jueves, 24 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 34 y 35

 


34

Cuarenta y ocho horas de holgazanería (ella intenta decirse que no era vagancia, sino relajación y distensión; pero no se lo cree) es todo lo que Gwendy puede tolerar. El miércoles se despierta al amanecer y sale a correr.

Cae un aguanieve granulosa y los caminos están resbalosos por el hielo; pero Gwendy no afloja, y sigue adelante con la capucha de la sudadera bien ceñida a su rostro. Generalmente, correr por el centro de Castle Rock es una experiencia reconfortante para Gwendy. Sigue su ruta habitual: por Main Street, evitando las aceras llenas de nieve, pasa la Municipalidad, la biblioteca y el Western Auto, rodeando el largo camino alrededor del hospital y dirigiéndose a calle arriba después del salón de los Caballeros de Columbia, y regresa hacia View Drive. Y tiene una sensación de equilibrio en su vida, de pertenencia. Ha viajado por todo el país debido a su trabajo (primero como ejecutiva, luego como escritora/cineasta, y finalmente como servidora pública) pero solo hay un Castle Rock, Maine. Tal y como su madre le ha dicho al extraño de sombrero negro en el mal, este es su hogar.

Pero algo no está bien hoy.

Esta mañana ella se siente como una visitante viajando por un paisaje extraño y poco amistoso. Su mente está dispersa y distraída; sus piernas, lentas y pesadas.

Al principio ella achaca esta sensación a la forma en que había terminado su conversación con Ryan la noche anterior, tan abrupta e inquietante. Después de cortar, se durmió llorando de preocupación.

Pero cuando pasa frente a la estación del sheriff mientras corre calle arriba, se da cuenta de que es algo totalmente diferente. Por primera vez, ella entiende cuánto le aterra la difícil tarea que debe cumplir esa mañana.


 

35

La primera impresión que Gwendy tiene de Caroline Hoffman es la de una mujer acostumbrada a salirse con la suya.

Cuando Gwendy ingresa en la estación de policía a las 9:50 (diez minutos antes de la reunión), espera que los Hoffman no hayan llegado aún, así ella y el Sheriff Ridgewick tienen tiempo para discutir la investigación.

En vez de eso, los tres la están esperando en el salón de conferencias. No hay señales de Sheila Brigham, la eterna ordenanza del departamento de policía de Castle Rock, así que el oficial George Footman acompaña a Gwendy hasta el lugar de la reunión y cierra la puerta al salir.

El Sheriff Ridgewick está sentado en el costado de una larga y angosta mesa, con una silla vacía junto a él. El señor y la señora Hoffman se encuentran frente a él, al otro lado de la mesa, con una silla vacía separándolos. Ambos conforman una pareja interesante. Frank Hoffman es de estatura media, usa lentes y lleva un traje marrón arrugado que ha conocido mejores días. Tiene círculos oscuros alrededor de sus ojos y una nariz fina que ha sido rota más de una vez. Caroline Hoffman es al menos siete o diez centímetros más alta que su marido, y robusta y ancha de hombros y pecho. Podría ser una mujer leñadora, algo no inusual en esta parte del mundo. Usa tejanos y una camiseta gris de Harley Davidson con las mangas enrolladas. El tatuaje de un ancla decora un fornido antebrazo.

“Perdón por la demora,” dice Gwendy, sentándose junto al sheriff. Coloca su bolso de cuero en la mesa, pero rápidamente lo quita y lo deja en el piso cuando se percata de que está goteando nieve derretida. Usa la manga del suéter para limpiar el charquito que había dejado.

“Buen día, congresista,” dice el Sheriff Ridgewick.

“¿Ya podemos empezar?” pregunta la señora Hoffman, mirando al sheriff con una mirada punzante.

“Seguro.”

Gwendy se inclina y extiende su mano, primero al señor Hoffman y luego a su esposa. “Buen día, soy Gwendy Peterson. Lamento mucho conocerlos en estas circunstancias.”

“Buen día,” dice el señor Hoffman con una voz sorprendentemente grave.

“Sabemos quién es usted,” dice la señora Hoffman, limpiándose la mano en el pantalón como si hubiese tocado algo desagradable. “La pregunta es, ¿cómo nos va a ayudar?”

“Bueno,” dice Gwendy, “Haré lo que esté dentro de mis posibilidades para ayudar a encontrar a su hija, señora Hoffman. Si el Sheriff Ridgewick necesita…”

“Su nombre es Carla,” interrumpe la mujerona, entrecerrando los ojos de nuevo. “Lo menos que puede hacer es decir su maldito nombre.”

“Por supuesto. Haré lo que pueda para encontrar a Carla. Si el sheriff necesita personal extra, me aseguraré de que lo tenga. Si precisa de más equipo o vehículos, también me ocuparé. Lo que sea que haga falta.”

La señora Hoffman mira al Sheriff Ridgewick. “Lo que el sheriff necesita es alguien que venga y le enseñe a hacer bien su trabajo.”

Gwendy se pone tensa. “Aguarde un minuto, señora Hoffman…”

El sheriff toma a Gwendy del antebrazo, haciéndola callar. Luego mira a los Hoffmans. “Amigos, sé que están desesperados por respuestas. Entiendo que no estén felices con los progresos de la investigación.”

La señora Hoffman ríe con sorna. “Progresos.”

“Pero les aseguro que mis hombres y yo estamos trabajando a tiempo completo para investigar cualquier indicio de posible evidencia. Nadie descansará hasta que sepamos qué le sucedió a su hija.”

“Es que estamos muy preocupados,” dice el señor Hoffman. “Ambos estamos enfermos de preocupación.”

“Lo entiendo,” dice el sheriff. “Todos lo entendemos.”

“Jenny Tucker, la de la peluquería, dice que sus muchachos estuvieron revisando la granja Henderson ayer,” dice la señora Hoffman. “¿Me quiere decir por qué?”

El sheriff suspira y sacude la cabeza. “Jenny Tucker es la más chismosa del pueblo. Usted lo sabe.”

“Eso no quiere decir que mienta.”

“No, para nada. Pero en este caso no es verdad. Hasta donde sé, nadie ha ido a la casa de los Henderson.”

“¿Por qué no?” presiona la mujer. “Según escuché, estuvo preso en Shawshank cuando era joven.”

“Diablos, señora Hoffman, la mitad de los trabajadores rústicos de Castle Rock estuvieron presos en algún momento. No podemos andar revisando todas sus casas.”

“Díganos esto,” dice ella, inclinando la cabeza al costado como un gallo enfurecido. “Y por una vez denos una respuesta directa. ¿Qué tienen? Después de una semana entera dando vueltas en círculos, ¿qué es lo que tienen?”

El Sheriff Ridgewick suelta un largo suspiro. “Ya hablamos de esto. No puedo decirles más de lo que les he dicho hasta ahora. Para proteger la integridad de la investigación…”

La señora Hoffman estrella un pesado puño sobre la mesa, sorprendiendo a todos. “¡Patrañas!”

