintiendo que ha entrado en la Dimensión Desconocida.

“Oh, cariño, es un milagro,” dice su madre, extendiéndole los brazos.

Gwendy se acerca y la abraza. “¿Qué cosa? ¿Qué está pasando?” Su madre solo la aprieta más. El señor Peterson señala al doctor. “Dígale lo que acaba de contarnos.”

El doctor Celano levanta las cejas. “Todos los escaneos salieron limpios. No hay rastros de un tumor.”

“¿Qué? ¿Son buenas noticias, cierto?” pregunta Gwendy, con temor a esperanzarse demasiado.

“Yo diría que sí.”

“¿Pero qué hay de los resultados de la sangre?”

El doctor agita el informe médico frente a ella. “Los análisis que hicimos ayer por la mañana también salieron limpios. Los valores de tu madre están dentro del rango normal.”

“¿Cómo es posible?” pregunta Gwendy, sin poder creerlo.

“Yo me pregunto lo mismo,” dice el doctor Celano, “así que ordené análisis extras y apuré al laboratorio para que me diesen los resultados.”

“Yo estaba intrigado por lo que sucedía,” dice el señor Peterson, riendo. “Extrajeron tres jeringas más antes del desayuno, y le dije a la enfermera que se estaba convirtiendo en un vampiro.”

“Los nuevos exámenes salieron normales. De nuevo,” dice el doctor, cerrando la carpeta y sosteniéndola al costado.

Gwendy lo mira. “¿Podría ser un error?”

“Se cometió un error, pero no ayer ni hoy. Estoy cien por ciento seguro de que estos resultados son precisos.” El doctor suspira largamente y la sonrisa desaparece de su rostro. “Dicho esto, quiero asegurarles que llegaré al fondo de lo que salió mal con los resultados del 22. Fue un error imperdonable, y voy a averiguar qué ocurrió.”

“¿Pero y los dolores de estómago? ¿Los vómitos?”

“Me temo que eso es un misterio,” dice el doctor. “Me arriesgaría a decir que comió algo que le cayó mal, y el esfuerzo al vomitar revolvió algún tejido dañado por la quimioterapia. Le ha ocurrido a algunos de mis pacientes.”

“¿Entonces qué… qué significa todo esto?” pregunta Gwendy.

“¡Que no está enferma!” dice el señor Peterson, rodeando a Gwendy por el hombro y dándole una sacudida. “¡Significa que la podemos llevar a casa!”

“¿Hoy?” dice Gwendy, mirando al doctor. Aún no puede creer que esto esté ocurriendo. “¿Ahora mismo?”

“Tan pronto como terminemos con el papeleo.”

Gwendy mira al doctor por un momento, y luego a sus padres. Sus rostros brillan de felicidad. “Estoy comenzando a creer que tu pluma realmente es mágica,” dice su padre.

Y entonces los tres están riendo de nuevo, abrazándose y sin querer soltarse por nada del mundo.


 

viernes, 2 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 54, 55 y 56

 


54

Los lunes son días muy ajetreados en el hospital Castle County, y el 27 de diciembre no es una excepción. Las enfermeras y ordenanzas están recargadas de trabajo gracias al fin de semana largo, y tres miembros de la guardia dieron parte de enfermos; pero la vida continúa.

Gwendy está sentada junto a la cama en la habitación 233 y observa la respiración estable en el pecho de su madre. Ella ha estado durmiendo tranquilamente por casi media hora, lo cual es la única razón por la que Gwendy está sola en la habitación. Veinte minutos antes, finalmente consiguió que su padre se fuese a la cafetería para desayunar. No había dejado a su esposa desde que se reunieron la tarde anterior, y no quería marcharse; pero Gwendy insistió.

La novela de John Grisham permanece cerrada en el regazo de Gwendy, con un cupón de golosinas marcando la página. Oye el sonido intermitente de las máquinas y observa el constante goteo del suero, y recuerda a una docena de habitaciones de hospitales similares, muy parecidas a esta. El cuarto sin ventanas del tercer piso en el Mercy Hospital donde su querido amigo Johnathon había dado sus últimos alientos, docenas de fotografías y tarjetas de buenos augurios pegadas a la pared sobre su cabeza. Tantas habitaciones de otros tantos hospitales y clínicas de SIDA que ella había visitado. Seres humanos muy valientes, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, todos unidos por un solo propósito: sobrevivir.