“Caroline,” dice el señor Hoffman, “tal vez deberíamos…”

La mujer se vuelve hacia su marido con los ojos en llamas. Las gruesas venas del cuello parecen que van a explotar. “No tienen nada, Frank. Como te dije. No tienen una maldita cosa.”

Gwendy ha estado escuchando todo con una sensación de asombro desconectado, como si estuviese en la primera fila de la audiencia en un show vespertino. Pero algo dentro de ella se despierta. Alza la mano en un esfuerzo por tomar control de la sala y dice, “¿Por qué no nos tomamos un minuto y comenzamos de nuevo?”

Mirando a Gwendy, la señora Hoffman se levanta repentinamente, tumbando la silla. “¿Por qué no te guardas esa mierda optimista para los tipos de aquí que fueron lo suficientemente tontos como para votarte?” Patea la silla, salpicando saliva por la comisura de la boca. “¡Vienes aquí con tus ropas elegantes y tus botas de quinientos dólares, tratando de deslumbrarnos como si fuéramos estúpidos o algo así!” Abriendo de un portazo, abandona el recinto.

Gwendy se queda mirando fijamente a la mujer con la boca abierta. “Yo no quise… Solo intentaba…”

El señor Hoffman se pone de pie. “Congresista, sheriff, deben disculpar a mi esposa. Está muy alterada.”

“No hay problema,” dice el sheriff, acompañándola a la puerta. “Nosotros entendemos.”

“Pido disculpas si algo que dije empeoró las cosas,” dice Gwendy.

El señor Hoffman sacude la cabeza. “Las cosas no pueden empeorar más, señora.” Mira con atención a Gwendy. “¿Usted tiene hijos, congresista?”

Gwendy intenta tragar el nudo que crece en su garganta. “No, no tengo.”

El hombre baja la vista y asiente, pero no dice nada más. Luego sale del salón.

El Sheriff Ridgewik lo observa alejarse y se vuelve a Gwendy. “Eso salió bien.”

Gwendy mira a su alrededor, sin saber qué hacer. Todo ocurrió tan rápido que su cabeza está girando. Finalmente espeta, “Yo compré estas botas en una barata.”


 

miércoles, 23 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 32 y 33

 


32

El aire gélido se siente bien en los pulmones de Gwendy, y el ardor en sus piernas es como reencontrarse con un viejo amigo. Luego de dejar a su mamá en la casa, no quería otra cosa que llegar a su condominio e ir directo a su cama; pero su cerebro tuvo otras ideas. Especialmente después del susto que había vivido en el mal.

Sigue Pleasent Roads cuesta abajo por la colina ventosa, la calle bien iluminada y alegre con metros y metros de luces navideñas titilantes, hasta que llega a la ruta 117. Aquí el camino se hace más oscuro, solo hay algunos postes de luz solitarios que dibujan unos mortecinos círculos de enfermiza luz amarillenta sobre el suelo, y ella aumenta el ritmo, dirigiéndose hacia el viejo puente techado que cruza el arroyo Bowie.

Correr es, para Gwendy, tanto un acto de meditación como una forma de ejercicio. En los raros días de mal clima cuando se ve forzada a ejercitarse en la cinta sinfín o en el Stair Master de la Universidad, escucha música en su walkman Sony (generalmente algo alegre y divertido como Britney Spears o los Backstreet Boys, razón por la cual Ryan nunca se olvida de burlarse); pero durante sus excursiones en el exterior, casi siempre prefiere correr en silencio. Solo ella y sus pensamientos más profundos, los sonidos familiares de la ciudad o la campiña, y el golpeteo rítmico de sus zapatillas castigando el asfalto.

Esta noche, ella piensa en su marido.

Por supuesto, está preocupada por él y teme que no llegue a casa para Navidad; pero sabe que esas inquietudes están fuera de su control y son un poco egoístas. Ryan tiene trabajo que hacer, una tarea a veces peligrosa que ama con todo su corazón, y ella apoya esa pasión incondicionalmente, como él lo hace con la suya. Es parte de lo que hace que ambos funcionen tan bien juntos. En la vida diaria, ellos prefieren la simplicidad de la compañía mutua (un paseo por el bosque, un juego de rummy en la mesa de la cocina, una función doble en el autocine) antes que los eventos de etiqueta y las suntuosas inauguraciones de arte; pero cuando el trabajo llama ambos conocen las reglas. La verdadera pasión casi siempre viene acompañada de sacrificios.

¿Entonces por qué esta vez estoy angustiada? Se pregunta Gwendy, mientras se acerca al viejo puente. Este no es el primer contratiempo. Ryan ha debido marcharse docenas de veces desde que están juntos.

Una serie de respuestas pasan por su cabeza mientras corre: es por las festividades; es porque su madre aún se está recuperando de una enfermedad grave; porque la caja de botones ha regresado a su vida y ella no tiene idea de qué hacer con ella.

Gwendy considera la pregunta durante un rato más, luego elige la opción Todas Las Anteriores y retoma el paso, enfocándose en el camino que tiene por delante.

La luz de calle empotrada en las tablas exteriores del puente está a oscuras, debido seguramente a que se convirtió en el blanco de un pueblerino aburrido con un rifle calibre .22. La entrada se abre ominosa como una boca oscura y hambrienta, pero Gwendy no se detiene. Entra en el corazón del túnel a oscuras, rodeada por los ecos de sus pisadas veloces, recordando (como cuando era una niña) la leyenda del troll malvado que vivía debajo del puente.

Es solo una historia, se dice a sí misma, balanceando los brazos. Nada te va a atrapar. Nada saltará de las vigas para…

Está a unos metros de la salida cuando escucha un sonido en la oscuridad que se cierra a sus espaldas. Unos rasguños furtivos, como garras sobre el pavimento. Un dedo de terror recorre el largo de su columna. Ella no quiere girarse y mirar, pero no lo puede evitar. Un par de ojos anormalmente juntos, sin pestañear y sanguinolentos, la observan desde las sombras. Gwendy siente que sus piernas comienzan a flaquear y las obliga a mantenerse firmes, a medida que su aliento se acelera y agita. Cuando deja de mirar, ya ha salido del puente y está de nuevo bajo las estrellas, en la ruta 117.

Probablemente algún estúpido mapache, piensa Gwendy, esquivando un bache del camino. Inspirando profundamente el aire frío, sigue corriendo, ahora un poco más rápido, y no vuelve a mirar atrás.


 

33

Cumplidas todas sus compras navideñas, y con la correspondencia al día, Gwendy pasa el lunes y martes anteriores a Navidad enfrascada en una rutina perezosa, casi escandalosa. Para ella, al menos.

En la mañana del lunes, duerme hasta tarde (se despierta casi noventa minutos después de las seis, como acostumbra, luego de haberse obligado la noche anterior a apagar la alarma) y se queda en la cama hasta cerca del mediodía, viendo noticiarios y películas en el cable. Después de un lujoso y prolongado baño de espuma, prepara un almuerzo liviano y se retira al solárium, donde se estira sobre el sofá y alterna entre mirar por el ventanal y soñar despierta, mientras lee el nuevo thriller de Ridley Pearson hasta bien entrada la tarde. Una vez que el sol de diciembre comienza su inevitable declinación hacia el horizonte, marca la página, deja el voluminoso libro sobre una mesa y sube las escaleras para cambiarse de ropa. Luego agarra sus llaves y se va a cenar a la casa de sus padres.