Desde entonces, Gwendy ha odiado los hospitales (su apariencia, olores, sonidos) a la vez que había mantenido el más alto respeto hacia quienes luchaban por sus vidas, y por los doctores y enfermeras que los acompañaban en esa lucha.

“… morirás rodeada de amigos, en un lindo camisón con flores azules en el dobladillo. La luz del sol inundará tu ventana, y antes de que partas mirarás afuera y verás una bandada de pájaros volando al sur. Una imagen final de la belleza del mundo. Habrá un poco de dolor. No mucho.”

Richard Farris una vez le dijo eso a ella, y le creyó. No sabe cuándo sucederá, o dónde, pero no le interesa. Ya no.

“Si alguien merece ese tipo de despedida, eres tú, mamá.” Baja la vista, sofocando un gemido. “Pero no estoy lista aún. No estoy lista.”

La señora Peterson, con los ojos todavía cerrados, dice: “No te preocupes Gweenie, yo tampoco lo estoy.”

“Oh Dios mío,” casi grita Gwendy por la sorpresa, volteando el libro al piso. “¡Creí que estabas durmiendo!”

La señora Peterson abre los ojos a medias y sonríe perezosamente. “Lo estaba hasta que te escuché parlotear.”

“Lo siento mucho, mamá. He estado haciendo eso, hablando sola en voz alta, como una vieja loca llena de gatos.”

“Eres alérgica a los gatos, Gwendy,” dice la señora Peterson, reflexiva.

Gwendy mira más de cerca a su mamá. “Muy bien, y eso debe ser la morfina que te hace hablar.”

La señora Peterson levanta la cabeza y mira alrededor. “¿Lograste que tu padre se vaya a casa?”

“Ni hablar. Pero hice que se fuese a la cafetería a comer algo.”

La mujer asiente débilmente. “Buen trabajo, cariño. Estoy preocupada por él.”

“Yo me ocuparé de papá,” dice Gwendy. “Tú preocúpate por mejorar.”

“Eso está en las manos de Dios ahora. Estoy muy cansada.”

“No puedes rendirte, mamá. Ni siquiera sabemos cuán grave es. Podría ser…”

“¿Quién habló de rendirse? Eso no va a suceder, no mientras te tenga a ti y a tu padre a mi lado. Tengo mucho por qué vivir.”

“Sí,” asiente Gwendy. “Seguro que sí.”

“Lo que quiero decir es…” Busca las palabras exactas. “Si puedo vencer esto otra vez, si hay alguna posibilidad, lo haré. Estoy segura. No importa lo dura que sea la batalla. Pero… si no puedo hacerlo… si Dios decide que es mi hora, que así sea. Tuve una vida maravillosa con más bendiciones que las que cualquier persona debería tener. ¿Cómo podría quejarme? En fin, eso quería decir… es la única forma en que me meterán en la tierra.”

“¡Mamá!” exclama Gwendy.

“¿Qué? Ya sabes que no quiero ser cremada.”

“Eres imposible,” dice Gwendy, agarrando la mochila que había dejado en el alféizar de la ventana. “Te traje un poco del jugo de frutas que tanto te gusta y algunos bocadillos. También tengo una sorpresa.”

“Genial, me encantan las sorpresas.”

Ella abre la mochila. “Primero come y bebe, luego la sorpresa.”

“¿Cuándo te hiciste tan mandona?”

“Aprendí de la mejor,” dice Gwendy y chasquea la lengua.

“Hablando de sorpresas (y no sé por qué me desperté pensando en esto), ¿recuerdas el año que intentamos sorprender a tu padre para su cumpleaños?” Se incorpora en la cama, los ojos bien abiertos y alertas, y toma un sorbo del cartón de jugo.

“¿Cuando decoramos el garaje con todos esos globos y guirnaldas?” pregunta Gwendy.

La señora Peterson la apunta con el dedo. “Esa vez. Él estuvo pescando toda la tarde. Amontonamos a todos adentro y el gran plan era abrir la puerta del garaje en cuanto él llegara a la entrada.”

Gwendy comienza a reír. “Solo que no sabíamos que él se había caído de un tronco y aterrizado en el lodo, cuando volvía a la camioneta.”