Luego de casi tres meses de ausencia en la cocina, la señora Peterson finalmente se siente lista para volver a cocinar. Bajo la mirada vigilante de su marido, ella prepara y sirve una cacerola humeante de bistec stroganoff y una bandeja con forma de árbol navideño repleta de arrollados caseros. La comida es deliciosa, y la señora Peterson se muestra tan abierta y totalmente satisfecha consigo misma que su sonrisa le arranca unas lágrimas a su esposo.

Luego de cenar, Gwendy y su padre echan a la señora Peterson mientras levantan la mesa y lavan los platos. Luego se unen a ella para mirar Villancico de Navidad por televisión, y abren un nuevo rompecabezas.

Unos minutos antes de las nueve, Gwendy se despide de sus padres y regresa al condominio. Se plantea salir a correr, pero luego se arrepiente. En vez de eso, marca la combinación de tres dígitos de la caja fuerte y saca la caja de botones.

Le hace compañía a los pies de la cama mientras ella se pone una bata y se cepilla los dientes. Descubre que habla cada vez más y más con la caja, como hacía cuando era más joven. La caja no contesta, claro, pero ella está casi segura de que escucha – y observa. Antes de guardarla se sienta al borde del colchón, coloca la caja sobre regazo y aprieta la palanca que está junto al botón rojo. La delgada bandeja se desliza hacia afuera, portando un minúsculo mono de chocolate. Ella admira los detalles, y luego lentamente lo levanta hasta su nariz e inhala. Sus ojos se cierran. Al abrirlos de nuevo, se levanta y camina con decisión hasta el baño donde arroja el chocolate por el inodoro. A diferencia de la última vez, no hay pánico ni lágrimas. “¿Ves?” le dice a la caja cuando regresa al dormitorio, “Yo tengo el control aquí. No tú.” Y luego retorna la caja a la pequeña bóveda de seguridad y se va a dormir.

El martes es más o menos una repetición del día anterior, y hay momentos en que Gwendy no puede evitar el recuerdo de escenas de Hechizo de tiempo, esa tonta película que Ryan ama tanto.

Comienza el día durmiendo de nuevo hasta tarde y remoloneando en la cama la mayor parte de la mañana. Después toma un largo baño, termina la novela de Pearson poco antes del almuerzo, y devora los primeros cuatro capítulos de lo nuevo de John Grisham.

Su ánimo no es demasiado festivo, pero se obliga a sacar el árbol artificial y la caja de adornos de su rincón. Arma el árbol en la esquina de la sala y cuelga la corona del año pasado en la puerta. Cuando el ocaso desciende sobre Castle Rock, sube a cambiarse y se va a la casa de sus padres para otra dosis de cocina de mamá. En el menú de esta noche hay lasaña y ensalada, y Gwendy devora dos generosas porciones de cada una. Luego de cenar, ella y su padre se encargan una vez más de los platos, y después se unen a la señora Peterson en la sala de estar. La función de esta noche es Blanca Navidad; cuando la película llega a su fin y comienzan a pasar los créditos, el señor Peterson asombra tanto a su esposa como a su hija al enrollar sus pantalones, en su mejor imitación de Bing Crosby, y realizar la rutina completa de “Sisters”. La señora Peterson, sin darle crédito a sus ojos, colapsa en el sofá riendo tan fuerte que termina en un acceso de tos, haciendo que su marido corra a la cocina por un vaso de agua. Ella toma un largo trago, comienza a hipar y suelta un tremendo eructo – y los tres rompen en carcajadas delirantes otra vez. La fiesta termina poco después, y Gwendy vuelve a su casa acompañada por las ráfagas de nieve que bailan frente a los rayos de luz de los faros del auto.

Se toma su tiempo, conduciendo por el pueblo, y llega a su casa exactamente a las nueve y media, haciendo malabares con la pila de Tupperwares que su mamá le entregó, y que casi se le cae. Sobró suficiente lasaña, stroganoff y cheescake para bien entrado el año nuevo. Está luchando por abrir el refrigerador cuando suena su celular. Gwendy mira la mesada donde había dejado el teléfono junto a sus llaves y vuelve su atención al refrigerador. Desliza el recipiente más grande en el estante superior, junto a cartones medio vacíos de leche y jugo de naranja, y está tratando de hacer lugar en un estante más abajo cuando el celular suena otra vez. Ella lo ignora y guarda los otros dos recipientes, uno detrás del otro. El teléfono suena por tercera vez cuando Gwendy está cerrando la puerta del refrigerador, y es casi como si un rayo cayese del cielo y golpeara algún nervio dentro de ella.

Ella corre a atender, mirando al suelo.

“¿Hola? ¿Hola?”

Al principio no hay nada. Y luego, una explosión de estática.

“¿Hola?” dice de nuevo, embargada por el desaliento. “¿Hay alguien…?”

“Ey, bebé… Estaba por colgar.”

Cada músculo de su cuerpo se afloja, y debe apoyarse en la mesa para no caer. “Ryan…” dice, pero en un suspiro.

“¿Estás ahí, Gwen?”

“Aquí estoy, cariño. Feliz de oír tu voz.” Ahora llegan las lágrimas, derramándose en el rostro de la muchacha.

“Escucha… No sé cuánto aguantará esta línea. Ni siquiera hemos podido cumplir con los reportes de las revistas, ni de ningún diario… ayer… fuego por todo el lugar.”

“¿Estás bien, Ryan? ¿Estás a salvo?”

“Estoy bien. Quería decirte… cuidándome y haciendo lo imposible… volver a tu lado.”

“Te extraño horrores,” dice ella, incapaz de ocultar el dolor de su voz.

“Yo también te extraño, nena… sé cuándo podré llamarte de nuevo, pero lo intentaré… para Navidad.”

“Se está cortando.”

Unos chasquidos intermitentes de estática se apoderan de la línea. Gwendy aparta el teléfono de su oreja y espera que el sonido aminore. Entre el ruido, escucha la voz de su marido que se va desvaneciendo: “… te amo.”

Ella arrima otra vez el teléfono a su oreja. “¿Hola? ¿Sigues ahí? ¡Por favor cuídate, Ryan!” Ahora, está casi gritando.

La línea emite un crujido y queda en silencio. Ella sigue apretando el teléfono a oreja, escuchando y deseando oír una palabra más (cualquier cosa); pero nunca llega.

“Yo te amo más,” susurra, y corta la llamada.


 

martes, 22 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 30 y 31

 


30

Gwendy pasa la mayor parte de la tarde dominical de Navidad haciendo compras con su mamá. Su primera parada es en Walmart, donde Gwendy elige un par de rompecabezas para su padre, y la señora Peterson coge el último walkman Sony disponible en el estante para Blanche Goff, su vecina y amiga de muchos años, “así lo usa durante sus paseos mañaneros alrededor de la pista de la escuela."

El celular de Gwendy suena mientras se dirigen al estacionamiento. Es su padre, llamando para saber cómo está su mamá. Gwendy la mira y dice que está todo bien, prometiendo que la vigilará. Antes de cortar, la señora Peterson le quita el celular de las manos y dice, “Mira tu partido de football y déjanos en paz, vejete.” Ambas se suben al Subaru, amontonando sus bolsas en el asiento trasero y riendo como un par de adolescentes.

Lo cierto es que Gwendy ha estado vigilando atentamente a su madre, y hasta el momento está encantada con lo que ha visto. La señora Peterson aún luce algo frágil, y definitivamente camina más lento; pero es lo esperable después de todo lo que acaba de atravesar. Más importante aún, al menos para Gwendy, es el hecho de que la actitud alegre de su madre y su punzante sentido del humor han regresado, sin mencionar la dulce sonrisa que siempre la caracterizó. Durante las ocho semanas de quimioterapia, mucho de eso se había perdido.

Después de Walmart, las dos mujeres tomaron un almuerzo ligero en Crackel Barrel y se dirigieron al mal en la ruta 119. El establecimiento de dos pisos está tan abarrotado y ruidoso como un partido de football el viernes por la noche (pareciera que la mitad de los adolescentes de Castle Rock se encuentra allí esa tarde) pero eso no le afecta a su diversión. Gwendy y su mamá pasan las siguientes horas buscando los últimos regalos de sus listas, tomando helados de dos bochas mientras observan a la gente en el patio de comidas y cantando junto a la selección interminable de villancicos que suenan en los altoparlantes del mall.

En la parada final del día, Gwendy deja a su mamá en un banco fuera de una tienda de artículos deportivos, y entra a comprar un equipo impermeable para cuando Ryan practica kayak. Fue el único pedido que él le hizo antes de marcharse, y ella está decidida a ponerlo bajo el árbol navideño hasta que  regrese. Gwendy está guardando el recibo en su bolso sin mirar por dónde camina, cuando se tropieza con otro cliente al salir de la tienda.

“Lo siento,” dice Gwendy; levanta la mirada y ve quién es. “¡Oh, Dios mío, Brigette!”

La mujer, alta y rubia, ríe y alza la bolsa de compras que había escapado de sus manos. “La misma Gwendy de siempre, corriendo hacia algún lugar.”

Brigette Desjardin iba dos años más avanzada que Gwendy en la secundaria de Castle Rock. Por aquellos días, ambas practicaban atletismo y pasaban mucho tiempo juntas en sus casas.

“No te había visto desde cuándo… ¿el desfile del cuatro de julio?” pregunta Gwendy, abrazando a su amiga.

“Ese día también me chocaste.”

Gwendy se cubre la boca. “Oh, Dios mío, tienes razón, lo siento.” Gwendy le había tirado un vaso de limonada de la mano a Brigette encima del vestido veraniego nuevo. “Nunca supe ser tan torpe, pero creo que me estoy poniendo al día por el tiempo perdido estos últimos años.”

“Está bien Gwendy,” dice Brigette, riendo. “Creo que hay una forma de que me compenses.”

“Dime.”

Brigette enarca las cejas. “Bueno, seguramente no te enteraste, pero fui electa presidenta de la PTA en septiembre.”

“Eso es genial,” dice Gwendy con sincera admiración. “Felicitaciones.”

“Oh, bueno.” Brigette levanta los ojos y sonríe. “Señorita senadora estrella.”

“No soy una…”

“De cualquier forma, estoy a cargo de la celebración de Año Nuevo; si el clima lo permite, la haremos en exteriores. Me preguntaba…”

Gwendy no dice nada. Adivina lo que viene a continuación.

“… si podrías pasar y decir algunas palabras?”

Uno de los dichos favoritos de su madre pasan por su mente: No elijas lo más fácil de hacer, elige lo correcto.

“Solo serían tres o cuatro minutos, pero entiendo si no puedes o si ya tienes otro…”

Gwendy coloca una mano en el hombro de su vieja amiga. “Será un placer.”

Brigette chilla y echa sus brazos alrededor de Gwendy. “¡Gracias, gracias! No tienes idea de cuánto significa para mí.”

“Solo asegúrate de no tener una taza de chocolate en la mano cuando me veas llegar.”

Brigette lanza unas risitas, aflojando su abrazo. “Hecho.”

“Te llamaré la próxima semana para que me digas cuándo y dónde ir.”

“Perfecto. Muchas gracias.” Comienza a alejarse, y luego se voltea. “Feliz Navidad para ti y tu familia.”

“Feliz Navidad. Me alegra haberme chocado contigo.”

Gwendy gira y comienza a vadear el mar de gente que hay en el pasillo. A medio camino del banco donde había dejado a su madre, la señora Peterson se hace visible y Gwendy levanta una mano – pero se queda paralizada.

Su madre no está sola.

Con una puñalada de terror perforándole el pecho, Gwendy comienza a abrirse camino a empujones.


 

31

“¿Quién era ese?” pregunta Gwendy, casi gritando, buscando frenéticamente entre la multitud de compradores detrás del banco. “¿Quién estaba hablando contigo?”

La señora Peterson la mira sorprendida. “¿Qué… qué ocurre?”

“El hombre con sombrero negro, el que estaba hablando contigo… ¿lo conoces?”

“No. Dijo que estaba visitando a unos amigos en el pueblo. Me hizo un par de preguntas y se fue.”

“¿Qué amigos?”

“No le pregunté,” dice la señora Peterson. “¿Qué ocurre, Gwen?”

Ella ahora está en puntillas, aún buscando entre la multitud. “¿Qué tipo de preguntas te hizo?”

“Bueno, déjame ver… me preguntó si me gustaba Castle Rock. Le dije que había vivido aquí toda mi vida, que era mi hogar.”

“¿Qué más?”

“Quería saber si le podía recomendar un buen restaurante. Dijo que no había tenido una comida decente en semanas y que estaba muy hambriento, lo que me pareció extraño considerando lo bien que estaba vestido.”

“¿Qué más?”

“Eso fue todo. Fue una conversación breve.”

“¿Cómo se veía? ¿Puedes describirlo?”

“Él era…” Piensa por un momento. “Alto y delgado, y probablemente de tu edad. Creo que tenía ojos azules.”

La señora Peterson se para y toma sus bolsas de compra. “¿Ahora me dirás qué está pasando, o debo comenzar a preocuparme por ti también?”

Pensando rápido, Gwendy mira a su mamá con su habitual cara de póquer. “Hay un reportero que ha estado molestándome las últimas semanas. Es persistente y no demasiado agradable. Por un momento, temí que me hubiese seguido hasta aquí desde el DC.”

“Oh, querida,” dice la señora Peterson, y Gwendy se siente terrible por mentirle. “Este caballero parecía muy amable, pero supongo que uno nunca sabe, ¿cierto?”