La señora Peterson asiente. “Le habíamos quitado el control del portón de la camioneta, así que no tuvo más remedio que salir de ella.” Ahora la mujer ríe junto con su hija.

“Todos estábamos escondidos en la oscuridad y cuando escuchamos que bajaba de la camioneta…”

“Aprieto el botón, el portón se levanta y ahí está tu padre…” La señora Peterson comienza a reír más fuerte y no puede terminar.

“Parado con su caña de pescar en una mano y su caja en la otra,” dice Gwendy, “y está desnudo de la cintura para abajo, con las piernas flacas y pálidas cubiertas de lodo.” Gwendy echa la cabeza atrás y ríe.

La señora Peterson se pone una mano sobre el corazón y lucha para poder hablar. “Con una mano te cubría los ojos y con la otra le hacía señas a tu padre para que volviese a la camioneta. Vi la expresión de la pobre de Blanche Goff…” Estornuda una risa “Creí que ella iba a sufrir un infarto, sentada en su reposera.”

Y luego ambas mujeres se están retorciendo de la risa. Y ninguna puede articular otra palabra.


 

55

Cuando el señor Peterson sale del ascensor y escucha las risotadas que llegan desde el fondo del pasillo, sus ojos se entrecierren con molestia. Quienquiera que esté haciendo esa bulla, es mejor que no despierte a mi esposa o se las verá conmigo.

No es hasta que dobla por la esquina, junto a la recepción, y ve la puerta del 233 abierta de par en par con un grupo de  enfermeras sonrientes reunidas afuera, que cae en la cuenta de que son su esposa y su hija quienes están haciendo el barullo.

“¿Qué ocurre aquí?” pregunta, entrando en la habitación con cara de intriga.

La señora Peterson y Gwendy lo miran y estallan en otro acceso de risa.


 

56

Veinte minutos después, un ordenanza llama a la puerta. Es grande, con una sonrisa amigable y una mata de rastas embutidas en una redecilla. “Lamento interrumpir la fiesta, amigos, pero debo lleva a la señora hasta Radiología.”

“¡Winston!” dice la señora Peterson, iluminándosele el rostro. “Creí que ya había terminado tu turno.”

“No, señora. No hasta que termine de ocuparme de mi paciente favorita.”

Visiblemente emocionada, ella dice, “Gracias, Winston.”

“Estaré aquí cuando regreses,” dice el señor Peterson, apretando la mano de su esposa.

Ello lo mira con sus hermosos ojos azules y le da un apretoncito. “Estoy lista,” le dice al ordenanza.

“Yo también estaré aquí,” dice Gwendy, haciendo lo imposible por no llorar.

“Ya lo sé.” La señora Peterson saca la otra mano de debajo de la colcha y sostiene una pequeña pluma blanca. Su mano luce muy delgada y frágil. “Gracias de nuevo por el préstamo, querida. La cuidaré muy bien.”

Gwendy sonríe, pero no se arriesga a abrir la boca.


 

jueves, 1 de octubre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 51, 52 y 53

 


51

Gwendy se levanta temprano la mañana siguiente con lo que se siente como una leve resaca, a pesar de no haber tomado una gota de alcohol la noche anterior. Se bebe una botella de agua y arremete con cien sentadillas y cincuenta flexiones en el piso del dormitorio, esperando hacer bombear la sangre y ahuyentar la jaqueca. Durmió mal, con sueños que no recuerda acechando en el subconsciente; pero aun sin los detalles, ella presiente que fueron desagradables y aterradores.

La nieve deja de caer poco antes del amanecer, dejando diez o quince centímetros en Castle Rock y la mayor parte de Maine oriental. El reportero del tráfico en el Canal Cinco aconseja a los viajeros que aprovechan el receso de Navidad que se preparen para demoras. Gwendy llama a su padre y le informa que irá para despejar de nieve el camino de entrada y la acera, y que no aceptará un no por respuesta. Sorprendentemente, él accede sin reparos y le dice que en la mesa de la cocina la estarán esperando café caliente y sobras de la comida de ayer.

Gwendy se pone ropas abrigadas y se ata las botas, luego baja para limpiar su auto. Cuando termina de rasquetear las ventanas y sacudir el piso, se monta en el Subaru e inmediatamente enciende la calefacción. Ya está transpirando.