Gwendy asiente rápidamente. “Cada vez es más difícil, eso seguro.”

domingo, 20 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 28 y 29

 


28

La primera persona que Gwendy ve cuando entra en el Castle Rock Diner, la mañana de domingo, es el Viejo Pilkey, el administrador de correos jubilado. Hank Pilkey va por los noventa años y tiene un ojo izquierdo de vidrio, resultado de un accidente de pesca. Los rumores aseguran que su segunda esposa, Ruth, se emborrachó y provocó la herida durante su luna de miel en Nueva Escocia. Cuando Gwendy era niña, le aterrorizaba el anciano y odiaba acompañar a sus padres hasta el correo los sábados por la mañana. No era que le asustase o le diese asco el brillante ojo artificial. Simplemente temía entrar en algún extraño trance de observación e incomodar al viejo o, peor aún, avergonzarlo.

Afortunadamente, años de práctica han ayudado a mitigar los miedos de Gwendy, y cuando abre la puerta de la cafetería (con un par de volantes que dicen ¿HA VISTO A ESTA CHICA? adheridos al grueso vidrio) unos minutos antes de las diez, y el Viejo Pilkey la ve con una sonrisa desdentada, salta de su taburete frente al largo mostrador de fórmica y abre sus desvencijados brazos para saludarla, Gwendy lo mira a los ojos y lo abraza con un afecto sincero.

“Aquí está nuestra heroína local,” carraspea, aferrando sus hombros con dedos huesudos y sosteniéndola a cierta distancia para poder verla mejor.

Gwendy ríe y se siente mejor luego de la larga noche que acaba de vivir. “¿Cómo está, señor Pilkey?”

“Bien nomás,” dice, sentándose en el taburete. “Bien nomás.”

“¿Y la señora Pilkey?”

“Desagradable como siempre, y el doble de dulce.”

“Las palabras justas para describirlos a ambos,” dice Gwendy y le guiña el ojo. “Disfrute su domingo, señor Pilkey.”

“Tú también, jovencita. Saludos a tus padres.”

Gwendy se dirige a una mesa desocupada junto a la ventana, saludando a otros parroquianos, varios de ellos vestidos para la iglesia, y se sienta. Echando un vistazo a su alrededor, calcula que conoce a dos tercios de la gente presente. Tal vez más. También calcula que probablemente la mitad votó por ella en noviembre. Castle Rock es su hogar, pero sigue siendo (y probablemente siempre lo sea) un reducto republicano.

“Me parecía que eras tú.”

Gwendy alza la vista, sorprendida.

“Jesús, Norris. Me asustaste.”

“Lo siento,” dice él. “Todo el maldito pueblo está exaltado.” Hace un gesto hacia la silla vacía. “¿Te molesta si me siento?”

“Por favor,” responde Gwendy.

El sheriff se sienta y ajusta su pistolera en la cadera. “Recibí tu mensaje. Iba a llamarte esta mañana, pero antes necesitaba un café. Una noche larga.”

Norris Ridgewick es dos años mayor que Gwendy y ha ocupado la oficina del Sheriff desde que se la ganó a Alan Pangborn a fines de 1991. Con apenas un poco más de 1,70 metros y menos de setenta kilos (contando el uniforme, zapatos y arma), el sheriff no impresiona demasiado en lo físico; pero lo compensa con creces gracias a su efectividad y gentileza. Gwendy siempre ha creído que Norris esconde un profundo pozo de tristeza en su interior, seguramente por haber perdido a su padre cuando solo tenía catorce años, y a su madre una década después. A Gwendy le agrada mucho.

“¿Por qué tan tarde?” pregunta ella. “¿Alguna novedad de las niñas?”

Los ojos del sheriff se pasean por la cafetería. Gwendy sigue su mirada y nota que varios de los clientes han dejado de comer y los están observando. “No mucho,” dice él bajando la voz. “Estamos revisando algunas pistas relacionadas con la chica Tomlinson. Un maestro temporario de su escuela. Un guardia de seguridad en la academia de baile a la que iba. Pero ninguno es lo que llamaría… un sospechoso principal.”

“¿Y la chica Hoffman?”

Él se encoge de hombros y agita la mano para llamar a la mesera. “Esa está aún más difícil. Achicamos la línea temporal a solo catorce minutos. Ese es el tiempo que el hermano estuvo fuera de la casa. En esos catorce minutos alguien rompió el vidrio de la puerta trasera, entró en la casa, sacó a Carla Hoffman de su dormitorio y desapareció sin dejar rastros.”

“Sin dejar rastros,” repite Gwendy en un suspiro.

Él asiente. “O sin demasiado problema, evidentemente. No hay huellas en la puerta ni en ningún lugar de la casa. Había nevado esa mañana pero los chicos tuvieron una lucha de bolas de nieve en el patio, así que era un desastre. Ninguna posibilidad de encontrar huellas de botas –o de pies. Podría haber llegado en auto; sin embargo, ninguno de los vecinos vio ni oyó nada.”

“¿Y surgió algo por el lado de las colaboraciones? Vi que los Hoffman pusieron una recompensa.”

“Un montón de llamadas… pero solo un puñado de ellas vale la pena investigar, que es lo que estamos haciendo.”

“¿Nada más?”

El sheriff se encoge de hombros. “Nos estamos rompiendo la cabeza para hallar una conexión entre las dos niñas, pero hasta ahora no hay nada. Viven en diferentes vecindarios, van a distintas escuelas, no comparten el color de cabello, ni el físico, ni los pasatiempos. Nada indica que se conociesen entre sí, o que tuviesen amigos en común. Ninguna tiene novio ni se ha metido en ningún tipo de problema.”

“¿Existe la posibilidad de que las desapariciones no estén relacionadas?”

“Lo dudo.”

“¿Qué te dicen tus instintos?”

“Que necesito un café.” El hombre da otra vez un vistazo alrededor, en busca de la mesera.

Gwendy le echa una mirada llena de irritación.

“¿Qué?” pregunta él. “¿Tú crees en esas patrañas del instinto?”

“Sí”, dice ella.

El sheriff toma un profundo aliento, luego exhala. Mira por la ventana antes de encontrarse de nuevo con los ojos de Gwendy. “Muchas cosas raras han ocurrido en el pueblo durante los años, eso ya lo sabes. El Gran Incendio del ’91, Frank Dodd, el hombre de la bolsa, asesinando a esa gente; el sheriff Bannerman y esos otros hombres destrozados por aquel San Bernardo rabioso… Diablos, incluso las Escaleras de los Suicidios. El que crea que fueron derribadas por un terremoto, es demasiado ingenuo.

Gwendy le ofrece su mejor cara de póquer, una expresión que perfeccionó luego de un año en Washington D.C.

“Espero estar equivocado,” dice él, respirando pesadamente, “pero tengo el presentimiento de que nunca volveremos a ver a esas niñas. No vivas, al menos.”


 

29

Luego del desayuno, Gwendy cruza la calle hacia la librería  y coge las ediciones dominicales de The New York Times  y The Washington Post. La dueña, una mujer elegante en sus cincuenta llamada Grace Featherstone, la saluda con un abrazo y varios minutos de coloridas e ininterrumpidas quejas hacia el presidente Hamlin. Gwendy permanece ante el mostrador, incapaz de meter una palabra, asintiendo con entusiasmo. Cuando la mujer finalmente toma un respiro, Gwendy paga por los periódicos y un paquete de mentas. Luego sale y se sienta en el auto, hojeando ambas publicaciones en busca de noticias sobre Timor o, más importante, fotografías de Timor.

Varios años antes, Ryan había sido enviado a Brasil para cubrir la historia de unas aldeas costeras que secuestradas y eventualmente destruidas por un capo local de las drogas. Vivió tres semanas escondido en la jungla con guerrilleros armados, imposibilitado de cualquier contacto con su hogar. Durante ese tiempo, la única forma que tuvo Gwendy de confirmar que él estaba a salvo fueron los créditos en las fotografías de los diarios y en un puñado de sitios web. Desde entonces, en épocas iguales de difícil, este método se convirtió en el último recurso de Gwendy. Con solo ver el nombre de Ryan en letras pequeñas junto a una de sus fotografías, su corazón se calmaba durante un día o dos, hasta que aparecía la siguiente foto.

Gwendy revisa dos veces ambos periódicos (sus dedos se van ennegreciendo con la tinta fresca, el asiento del pasajero va desapareciendo bajo una montaña de páginas sueltas y publicidades) pero no encuentra ninguna foto. Cada diario presenta un breve artículo, pero están enterrados en las páginas secundarias y la mayoría son reelaboraciones de viejas historias. La Associated Press informó recientemente que una fuerza de la ONU compuesta principalmente por personal de la Fuerza Aérea Australiana fue desplegada en Timor Oriental para establecer y garantizar la paz. Aparte de eso, no se sabía mucho más.


 

sábado, 19 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 25, 26 y 27

 


25

Gwendy abre sus ojos al oscuro silencio de la habitación, desorientada por la ausencia de luz en la ventana, y momentáneamente olvida quién es ella. Se escabulle en el baño para orinar y experimenta un pico de pánico en el pecho cuando recuerda la cena con sus padres.

Después de guardar la caja de botones en una caja de seguridad a prueba de incendios en la oficina que comparte con Ryan, ella pasa los siguientes cinco minutos buscando sus llaves. Finalmente las encuentra en el bolsillo dela chaqueta sobre el piso, y se apresura hacia la puerta, decidida a no llegar tarde.

Conduciendo más rápido de lo aconsejable en ese camino resbaladizo, se encuentra a una cuadra de la casa de sus padres cuando vuelve a pensar en la caja. “Debería estar segura en la mini bóveda,” dice en voz alta y se ríe.

Esa caja fuerte fue idea de su marido. Convencido de que necesitaban un lugar donde guardar sus artículos valiosos, él supervisó la compra e instalación de la SentrySafe unos meses antes de mudarse al condominio. Por supuesto, siete años más tarde no había nada dentro, salvo por un puñado de contratos, los papeles de un viejo seguro, un sobre con algo de dinero, y una pelota de béisbol firmada por Ted Williams dentro de un cubo de plástico. Y ahora, la caja de botones.

No puedo seguir cargándola conmigo a todas partes, piensa Gwendy, girando en Carbine Street.  Tampoco puedo tenerla en la casa, no cuando vuelva Ryan. La había guardado en una caja de seguridad en el Banco de Rhode Island durante sus cuatro años en Brown, y eso había funcionado. Tal vez se diese una vuelta por Ahorros y Préstamos de Castle Rock la semana siguiente, para ver qué tenían disponible.

Gwendy avista la cabaña de sus padres más adelante en la distancia y le nace una sonrisa. Su padre realmente se ha superado este año. Luces verdes, rojas y azules de Navidad delinean el contorno del techo, y suben y bajan en espiral por las columnas del porche. Un Santa Claus inflable gigante, iluminado por una serie de brillantes reflectores, danza con la brisa en el centro del jardín frontal. Un reno de nariz roja, también inflable, pace en la nieve a los pies de Santa.

Él hizo todo esto por mamá, cae en la cuenta Gwendy, entrando por el acceso y estacionando detrás de la camioneta de su padre. Aún sonriendo, sale y se dirige a la puerta. Ha vuelto a casa.


 

26

El señor Peterson está preparando pollo y empanadillas para cenar, y los tres se ponen al tanto de todo; desde las dos niñas perdidas hasta la inesperada transformación de la vecina de enfrente, Betty Johnson, en una rubia platinada, pasando por la racha de tres derrotas consecutivas de los Patriotas de New England. La señora Peterson, luciendo mejor de lo que Gwendy la ha visto en meses, se queja porque aún necesita tomar siestas diarias, y por los cuidados excesivos de su esposo, pero lo hace con una sonrisa llena de gratitud y un afectuoso pellizco en el antebrazo del señor Peterson. Ella está usando una peluca diferente esta noche (un tono más oscuro y unas pulgadas más larga) de la que Gwendy le vio la última vez que estuvo en su casa, y no solo la hace lucir más saludable: también se la ve más joven. Su rostro se ilumina cuando Gwendy se lo dice.

“¿Alguna novedad de Ryan?” pregunta la señora Peterson mientras su marido se va a la cocina para silenciar el temporizador del horno.

“No desde que llamó hace dos noches,” dice Gwendy.

“¿Aún crees que llegará a tiempo para Navidad?”

Gwendy sacude la cabeza. “No lo sé, mamá. Todo depende de lo que pase allá. He estado viendo las noticias pero no han reportado demasiado aún.”

El señor Peterson ingresa en el comedor con una fuente cargada de bizcochos. “Vi al presidente Hamlin en la tele esta tarde. Todavía no puedo creer que nuestra Gwendy trabaje con el comandante en jefe.”

La señora Peterson le sonríe a su hija y hace una mueca de fastidio. Ya ha escuchado este discurso. Muchas veces. Ambas lo han escuchado.

“¿Has hablado con él en los últimos tiempos” pregunta su padre, ansioso.

“Algunos de nosotros estuvimos en una reunión con él y el vicepresidente la semana pasada,” dice Gwendy.

Su padre hierve de orgullo.

“Créeme,”

Como siempre, ella se siente tentada de contarle a su padre la realidad de la situación: que el presidente Hamlin es un sexista desagradable quien raramente mira a Gwendy a los ojos; en vez de eso, se enfoca en sus piernas si lleva un vestido o en su pecho si lleva pantalones. Que siempre intenta no pararse demasiado cerca del comandante en jefe por su tendencia a tocarle el brazo y los hombros cuando le habla. También siente deseos de contarle que el presidente es tonto como como una rosquilla y que tiene un aliento horrible, pero no dice nada de eso. Al menos, no a su padre. Con su madre, la historia es diferente.

“Me gustó lo que dijo de Corea del Norte,” dice el señor Peterson. “Necesitamos un líder fuerte para tratar con ese lunático.”

“Por ahora está actuando más como un niño petulante que como un líder.”

Su padre la mira con dureza. “¿A ti realmente no te cae bien, no?”

“No es que…” dice ella. Cuidado, chica. “Solo que no me gustan sus políticas. Ha recortado fondos para la salud de los pobres cada año que ha estado en funciones. Hizo lo mismo con los fondos federales para los análisis del SIDA y reforzó las leyes anti-gay en todo el país. Encabeza un movimiento para reducir el presupuesto de las artes en las escuelas públicas. Desearía que se preocupase más por la gente y menos por ganar todas las discusiones.”