Colina abajo, ella avista un grupo de niños entretenidos en una pelea de batalla de bolas de nieve, en el parque. Puede escuchar los gritos entusiastas y los chillidos de placer incluso con las ventanillas subidas. Sonríe e intenta recordar hace cuánto que no le pega a alguien con una bola de nieve. Demasiado, considera.

Diez minutos más tarde, doble por Carbine Street y avizora las balizas rojas y amarillas de una ambulancia a lo lejos. Su primera preocupación es por la señora Goff, quien sufre ataques de vértigo ocasionales y ya se ha desmayado antes. La última primavera, pasó dos semanas en el hospital recuperándose de una cadera rota. Al acercarse, Gwendy se da cuenta de que la ambulancia está estacionada en la entrada de sus padres y alguien está siendo ingresado por la parte trasera en una camilla. Pisa los frenos y pisa el bordillo de la acera.

Su padre se tambalea en la puerta delantera, llevando el bolso de la señora Peterson en una mano y un abrigo en la otra. Su rostro está seco y pálido.

“¡Papá!” grita Gwendy, saltando del auto y encontrándose con él en la acera cubierta de nieve. “¿Qué pasó? ¿Mamá está bien?”

Ambos giran y ven cómo la ambulancia se aleja, desapareciendo calle abajo.

“No lo sé,” dice débilmente. “Comenzó a tener problemas poco después de que yo hablase contigo. Al principio, pensó que era porque había comido mucho anoche, pero luego el dolor empeoró. Estaba hecha un ovillo en la cama, llorando. Te estaba por llamar cuando empezó a vomitar sangre. Fue entonces que llamé a la ambulancia. No sabía qué más hacer.”

Gwendy aferra al padre por el brazo. “Hiciste lo correcto. ¿La llevarán al hospital del condado?”

Él asiente, con los ojos llenándoseles de lágrimas.

“Vamos,” dice ella, guiándolo hacia el cordón de la acera. “Yo te llevo.”


 

52

Solo hay un puñado de personas sentadas en los brillantes asientos anaranjados de plástico, en la sala de emergencias del hospital, a las 10 am. Un hombre mayor y calvo, restregándose el cuello lastimado por un accidente de la mañana; un adolescente con un profundo tajo en el labio y otro bajo el ojo derecho, hinchado y amoratado, producto de un percance con un trineo; y una joven pareja asiática sosteniendo a un par de gemelos gimientes de rostros rosados.

Cuando el señor Peterson ve al oncólogo de su esposa, el Dr. Celano, emerger de las puertas señaladas con NO ENTRAR, inmediatamente se para y va a su encuentro en mitad de la sala. Gwendy hace lo mismo.

“¿Cómo está ella, Doc?” pregunta.

“Le dimos algunos calmantes, así que está descansando. Ya no volvió a vomitar desde la ambulancia.”

“¿Qué es lo que tiene?” pregunta Gwendy.

“Me temo que los indicadores de su tumor han vuelto crecer,” dice el doctor con una expresión solemne.

“Oh, Jesús,” dice el señor Peterson, hundiéndose en el hombro de su hija.

“Sé que es difícil, pero trate de no alarmarse, señor Peterson. Los resultados de las pruebas de sangre del miércoles acaban de llegar esta mañana. Las ingresé en la computadora cuando supe de la llamada de la ambulancia, y muestran un preocupante incremento…”

“¿Un preocupante incremento?” dice el señor Peterson. “¿Qué quiere decir?”

“Quiere decir que muy posiblemente el cáncer haya regresado. Hasta el momento, no lo sabemos. La vamos a dejar internada para realizarle unos análisis.”

“¿Qué clase de análisis?” pregunta Gwendy.

“Ya le hemos extraído más sangre esta mañana. Cuando esté ubicada en un cuarto, realizaremos escaneos de abdomen y pecho.”

“¿Esta noche?” pregunta el señor Peterson.

Él niega con la cabeza. “No, no un domingo. La dejaremos descansar y la llevaremos a Radiología por la mañana.”

El señor Peterson mira más allá del doctor, a las puertas batientes. “¿La podemos ver?”