Su padre no dice nada.

Gwendy se encoge de hombros. “¿Qué puedo decir? Es un muggle, papá.”

“¿Qué es un muggle?” pregunta él.

La señora Peterson le toca el brazo. “De Harry Potter, querido.”

Él mira alrededor de la mesa. “¿Harry quién?”

Esta vez su esposa le golpea el brazo. “Oh, ya basta, tontuelo.”

Todos se ríen.

“Te engañé por un momento,” le dice, guiñándole el ojo.

Por las próximas horas, Gwendy se relaja y la caja de botones apenas cruza por su cabeza. Hay un momento breve, cuando ella está parada frente a la ventana de la cocina observando el patio, y alcanza a ver el viejo olmo como una torre en la distancia, y recuerda que una vez escondió la caja en una pequeña grieta en la base del grueso tronco. Pero el recuerdo abandona sus pensamientos tan rápido como llega, y en unos segundos ella está de vuelta en la sala viendo Milagro en la calle 34 y trabajando en un puzle con su padre.


 

27

“… inicialmente ocurrió cuando militantes anti-independencia lanzaron un ataque sobre una multitud de civiles desarmados.”

Una expresión de amarga sinceridad se dibuja en el rostro del periodista del Canal Cinco, mientras en un banner se lee ÚLTIMO MOMENTO: CRISIS EN TIMOR, subiendo desde el inferior de la pantalla. “Los primeros informes hablan de violencia y derramamiento de sangre a lo largo y ancho de todo el país, centrándose la lucha más encarnizada en la ciudad capital de Dili. La lucha estalló luego de que la mayoría de los votantes de la isla eligiesen independizarse de Indonesia. Ya se han reportado más de doscientas víctimas civiles, y se espera que ese número aumente.”

Gwendy se sienta a los pies de la cama, vestida con una larga bata de franela, la caja de botones acomodada en una almohada a su lado, con sus filas de botones multicolores luciendo como colmillos bajo el brillo de la televisión.

El conductor promete más noticias de último momento desde Timor, en cuanto estén disponibles, y luego el Canal Cinco se va a comerciales.

Al principio, Gwendy no se mueve, incluso parece que no respira; luego se vuelve hacia la caja y con una voz extraña e inexpresiva dice, “La curiosidad mató al gato.” Usa su meñique para apretar la palanca de la derecha de la caja.

Aparece un delgado cajoncito de madera en el centro, con un dólar de plata en él. Gwendy toma la moneda reluciente y, sin mirarla, la coloca a su lado en la cama. El cajoncito se esconde sin un sonido.

“Pero la satisfacción lo trajo de vuelta,” recita con la misma extraña voz y presiona la otra palanca.

La bandeja de madera vuelve a salir, esta vez ofreciendo un pequeño chocolate con la forma de un caballo.

Ella levanta el chocolate con dos dedos firmes y lo observa maravillada. Llevándolo al rostro, cierra los ojos y respira el dulce y extraordinario aroma. Sus ojos se abren perezosos y observan el chocolate con una mirada de deseo. Se relame los labios, mientras éstos comienzan a abrirse…

… y luego corre al baño, con lágrimas cayendo de sus ojos, y tira el caballo de chocolate en el inodoro.


 

viernes, 18 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 22, 23 y 24

 


22

Si Gwendy es honesta consigo misma (y mientras el King Air 200 trepa por las nubes sobre un recodo lodoso del río Potomac, ella está decidida a serlo) debe admitir que su despreciable humor de esta mañana proviene de una causa abrumadora: un recuerdo largamente olvidado de su juventud.

Era un día cálido y ventoso de agosto, poco antes del comienzo del décimo grado en la preparatoria, y Gwendy acababa de correr las Escaleras Suicidas por primera vez en meses. Al llegar a la cima, se sentó y descansó en el mismo banco de Castle View donde años antes había conocido a un hombre llamado Richard Farris. Elongó las piernas por un momento, y luego inclinó su cabeza hacia atrás cerrando los ojos, disfrutando del calor del sol y el viento en su rostro.

La pregunta que brotó en su mente, mientras estaba en aquel banco durante un día de verano de hace mucho tiempo, resurgió (y con bastante rudeza) temprano esta mañana cuando Gwendy se ocupaba de acomodar la caja de botones en su maleta, entre manojos de calcetines enrollados y suéteres: ¿Cuánto de su propia vida es responsabilidad de ella, y cuánto es responsabilidad de la caja con sus dulces y sus botones?

El recuerdo (y la idea central que se escondía en él) fue casi suficiente para provocar que Gwendy gritara con rabia y lanzara la caja a través del dormitorio, como un niño en medio de una rabieta.


Sin importar cómo la mirara, Gwendy sabía que llevaba lo que la mayoría de la gente llamaría una vida de ensueño. Una beca en Brown, el taller de escritores en Iowa, la fulminante carrera en la agencia de publicidad y, por supuesto, los libros, las películas y el Oscar. Y encima de eso, las elecciones, lo que muchos malintencionados llamaron “el disgusto más grande en la historia política de Maine”.

Seguro, hubieron algunos baches en el camino (una cuenta perdida por aquí, una película que no prosperó por allá, y su vida amorosa antes que Ryan podría ser descrita como un árido desierto de decepciones) pero no fueron muchos, y ella siempre se recuperó con una facilidad que muchos envidiaban.

Incluso ahora, a la luz del brillo de la caja que descansa segura entre sus pies, Gwendy cree con todo su corazón que el secreto de su éxito puede ser atribuido al trabajo duro y una actitud positiva, sin mencionar la tozudez y la perseverancia.

Pero, ¿y si lo que ella cree sencillamente… no es así?


 

23

Una suave nevisca cae desde un cielo bajo color gris pizarra, cuando Gwendy aterriza en el Aeropuerto del condado Castle, en la ruta 39. Nada pesado, solo un beso en la mejilla por parte del norte, que dejará patios y carreteras cubiertos con una pulgada de fango para la hora de la cena.

Ella llamó antes de abordar y le pidió a Billy Finkelstein, uno de los dos únicos empleados a tiempo completo en el aeropuerto, que reviviese la batería de su auto y sacase a su Subaru compacto de uno de los tres angostos estacionamientos que corren paralelos al margen boscoso de la ruta 39.

Billy cumple con su palabra, y el auto la está esperando en la playa de estacionamiento, con el motor y la calefacción funcionando a pleno. Ella le agradece a Billy, deslizándole una propina aunque eso sea contra las reglas, y saluda al jefe del muchacho, Jessie Martin, uno de los viejos compañeros de bolos de su padre. Carga su maleta en el asiento del acompañante y arroja su bolso de cuero sobre ella.

Camino a casa, Gwendy hace un par de llamadas rápidas. La primera es a su padre, para hacerle saber que aterrizo normalmente y que llegará para la cena. Mamá está dormida en el sofá, por lo que no llega a hablar con ella, pero papá se encuentra complacido y ansioso de ver a Gwendy más tarde.