“Pronto,” dice el doctor Celano. “En cualquier momento la trasladarán al segundo piso. Una vez que esté en su habitación, bajaré y lo llevaré yo mismo.”

“¿Ella ya lo sabe?” pregunta Gwendy.

El doctor asiente. “Me pidió que fuese honesta con ella. Creo que sus palabras exactas fueron: ‘No me ande con rodeos. Dígamelo directamente.”

El señor Peterson sacude la cabeza, con los ojos brillantes de lágrimas. “Esa es mi chica.”

“Su chica es una luchadora,” dice el doctor Celano. “Así que intente ser lo más fuerte posible. Ella lo necesitará. A ambos.”


 

53

Gwendy abre la puerta de la casa donde creció, la única casa verdadera en la que vivió (con un garaje de verdad, aceras y patio) y entra. El interior está oscuro y en silencio. Inmediatamente enciende la luz del recibidor. Las llaves del auto de su padre yacen en el piso de madera, arrojadas por el pánico y descuidadas. Ella las levanta y las regresa a su lugar en la mesa del recibidor. Al entrar al living, enciende las lámparas a ambos lados del sofá. Así está mejor, piensa. Todo parece estar en su lugar. Uno nunca imaginaría el caos que se vivió allí esa mañana.

Sube las escaleras, deslizando la mano por la pulida baranda de madera donde cuelgan cuatro calcetines rojos. A medio camino por el pasillo alfombrado, echa un vistazo en la habitación de sus padres y es ahí cuando toda apariencia de normalidad queda destruida en un millón de pedazos. Las sábanas y cobijas están hechas un bollo en el suelo. Una de las almohadas y gran parte del cubrecama blanco están manchados con oscuras salpicaduras de sangre y restos de comida a medio digerir. Los pijamas de su padre están tirados en una pila en el piso a la entrada del pequeño closet. Todo el cuarto huele agrio, como a comida que sido dejada al sol y se ha echado a perder.

Gwendy se queda parada en la entrada, asimilándolo todo, y luego entra en acción. Se ocupa rápidamente de la cama, quitando sábanas, cobijas y fundas. Junta todo con los pijamas de su padre, lo lleva al sótano conteniendo la respiración, y lo arroja en el lavarropas. Una vez hecho esto, regresa arriba y rocía la habitación con una lata de aromatizante que había encontrado en el baño. Luego busca ropa de cama limpia en el closet y vuelve a arreglar la cama.

Al detenerse a examinar su trabajo, recuerda la razón por la que había vuelto a la casa. Encuentra un bolso y empaca una muda de ropa para su padre, un camisón limpio para su madre, y varios pares de calcetines. No sabe por qué agrega los calcetines extra, pero piensa que más vale prevenir que curar. A continuación entra al baño y junta un puñado de artículos. Los agrega al bolso, lo cierra y se dirige a la entrada.

Algo (un recuerdo, una sensación, no está segura) la hace detenerse frente a la puerta de su viejo dormitorio. Espía adentro. Aunque hace tiempo que lo convirtieron en una combinación de cuarto para huéspedes y salón de costura, Gwendy aún puede imaginarse claramente su habitación de la niñez. Su amado dressoir estaba en esa pared; su escritorio, donde escribió las primeras historias, frente a la ventana. Su biblioteca justo ahí junto al cesto de basura de la Familia Partridge; su cama, contra ese muro, debajo de su poster favorito de Billy Joel. Se inclina hacia dentro del cuarto y ve el largo y angosto closet donde su madre ahora almacena partes de ropas y elementos de costura. El mismo closet conde ella escondió la caja de botones todos esos años. El mismo closet donde el primer chico al que había amado murió violentamente frente a sus ojos, con la cabeza destrozada por ese monstruo de Frankie Stone.

Y la maldita caja.

“¿Qué quieres de mí?” pregunta repentinamente con la voz tensa y dura. Entra más aun en la habitación, girando lentamente. “¡Hice lo que me pediste y solo era una maldita niña! ¡Entonces, por qué volviste!” Ahora está gritando, el rostro convertido en una máscara de odio. “¿Por qué no te muestras y dejas de jugar?”

La casa responde con silencio.

“¿Por qué yo?” susurra al cuarto vacío.


 

LATER de Stephen King EN ESPAÑOL - Capítulo 14

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