La segunda llamada es al celular del sheriff Norris Ridgewick, del condado Castle. Pasa directo a la casilla, así que deja un mensaje: “Ey, Norris, es Gwendy Paterson. Acabo de volver al pueblo y me imaginaba que deberíamos vernos. Avísame cuando puedas.”

Al presionar el botón para cortar la llamada, Gwendy siente que las ruedas traseras del Subaru pierden momentáneamente el agarre. Con cuidado, vuelve al centro del carril y baja la velocidad. Justo lo que necesitas, piensa. Chocar con un poste telefónico, quedate inconsciente, y que la caja de botones sea descubierta por un quitanieves de diecinueve años con una petaca de Red Man en el bolsillo trasero, y los mocos congelados en el labio.


 

24

Solo habían dos caminos para llegar a Castle View en 1999: la ruta 17 y Pleasant Road. Gwendy vira el Subaru hacia Pleasant, pasando mientras asciende una media milla sinuosa y salpicada por casas sencillas (ranchos, cabañas y casas coloniales; varias de ellas decoradas para Navidad) y toma a la izquierda después del estadio de la American Legion, hacia View Drive. Maneja otro par de cientos de yardas y luego dobla a la derecha en el estacionamiento cubierto de nieve de Condominios Castle View. Hace varios años, ella y Ryan estuvieron en la primera media docena de compradores que adquirieron una unidad en el complejo recién construido. A pesar de sus abultadas agendas de viajes, ellos han sido felices allí desde entonces.

Gwendy se coloca en un espacio reservado de la primera fila y apaga el motor. Mientras rodea el auto para sacar la maleta del asiento del acompañante, ella observa una serie de suaves colinas que conducen al vallado separador de un precipicio. Allí, alguna vez corrió por unas zigzagueantes escaleras de metal llamadas Escaleras Suicidas. Como una oscura cicatriz en el manto blanco de la colina, aparece el banco de madera donde ella conoció al extraño del sombrero negro.

Gwendy teclea un código de seguridad de cuatro dígitos para entrar a su edificio y sube las escaleras hasta el segundo piso. Una vez dentro del departamento 19B, se deshace del abrigo, dejándolo sobre el piso de la entrada, abre la maleta y saca la caja de botones; la lleva hasta el dormitorio donde la deja en la cama, del lado de su esposo, y se acurruca junto a ella.  Treinta segundos después, está roncando.


 

jueves, 17 de septiembre de 2020

"La pluma mágica de Gwendy" en español: capítulos 19, 20 y 21

 


19

Gwendy se tapa con las frazadas hasta el pecho y le da una última mirada a la caja antes de apagar la lámpara. Temprano en la mañana, luego de cepillarse los dientes y lavarse la cara, colocó la caja de botones en el vestidor, junto a su alhajero y sus cepillos. Ahora, se pregunta si debería ponerla más cerca. Solo para estar segura.

Se estira para encender la luz de nuevo, pero se queda congelada cuando escucha el chirrido de una puerta abriéndose sobre goznes que necesitan aceite. Inmediatamente reconoce el sonido. Es la puerta de su armario.

Sin poder moverse, observa con terror cómo una figura oscura emerge del closet. Intenta ladrar una advertencia (Alto, tengo un arma! ¡Llamaré al 911!; lo que sea para ganar un poco de tiempo) pero se da cuenta de que está conteniendo el aliento. Recordando la caja de botones en el vestidor, se deshace del grueso acolchado y se arrastra por la cama.

Pero el intruso es demasiado veloz.

Él la embiste, sus poderosos brazos tomándola por la cintura y luchando para tirarla otra vez en la cama. Ella grita y se agita ante su atacante, arañándole el rostro, desgarrando el pasamontañas que tiene puesto.

Gwendy ve su cara en el brillo de la televisión y gime.

El intruso es Frankie Stone (por alguna razón vivo de nuevo y luciendo exactamente como hace casi veinte años en la noche cuando mató a su novio), pantalones anchos camuflados, lentes oscuros y una remera ajustada, mostrando su estúpida sonrisa, cabello castaño grasiento chorreando sobre sus hombros, una explosión de acné salpicando sus mejillas.

Él la da vuelta e inmoviliza a Gwendy contra el colchón, y ella puede oler el rancio y asqueroso aliento a alcohol cuando le susurra “Dame la caja, perra estúpida. Dámela ahora mismo o te comeré viva”; y luego sus mandíbulas se abren imposiblemente enormes, y el mundo entero se oscurece mientras Frankie Stone cierra su boca y la engulle.


 

20

Gwendy se yergue impetuosamente en la cama, aferrando un manojo de sábanas bañadas en sudor contra su pecho y luchando por respirar. Sus ojos se apresuran a la puerta del armario (está bien cerrado) y luego al vestidor. La caja de botones está exactamente como la dejó, inmóvil en la oscuridad con su mirada vigilante.


 

21

“¿Segura que no quiere despachar su maleta, congresista Peterson?”

Gwendy mira al copiloto, quien se había presentado minutos antes cuando ella abordó el jet privado de ocho asientos, pero ya ha olvidado su nombre. “No, está bien. Guardé mi laptop y probablemente me dedique a hacer algún trabajo mientras esté en el aire.”

“Muy bien,” dice él. “deberíamos estar despegando en treinta minutos.” Él muestra una sonrisa confiada (una que dice, Su vida está en mis manos, señora; pero anoche dormí muy bien y solo hice un pequeño saque de cocaína esta mañana, así que está todo bien) y se sumerge en la cabina.

Gwebdy bosteza y mira por la ventanilla a la ajetreada pista. Lo último que desea durante el corto vuelo es juguetear con su laptotp. Se encuentra exhausta por no haber dormido profundamente la noche anterior. Aún no han transcurrido cuarenta y ocho horas desde que la caja de botones regresó a su vida, y ella ya ha pasado del impacto y la curiosidad a la ira y el resentimiento. Mira de reojo su maleta, encajada debajo de la butaca que está frente a ella, y lucha contra el impulso de volver a revisar la caja.

Entrecerrando los ojos, intenta silenciar la voz obsesiva que rebota en el fondo de su cabeza, y repentinamente los abre de nuevo cuando cae en la cuenta de que se está durmiendo. Hacerlo con la caja desprotegida no sería una buena idea, se dice a sí misma.

“¿Está segura?” se pregunta de repente en voz alta, sin quererlo. Mira otra vez la valija. El vuelo dura menos de noventa minutos. ¿Qué es lo peor que podría pasar si se toma una siesta? Ella no lo sabe y no tiene intenciones de averiguarlo. Ya podrá dormir cuando llegue a su destino.

¿Está segura? Está pensando en la vieja película de Dustin Hoffman, esa con el malvado dentista nazi. ¿Está segura?

Cuando se trata de la caja de botones, Gwendy conoce la respuesta. La caja nunca está segura. No realmente.

“Somos los segundos en despegar, congresista,” dice el copiloto, asomándose por la cabina. “La tendremos en Castle Rock unos minutos antes del mediodía.”


 

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